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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Solemnidad de Todos los Santos
1 de noviembre de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. En esta feliz conmemoración, la Iglesia peregrina en la tierra dirige su mirada al cielo, a la inmensa multitud de hombres y mujeres a los que Dios ha hecho partícipes de su santidad. Como enseña el libro del Apocalipsis, provienen «de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7, 9). En su vida terrena se esforzaron por hacer siempre su voluntad, amándolo a él con todo su corazón y a su prójimo como a sí mismos. Por eso también sufrieron pruebas y persecuciones, y ahora es grande y eterna su recompensa en los cielos (cf. Mt 5, 11).

Queridos hermanos, éste es nuestro futuro. Ésta es la vocación más auténtica y universal de la humanidad: formar la gran familia de los hijos de Dios, esforzándose por anticipar ya en la tierra sus rasgos esenciales. Hacia esta meta nos impulsa el ejemplo luminoso de numerosos hermanos y hermanas a quienes, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha reconocido como beatos y santos, proponiéndolos a todos como modelos y guías. Hoy invocamos su intercesión común, para que todo hombre se abra al amor de Dios, fuente de vida y santidad.

2. Mañana esta invocación se transformará en una intensa y coral oración al Padre de la misericordia por todos los fieles difuntos. En todas las partes del mundo se ofrecerá en sufragio por ellos el sacrificio eucarístico, prenda de vida eterna para vivos y muertos, según las palabras de Cristo mismo: «Yo soy el pan de la vida. (...) El que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 48.58).

Durante estos días, quien tenga la posibilidad, vaya al cementerio para rezar ante la tumba de sus seres queridos. También yo bajaré esta tarde a la cripta vaticana, para orar ante las tumbas de mis predecesores. Asimismo, iré espiritualmente al cementerio de Cracovia, donde descansan mis seres queridos difuntos, y a los demás cementerios del mundo, para orar, sobre todo, ante las tumbas olvidadas.

En efecto, la liturgia nos enseña a rezar por todos, en nombre del vínculo de solidaridad que une unos con otros a los miembros de la Iglesia: es un vínculo más fuerte que la muerte. Que a nadie le falte el apoyo de nuestra oración.

3. En este clima espiritual, sentimos más viva y consoladora que nunca la presencia de María santísima. Hoy la invocamos como Reina de todos los santos, contemplándola en el centro de la asamblea celestial de los espíritus bienaventurados. Mañana le encomendaremos a ella, Madre de la misericordia, las almas de los fieles difuntos.

Para el pueblo de Dios, ella es signo de consuelo y de esperanza cierta. En ella reconocemos el icono vivo de las palabras de Cristo: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Que su intercesión nos obtenga la gracia de vivir en nuestra vida esa bienaventuranza evangélica.

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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