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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Monasterio carmelita de Quart, Valle de Aosta
Domingo 18 de julio de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Hoy tengo la alegría de rezar la plegaria del Ángelus en el corazón del Valle de Aosta, donde estoy pasando un tiempo de descanso. Digo «en el corazón» no sólo porque el municipio de Quart ocupa una posición central en la Vallée, sino sobre todo porque aquí se encuentra el carmelo «Mater Misericordiae», que bendije exactamente hace diez años, el 16 de julio de 1989, y que constituye, en cierto sentido, el centro contemplativo de la Iglesia del Valle de Aosta. A las monjas carmelitas, que viven aquí realizando diariamente el servicio de la oración, va mi más cordial saludo.

Un monasterio es una auténtica «central» de energía espiritual, que se alimenta en la fuente de la contemplación, a ejemplo de la oración a la que Jesús se dedicaba en la soledad, sumergiéndose totalmente en el diálogo con Dios Padre, para obtener la fuerza necesaria con vistas a su misión salvífica.

La Iglesia prolonga en el tiempo la misión de Cristo: entre los múltiples carismas que la enriquecen, conserva también el muy valioso de la vida contemplativa, cultivada en los monasterios, como respuesta al amor absoluto de Dios, que en el Verbo encarnado se ha unido a la humanidad con un vínculo eterno e indisoluble. Los monasterios femeninos manifiestan con particular elocuencia la unión exclusiva de la Iglesia con Cristo, su Esposo, reviviendo la experiencia de María, Virgen del silencio y de la escucha.

2. En esta comunidad monástica de Quart, María, Reina del Carmelo, es venerada con el título de Madre de la Misericordia. En efecto, la santísima Virgen, al dar a luz a Jesús, dio al mundo el Testigo supremo del amor misericordioso de Dios. En este designio de salvación, ella no es un mero instrumento, sino más bien una dócil cooperadora: la divina Misericordia encuentra en María una consonancia perfecta. En su Corazón inmaculado se reflejan adecuadamente la ternura de Dios, su voluntad de perdonar a los pecadores y los gestos de su compasión paterna.

La maternidad de María se cumple en el Calvario, donde la divina Misericordia realiza, en el sacrificio de Cristo en la cruz, el supremo acto redentor. En aquella hora trágica y gloriosa, María se convierte para siempre en la Madre de la Misericordia. Las monjas carmelitas se inspiran en su sublime modelo, entregándose por la salvación de todos los hombres. Demos gracias al Señor porque no deja de llamar almas elegidas para que sean, en el corazón de la Iglesia, apóstoles de su amor misericordioso por medio de la oración.

3. Desde este lugar tan significativo para la Iglesia del Valle de Aosta, deseo dirigir un cordial saludo a todos los sacerdotes de la diócesis, así como a los religiosos y a las religiosas. De modo particular, deseo saludar y expresar mis mejores deseos a las religiosas de San José de Aosta, que comienzan su capítulo general. Pienso, asimismo, con afecto en la comunidad del seminario de Aosta: exhorto a los seminaristas a vivir con empeño su tiempo de formación, y espero que numerosos jóvenes acojan con alegría y gratitud la llamada del Señor a dedicar toda su vida al servicio del Evangelio.

Pero la vida cristiana es siempre respuesta a una vocación del Señor, que, sin embargo, es preciso reconocer y acoger con generosidad. Desde esta perspectiva, se acaba de celebrar en estos días, en La Thuile, la «Mariápolis» estiva del movimiento de los Focolares, y me alegra que los participantes estén ahora presentes aquí y se hagan notar. Os saludo con cariño, queridos hermanos, y os exhorto a ser testigos del amor de Dios en la vida de cada día.

Saludo cordialmente a todos los habitantes del Valle de Aosta y, en particular, a la comunidad de Quart, con su alcalde.

4. Mi estancia en el Valle de Aosta está llegando a su fin. Por tanto, aprovecho esta ocasión para expresar mi profunda gratitud a cuantos me han acogido con admirable cordialidad, comenzando por el obispo, monseñor Giuseppe Anfossi, y por los salesianos. Doy las gracias al presidente de la Junta regional, a las demás autoridades, al alcalde de Introd, a los guardabosques, a la policía estatal y a los carabineros, que han predispuesto todo para que tuviera una estancia serena y tranquila.

A María santísima, «Mater Misericordiae», le encomiendo nuevamente el Valle de Aosta, a todos sus habitantes y a los veraneantes.

 

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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