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 JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 4 de enero de 1998

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Ayer he estado en Annifo, Cesi y Asís, visitando a las poblaciones de Umbría y Las Marcas, que todavía sufren las consecuencias del terremoto, más difíciles aún ahora a causa de la estación invernal. Al comienzo del nuevo año, he querido encontrarme con nuestros hermanos, duramente probados, para compartir con ellos su dolor y sus esperanzas.

Doy las gracias a cuantos me han ayudado en este breve viaje pastoral: a las autoridades civiles, administrativas, militares y religiosas, a los voluntarios y a todos los que han contribuido a facilitar todos mis desplazamientos y el encuentro con la gente. Ante todo, agradezco cordialmente su calurosa acogida a las poblaciones afectadas por el terremoto. Conservo en mi corazón sus rostros y sigo encomendándolos al Señor en mi oración.

2. Durante mi peregrinación, he ido a orar ante la tumba de Francisco de Asís, patrono de Italia. En el silencio de la basílica inferior, en uno de los pocos lugares que no sufrieron los efectos del seísmo, he orado por las víctimas y, por intercesión de san Francisco y santa Clara, he presentado a Dios las esperanzas y los anhelos de todos.

San Francisco es reconocido universalmente como hombre de paz, y la tierra donde nació constituye un significativo llamamiento a la fraternidad, a la reconciliación y a la paz.

Pidamos al Poverello de Asís que sostenga el esfuerzo de cuantos trabajan en favor de la solidaridad y la paz. La paz auténtica, he escrito en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año, está íntimamente unida a la justicia de cada uno. Tiene necesidad de legalidad y exige el respeto a los derechos de cada persona.

A este propósito, como suelo hacer el primer domingo de cada año nuevo, quisiera recordar la injusticia de los secuestros de personas. Renuevo mi oración solidaria por las personas secuestradas y por sus familiares, y apelo a la humanidad de los culpables para que liberen a las víctimas de los secuestros y, de este modo, se liberen también a sí mismos de los lazos del mal, convirtiendo su corazón al Amor.

3. Cada vez es más viva y dolorosa mi preocupación por la persistencia de violencias y matanzas en el mundo.

Durante la noche entre el martes y el miércoles pasado, se ha perpetrado una nueva e inaudita matanza en Argelia, con un enorme número de víctimas, asesinadas con gran crueldad.

Además, en el primer día del año se ha librado una furiosa batalla en Burundi, en la que se han visto involucrados numerosos civiles, y que ha sembrado muerte y pánico, sobre todo entre personas inermes e inocentes.

Expreso, una vez más, mi profunda condena de esos sucesos sangrientos, que no pueden menos de sacudir todas las conciencias. ¡Por el camino de la violencia no se puede llegar a un futuro mejor! A María, Madre de Dios y Reina de la paz, a quien hemos invocado al comienzo del nuevo año, encomiendo las víctimas y sus familias, así como a todos los muertos inocentes de insensatas guerras fratricidas, y suplico a los responsables que acojan esta exhortación a acabar con la violencia sistemática y a buscar soluciones pacíficas, respetando la dignidad y los derechos de todo ser humano.

 

 

© Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana

 

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