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 JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 16 de agosto de 1998

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En la reciente carta apostólica Dies Domini recordé, entre otras cosas, que el domingo, además de ser un día de distensión y descanso, como es considerado comúnmente, debe ser un día de alegría y de solidaridad.

¡Día de alegría! ¿Se puede, acaso, programar la alegría? ¿No se trata de un sentimiento que depende de las circunstancias, alegres o tristes, de la vida? En realidad, la auténtica alegría cristiana no se reduce a un sentimiento aleatorio: su fundamento está en el amor que Dios nos manifestó en la muerte y la resurrección de su Hijo. Esta certeza nos brinda un motivo profundo para vivir y esperar. Los santos atestiguan, con su vida, que se puede experimentar una íntima alegría incluso en condiciones de sufrimiento físico y espiritual, cuando se tiene conciencia de que el amor de Dios nos envuelve.

El domingo es el día propicio para ayudarnos a redescubrir las raíces profundas de la alegría.

2. Por otra parte, la alegría auténtica no puede ser una experiencia meramente individual, sino que necesita compartirse y comunicarse. El domingo debe convertirse para el creyente, como para las familias cristianas, en el día en que se experimenta una comunión más fuerte con el prójimo, saliendo al encuentro de quienes, por un motivo u otro, se encuentran en una situación difícil.

De ese modo, el domingo se convierte en día de comunión. Invitar a comer a una persona que vive sola, ayudar a una familia necesitada, visitar a un enfermo o a un detenido, dedicar un poco de tiempo a quien está atravesando un momento difícil: estos son algunos de los muchos gestos concretos que pueden convertir el domingo en un día de fraternidad solidaria.

Si se vive así, el día del Señor, además de valorizarse plenamente, se manifiesta también como el dies hominis, el día del hombre, porque hace que crezca nuestra humanidad.

3. Que María santísima nos ayude a comprender la importancia de vivir así el día del Señor. Precisamente el pasaje del evangelio de ayer, solemnidad de la Asunción de María al cielo en cuerpo y alma, nos recordó la prontitud con que la Virgen, después de concebir a Jesús en su seno, fue a casa de su prima Isabel para ayudarla y compartir con ella la alegría de los favores divinos (cf. Lc 1, 39-56).

Estos mismos sentimientos debe tener quien se encuentra con Cristo en la Eucaristía. La misa no concluye entre las paredes de una Iglesia: es fuente de transformación de la vida de todos los días, es «misión», es envío para el anuncio y, a la vez, envío para la caridad.


Después del Ángelus

Llamamiento en favor de la paz en Irlanda del norte

Ayer, la alegre fiesta de la Asunción de la Virgen se vio ensombrecida por un nuevo y grave atentado en Irlanda del norte.

Una vez más, la violencia ciega intenta entorpecer el arduo camino de la paz y el comienzo de una convivencia activa, que la sabiduría de la mayoría considera posible.

Invoquemos el descanso eterno para quienes han perdido la vida de modo tan trágico e insensato, y la bendición consoladora del Señor sobre los numerosos heridos, sobre las familias que están de luto y sobre cuantos siguen confiando en el diálogo y en el entendimiento.

Deseo para la querida Irlanda que las personas de buena voluntad no se dejen vencer por la violencia y sepan perseverar con constancia en la realización de la convivencia pacífica, de la que depende el futuro del país.

 

© Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana

 

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