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JUAN PABLO II
ÁNGELUS Amadísimos hermanos y hermanas: 1. En nuestra reflexión sobre los temas de la carta apostólica
Dies Domini, hemos llegado hoy al último, que nos presenta el domingo
como el día que revela el sentido del tiempo. Cada uno de nosotros se ve obligado todos los días a constatar
cuán rápidamente pasa el tiempo de su vida. Y si, además, miramos los grandes
tiempos de la historia, no podemos menos de interrogarnos sobre nuestro futuro,
sobre lo que nos espera y sobre la meta hacia la que nos dirigimos. A estas preguntas el cristianismo responde señalando a Cristo
como el sentido mismo de la historia. En efecto, en su misterio
divino-humano, él está en el origen del mundo (cf. Jn 1, 3), y es el fin
de la creación (cf. Col 1, 16). Como Redentor, es aquel en quien todo ha
sido recapitulado (cf. Ef 1, 10), para salvarlo y entregarlo a Dios
Padre. A la luz de este misterio, la historia adquiere un sentido
positivo para los cristianos, a pesar de las pruebas y los riesgos, a veces
mortales, que el pecado la obliga a afrontar. Cristo es más fuerte que el pecado
y la muerte. Y el domingo, al proponer constantemente en el tiempo la memoria de
su resurrección, es una apertura confiada al futuro, una certeza consoladora y
una señal profética del día en que Cristo vendrá en su gloria. 2. Para ayudarnos a vivir el misterio de Cristo en el tiempo, la
liturgia se articula en las diferentes fases del año litúrgico. Además de
los momentos fundamentales
Los cristianos, al vivir profundamente las riquezas del domingo y las de todo el año litúrgico, tomarán cada vez más conciencia de su identidad. Esto también les ayudará a prepararse bien para el gran jubileo del año 2000. Este aniversario tendrá ciertamente una solemnidad particular. Y, sin embargo, «este año y este tiempo especial pasarán, a la espera de otros jubileos y de otras conmemoraciones solemnes. El domingo, con su .solemnidad. ordinaria, seguirá marcando el tiempo de la peregrinación de la Iglesia hasta el domingo sin ocaso» (Dies Domini, 87). 3. Elevemos nuestra mirada a María, pidiéndole que nos ayude a redescubrir toda la importancia del día del Señor, que un autor antiguo definía sugestivamente como «señor de los días». Que ella nos ayude a sentir el devenir imparable de los días como una gracia y una responsabilidad, con la certeza de que Dios nos ama: en efecto, como María proclama en su Magníficat, su misericordia «llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1, 50). Llamamiento en favor de la paz en la República democrática del Congo Durante estas semanas, no parece disminuir la violencia en África. Mi pensamiento va, en particular, a las queridas poblaciones de la República democrática del Congo, a las que deseo expresar mi cercanía espiritual en esta hora de dolor. Dirijo un apremiante llamamiento a las partes en conflicto para que no priven a los civiles de los medios necesarios de vida y eviten crueldades y matanzas, saqueos y pillajes. Pido, asimismo, a todas las fuerzas implicadas en el destino de esa nación que privilegien la negociación, que es un recurso humano, razonable, aún posible, capaz de ahorrar nuevas lágrimas y lutos, de llevar a una solución pacífica y duradera, y de impedir que el conflicto se extienda más allá de las fronteras del país. Encomendemos nuestras esperanzas y expectativas a María, Reina de la paz.
© Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana
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