 |
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Les
Combes (Valle de Aosta) Domingo 11 de julio de 1999
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Por séptima vez tengo la alegría de pasar algunos días de
descanso en esta espléndida localidad de Les Combes, en el municipio de Introd,
entre las montañas del Valle de Aosta. Doy las gracias por ello al Señor y a
cuantos me brindan su hospitalidad. Dirijo un cordial saludo al alcalde de
Introd y a las autoridades de la región, así como al querido obispo de Aosta,
monseñor Giuseppe Anfossi. Veo que entre los huéspedes se encuentra mons.
Alberto Carreggio, que me ha introducido en esta experiencia de verano en el
Valle de Aosta.
Me alegra encontrarme en medio de vosotros, queridos habitantes
y veraneantes. Deseo un verano favorable a las numerosas familias que viven del
turismo; y a quienes, como yo, están pasando un período de vacaciones, les
deseo que disfruten de tantas bellezas naturales -el aire, los bosques, el agua-,
con gran respeto a los tesoros que el Creador nos encomienda.
2. Cada vez que tengo la posibilidad de venir a la montaña y
contemplar estos paisajes, doy gracias a Dios por la majestuosa belleza de la
creación. Le doy gracias por su Belleza, de la que el mundo es sólo un
reflejo, capaz de fascinar a los hombres atentos y llevarlos a alabar su
grandeza. La montaña, en particular, no sólo constituye un magnífico
escenario para contemplar, sino también una escuela de vida. En ella se aprende
a esforzarse por alcanzar una meta, a ayudarse recíprocamente en los momentos
difíciles, a gustar juntos el silencio y a reconocer la propia pequeñez en un
ambiente majestuoso y solemne.
3. Todo esto invita a reflexionar en el papel que desempeña el
hombre en el universo. El ser humano, llamado a cultivar y custodiar el jardín
del mundo (cf. Gn 2, 15), tiene la responsabilidad específica de
conservar el medio ambiente, no sólo por lo que atañe al presente, sino
también con respecto a las futuras generaciones. El gran desafío ecológico
encuentra en la Biblia un luminoso y fuerte fundamento espiritual y ético, para
una solución que respete el gran bien de la vida, de toda vida.
Ojalá que la humanidad del año 2000 se reconcilie con la
creación y encuentre los caminos de un desarrollo armonioso y sostenible.
Oh María, que resplandeces con singular belleza, ayúdanos a
apreciar y respetar la creación. Tú, a quien la gente de la montaña tanto ama
y venera en muchos santuarios de estos valles, protege a los habitantes del
Valle de Aosta, para que sean fieles a sus tradiciones y, al mismo tiempo, sigan
siendo siempre abiertos y acogedores.
Ayúdanos a hacer de nuestra existencia una ascensión hacia
Dios y a seguir con fidelidad a Jesucristo, tu Hijo, que nos guía a la meta,
donde, en la nueva creación, gozaremos de la plenitud de la vida y de la paz.
© Copyright 1999 -
Libreria Editrice Vaticana
|