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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Patio del palacio de Castelgandolfo Domingo 13 de
septiembre de 1998
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. En muchas naciones, septiembre es el mes en que se reanudan
las actividades escolares. Hoy quiero dedicar mi pensamiento a los niños y a los
muchachos que, durante estos días, vuelven a la escuela, deseándoles un año
escolar lleno de empeño y de frutos.
Queridos estudiantes, estimad la escuela. Volved a ella con
alegría; consideradla un gran don, un derecho fundamental que, ciertamente,
implica también deberes. Pensad en tantos coetáneos vuestros que, en muchos
países del mundo, carecen de la instrucción más elemental. El analfabetismo
es una plaga, una grave carencia, que se añade al hambre y a otras miserias.
El analfabetismo no sólo guarda relación con un aspecto de la economía o de la
política, sino también con la dignidad misma del ser humano. El derecho a
la educación es derecho a ser plenamente hombres.
Así pues, os felicito, queridos alumnos, y también a vosotros,
queridos profesores, que realizáis vuestra labor en condiciones a menudo muy
difíciles. Vuestra misión es grande. Es necesario que la sociedad sea cada vez
más consciente de ella, y dé a la escuela lo que precisa para estar a la altura
de su misión: lo que se gasta en la educación es siempre una inversión
provechosa.
2. El comienzo de un año escolar brinda la ocasión para
reflexionar en lo que la escuela está llamada a ser. En la organización escolar
muchas cosas se pueden y, probablemente, se deben mejorar. Pero debe quedar
clara una cosa: la escuela no puede limitarse a ofrecer a los jóvenes nociones
en los diversos campos del conocimiento; también debe ayudarles a buscar, en la
dirección correcta, el sentido de la vida.
De ahí deriva su responsabilidad, especialmente en una época
como la actual, en la que los grandes cambios sociales y culturales amenazan a
veces con poner en duda incluso los valores morales fundamentales.
La escuela debe ayudar a los muchachos a saber captar esos
valores, favoreciendo el desarrollo armonioso de todas las dimensiones de su
personalidad: la física, la espiritual, la cultural y la relacional. Cumple esta
función acompañando a la familia, a la que corresponde la tarea primaria
e inalienable de la educación. Por eso los padres tienen, entre otras cosas, el
derecho-deber de elegir la escuela que responda mejor a sus propios valores y a
las exigencias pedagógicas de sus hijos.
3. Dirigiéndonos con la plegaria del Ángelus a la santísima
Virgen, recordemos la obra educativa que, junto con José, realizó con respecto a
Jesús. La casa de Nazaret fue una pequeña «escuela» para él, que, siendo el
Maestro por excelencia, quiso hacerse discípulo, como todos los niños y los
muchachos del mundo. María santísima, que fue para él madre y maestra, ayude a
los padres y a los educadores a cumplir bien su tarea, tan decisiva para el
futuro de sus hijos y de la humanidad entera.
* * *
Después del Ángelus
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos
de América latina y España, de modo particular al grupo de la diócesis argentina
de Jujuy. Os encomiendo a la maternal protección de la Virgen María, y os
imparto con afecto a vosotros y a vuestras familias la bendición apostólica.
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Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana
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