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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 12 de julio
de 1998

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. ¡A todos vosotros mi saludo más cordial!

Desde este lugar de descanso, en el estupendo escenario de los montes de Cadore, reanudo el tema de la carta apostólica Dies Domini, hecha pública el pasado martes. Deseo, en particular, reflexionar en un aspecto del domingo, que asocia este día santo de los cristianos a cuanto la Biblia afirma del «sábado», día del Señor en el Antiguo Testamento, celebrado aún hoy como tal por nuestros hermanos judíos.

El primer capítulo del Génesis, al concluir la narración de la semana de la creación —narración en la que la intensa religiosidad se funde con la sublime poesía—, dice que Dios cesó «en el día séptimo de toda la labor que hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó» (Gn 2, 2-3). El «shabbat», el sábado bíblico, está vinculado con este misterio del descanso de Dios. Si los cristianos celebramos el día del Señor el domingo, es porque en este día tuvo lugar la resurrección de Cristo, que es el cumplimiento de la primera creación y el comienzo de la «nueva creación». En Cristo resucitado se realiza plenamente el «descanso» de Dios.

2. A través de la imagen de Dios que descansa, la Biblia señala la gozosa complacencia del Creador ante la obra de sus manos. El «día séptimo» Dios mira al hombre y el mundo con admiración y amor, un sentimiento que se confirma a lo largo de la historia de la salvación, cuando el Creador, especialmente en el acontecimiento del Éxodo, se convierte en el salvador de su pueblo.

Así, el «día del Señor» es el día que manifiesta el amor de Dios a sus criaturas. Los profetas no temen cantar esta relación de amor en términos esponsalicios (cf. Os 2, 16-24; Jr 2, 2, etc.): de Creador, Dios se ha hecho «esposo » de la humanidad, y la encarnación de su Hijo constituir á el vértice de este matrimonio místico.

El domingo, el cristiano está invitado a redescubrir esta mirada gozosa de Dios y a sentirse envuelto y protegido por ella. En la era de la técnica, nuestra vida corre el riesgo de volverse cada vez más anónima y funcional en el proceso productivo. Así, el hombre es incapaz de deleitarse con las bellezas de la creación y, más aún, de leer en ellas el reflejo del rostro de Dios. Los cristianos no só- lo se detienen el domingo por una exigencia de legítimo descanso, sino sobre todo para celebrar la obra de Dios creador y redentor. De esta celebración surgen los motivos de alegría y esperanza, que dan nuevo sabor a la vida de cada día y constituyen un antídoto vital contra la posible tentación del aburrimiento, la falta de sentido y la desesperación.

3. ¡Engrandece mi alma al Señor! Alabemos al Señor con las palabras de la santísima Virgen, a quien la Iglesia considera la tota pulchra, la «toda hermosa», la mujer en la que se concentran la belleza de la primera creación y la de la nueva creación. Que ella nos haga tomar conciencia de los dones de Dios y que el domingo se convierta cada vez más en el día en que las personas y las familias, reuniéndose para la Eucaristía y viviendo un descanso rico en alegría cristiana y solidaridad, canten la alabanza del Señor con los mismos sentimientos del corazón de María.


Después del Ángelus

Os saludo y os agradezco vuestra presencia, amadísimos hermanos y hermanas de las diócesis de Belluno-Feltre y de Treviso.

Me dirijo, ante todo, a monseñor Pietro Brollo y le agradezco las corteses palabras que acaba de dirigirme. Asimismo, saludo con afecto a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas que trabajan en la comunidad diocesana de Belluno- Feltre; a los seminaristas, a las hermanas y a los educadores del seminario; a los representantes de todas las parroquias y de la pastoral juvenil diocesana; al consejo pastoral y al comité de los grupos laicos, que representa a las asociaciones y a los movimientos; y al consejo diocesano de la Acción católica y de la Unión de sacristanes. Dirijo una palabra de afecto en especial a los enfermos acompañados por la UNITALSI y la Cáritas diocesana. A todos renuevo mis sentimientos de gratitud por el gran testimonio de unidad y atención a mi persona, que la diócesis de Belluno-Feltre me brinda siempre.

Saludo en particular al párroco y a los fieles de la comunidad de Lorenzago, a quienes agradezco la discreción y la delicadeza con que me acompañan durante mi estancia entre las estupendas montañas de Cadore. ¡Gracias!

Me dirijo ahora a monseñor Paolo Magnani, obispo de Treviso, que con cordialidad ha puesto a mi disposición esta casa de propiedad de la Iglesia que está en Treviso. Extiendo mi saludo a los sacerdotes de su diócesis, a los diáconos permanentes y a sus familiares, así como al consejo diocesano de Acción católica, a los responsables y a los muchachos de la Acción católica juvenil, a los scouts, al comité de los laicos y a los fieles procedentes de diversas parroquias. Recuerdo de manera especial al grupo de inmigrantes católicos, a los enfermos y a los minusválidos, cuya presencia es para mí un don apreciado.

Saludo también con gratitud a los miembros del Cuerpo de guardabosques del Estado y de la región véneta, a las fuerzas del orden, aquí presentes con sus familiares, y a todos los que de diferentes formas contribuyen, con pericia y dedicación, a asegurarme a mí, y a cuantos me acompañan, días tranquilos y agradables entre estos montes. Deseo a cada uno que esta pausa en las preocupaciones diarias, en el «día del Señor», sea provechosa y saludable para el cuerpo y el espíritu.

 

© Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana

 

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