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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

5 de septiembre de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Pasan los meses y nos acercamos cada vez más a la cita del gran jubileo, con el que comenzará el tercer milenio. El panorama que se delinea ante nuestros ojos, al acabar este siglo, presenta algunas sombras, como los sufrimientos y las injusticias que oprimen a personas y pueblos, la violencia y las guerras que, por desgracia, siguen ensangrentando a numerosas regiones de la tierra. Pero hay consoladores rayos de luz, que nos permiten mirar al futuro con esperanza. Nuestro optimismo se funda, sobre todo, en la certeza de la continua asistencia divina, que no falta jamás a cuantos la imploran con humildad y confianza.
Nos lo recuerda el pasaje evangélico que la liturgia de hoy ofrece a nuestra meditación. Dice Jesús a sus discípulos: "Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). La certeza de que Cristo permanece en medio de su pueblo anima a los creyentes y los impulsa a ser promotores de auténtica solidaridad, trabajando activamente para realizar la "civilización del amor".

2 A este propósito, quisiera recordar la inmensa multitud de personas generosas que, durante el siglo XX, han entregado su vida a Cristo, poniéndose al servicio de sus hermanos con actitud de humildad y amor. Mi pensamiento va, en particular, a la madre Teresa de Calcuta, a quien precisamente hoy, hace dos años, Dios llamó a su presencia. La fundadora de las Misioneras de la Caridad solía repetir: "Cuando ayudamos a otra persona, nuestra recompensa es la paz y la alegría, porque hemos dado un sentido a nuestra vida". Fue una grande y apreciada maestra de vida, especialmente para los jóvenes, a los que recordaba que "tienen la gran tarea de construir la paz, comenzando por sus familias, y defender la vida siempre y de cualquier modo, sobre todo cuando es particularmente débil". Quiera Dios que su testimonio sea motivo de estímulo y aliento para numerosos muchachos y muchachas, a fin de que se pongan generosamente al servicio del Evangelio.

3. María, a quien los fieles invocan sin cesar como Madre amorosa, despierte en el corazón de cada uno sentimientos de paz y de activo compromiso apostólico. Si promover la solidaridad y el amor es tarea de todo ser humano, mucho más lo es del cristiano.

Que la santísima Virgen interceda por la humanidad entera, para que el tercer milenio sea un tiempo de paz auténtica y duradera.

María, Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!


Después el Ángelus

Saludo con afecto a los peregrinos latinoamericanos y españoles. A ejemplo de la Virgen María, os aliento a ser sembradores de esperanza cristiana, para construir juntos una sociedad más humana. A todos os bendigo de corazón.

* * *

Invitación a orar para que reine la concordia en Timor oriental

En estas horas llegan noticias preocupantes de Timor oriental, donde se están produciendo graves actos de intimidación y violencia. Con la esperanza de que en el territorio se establezca un clima de serenidad y concordia, os invito a uniros a mí en la oración por esos hermanos nuestros duramente probados. Que la Virgen María suscite en los corazones de todos sentimientos de verdadera reconciliación y respeto constructivo a la voluntad expresada en los días pasados por la población timorense.

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

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