Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Con el comienzo del mes de septiembre, se reanuda plenamente
la vida laboral con las ocupaciones normales: las industrias, las oficinas y la
escuela vuelven a su ritmo ordinario. Para muchos, es un tiempo de
«programación»: se afrontan los problemas, se definen los objetivos, y se
establecen los medios y las estrategias para alcanzarlos.
Deseo recordar a todos un principio fundamental de fe: antes y
más allá de nuestros programas, hay un misterio de amor, que nos envuelve
y nos guía: es el misterio del amor de Dios. Si queremos organizar bien nuestra
vida, debemos aprender a descifrar su designio, leyendo la misteriosa
«señalización» que Dios pone en nuestra historia diaria. Para este fin no sirven
ni horóscopos ni previsiones mágicas. Sirve, más bien, la oración, la
oración auténtica, que va acompañada siempre por una opción de vida conforme a
la ley de Dios.
En este año que, en la preparación para el gran jubileo, está
dedicado particularmente al Espíritu Santo, dirijamos a él nuestra oración
insistente. Lo invocamos como Espíritu de «consejo» y de «sabiduría». Nadie más
que él conoce nuestro futuro y es capaz de orientar nuestros pasos en la
dirección correcta.
2. Para programar bien, hacen falta criterios. Algunos
los dicta la realidad misma: son criterios de necesidad, de oportunidad y de
eficiencia. Pero estemos atentos a no reducir todo a cuestiones materiales. No
nos limitemos a la tecnología y a la burocracia. Si queremos hacer proyectos
verdaderamente «humanos», debemos insertar en nuestros programas el impulso de
los grandes valores morales y espirituales. También debemos esforzarnos por
mirar a los que están en nuestro entorno, quizá a nuestro servicio, o a los que
de algún modo influenciamos con nuestras opciones, considerándolos siempre
como personas y jamás como números o cosas.
En una palabra, organicemos nuestra vida, personal y
comunitaria, inspirándola en el amor y no en el egoísmo. Abrámonos a nuestros
hermanos, en especial a quienes por su condición —pienso en los niños, en los
enfermos, en los ancianos y en los parados— se ven obligados a esperar mucho o
todo de los demás. Que nuestra programación sea, por eso, también un gesto de
solidaridad.
3. Pidamos a la Virgen santísima que nos obtenga una auténtica
«sabiduría del corazón», para proyectar bien nuestra vida y reanudar con empeño
nuestras actividades. Que ella, a quien en las letanías lauretanas llamamos
«Madre del buen consejo», nos sugiera buenos pensamientos y nos ayude a orientar
nuestra vida según el designio de Dios.
* * *
Después del Ángelus
Saludo ahora cordialmente a las personas y grupos de lengua
española. En este primer domingo de septiembre, quiero alentaros a ser
sembradores de esperanza cristiana para construir juntos una€sociedad más humana
y acogedora.