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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Ancona, domingo 30 de mayo de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Al término de esta sugestiva celebración eucarística, nuestro corazón se dirige a la santísima Virgen María, venerada en numerosas iglesias, capillas y santuarios de la diócesis de Ancona-Ósimo. Me complace recordar aquí los santuarios de la Virgen de los Dolores de Campocavallo en Ósimo, de la Virgen de Tornazzano en Filottrano, de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús en Ósimo, y de la Virgen del Rosario en Falconara.

En vuestra catedral, dedicada a san Ciríaco, cuyo milenario estamos celebrando, se encuentra la capilla dedicada a la «Virgen Reina de todos los santos», patrona principal de la ciudad. Desde este estadio me dirijo espiritualmente en peregrinación hasta el artístico templete donde se halla la imagen prodigiosa de la Virgen, tan querida a la piedad de los habitantes de Ancona. Se trata de una pintura sencilla, pero muy expresiva, que, según la tradición, fue entregada a los canónigos de la catedral de Ancona por un marinero veneciano, como exvoto por haberse salvado de un naufragio. A María quisiera encomendarle vuestra comunidad archidiocesana y todos los habitantes de la ciudad. Que ella os proteja y os ampare siempre en medio de las vicisitudes de la vida.

2. Desde esta ciudad que, por su tradición, está unida a Oriente, no puedo menos de dirigir mi mirada más allá de este mar Adriático, que para muchos prófugos constituye un difícil sendero de esperanza. Por desgracia, en Kosovo y en la República yugoslava siguen implacables los atropellos y la violencia, con numerosas víctimas humanas e inmensos daños ambientales. Renuevo hoy mi apremiante invitación a la paz, invitación que se convierte en oración, para que María nos obtenga un don tan esencial e insustituible. Durante este mes de mayo, respondiendo a mi exhortación, también vosotros habéis rezado diariamente el santo rosario, el «rosario de la paz», uniéndoos a los creyentes de todo el mundo.

Ante la persistencia de la violencia, no debe faltar nuestra confiada invocación por las poblaciones de Kosovo y Yugoslavia, que desde hace demasiado tiempo son víctimas de una situación que constituye una dura derrota de la humanidad, precisamente tras la reciente celebración del cincuentenario de la Declaración universal de los derechos del hombre. Recordemos también a otros pueblos que, especialmente en el continente africano, pagan un precio inaceptable en vidas humanas, hambre, miseria y humillaciones a causa de la prolongación de conflictos fratricidas, a menudo ignorados por la opinión pública.

3. Elevando hoy el pensamiento a la santísima Trinidad, océano de amor y paz, oremos para que la humanidad encuentre la valentía de la reconciliación. Que sobre las múltiples formas de orgullo y mentira prevalezcan el diálogo, la solidaridad y el amor. Dios ilumine la conciencia de los responsables para que, por encima de todo, pongan la tutela de los derechos fundamentales de la persona humana, pues cada vez que triunfan el odio y la violencia, el hombre sufre una derrota. El Señor conforte y ayude a los miles de niños, mujeres, ancianos, enfermos y víctimas inocentes de la guerra.

¡María, Reina de la paz, Reina de todos los santos, ruega por nosotros y alcanza para el mundo la paz!

 

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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