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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 14 de diciembre de 1997

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Hace dos días terminó la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos.

Se ha tratado de una fuerte experiencia de Iglesia, en la que he participado personalmente con gran interés: una experiencia de profunda comunión entre pastores y comunidades eclesiales, al servicio de la nueva evangelización. La Asamblea sinodal ha reforzado, además, los vínculos de solidaridad, que la Iglesia católica puede contribuir a consolidar y extender en todas las regiones del continente americano.

Esta mañana quisiera recoger idealmente los propósitos y proyectos que han surgido durante los trabajos sinodales y llevarlos, en peregrinación espiritual, a la gruta de Belén, en espera del nacimiento del Salvador del mundo.

2. La liturgia de este tercer domingo de Adviento, llamado también domingo «Gaudete», nos invita a intensificar el ritmo interior de nuestra peregrinación hacia el Señor que viene a salvarnos. Viene Jesús, fuente de nuestra paz. Por eso, a pesar de las dificultades y los problemas, todos debemos estar llenos de santo optimismo. El apóstol Pablo nos exhorta: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» (Flp 4, 4).

Este clima de serenidad y alegría, típico de la Navidad cristiana, ya se percibe hoy aquí, en la plaza de San Pedro, gracias al árbol de Navidad y al belén que están montando. Se nota aún más por la presencia de tantos niños y muchachos de Roma, que han venido con el Niño Jesús de sus belenes para que, según una hermosa costumbre, el Papa los bendiga.

Me dirijo de modo particular a vosotros, queridos niños. La Navidad es la fiesta de un Niño. Por eso, es vuestra fiesta. La esperáis con impaciencia y os estáis preparando con alegría, contando los días que faltan para el 25 de diciembre. Bendigo de corazón las imágenes del Niño Jesús y los belenes que estáis construyendo en vuestras casas. Os bendigo a vosotros y a los niños de todo el mundo, especialmente a los del continente americano, a quienes los padres sinodales han recordado con frecuencia. Que el Niño Jesús colme de su alegría a cada uno de ellos, especialmente a los probados por el sufrimiento físico o la falta de afecto.

3. En la peregrinación del Adviento hacia la cueva santa nos acompaña María, la «mujer del silencio», que medita todas las cosas, conservándolas en su corazón inmaculado. Que la Virgen santísima nos ayude a prepararnos para la Navidad con actitud contemplativa y asombro renovado ante el inefable misterio de Dios, que se hace hombre para que el hombre vuelva a Dios.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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