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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo
31 de octubre de 1999
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. En Augsburgo, Alemania, tiene lugar hoy, precisamente a esta
hora, un acto de gran importancia. Los representantes de la Iglesia católica y
de la Federación luterana mundial firman una Declaración común sobre uno de
los principales temas que oponían a católicos y luteranos: la doctrina de
la justificación por la fe.
Se trata de una piedra miliar en el arduo camino del
restablecimiento de la unidad plena entre los cristianos, y es muy significativo
que se realice precisamente en la ciudad donde, en 1530, con la «Confessio
Augustana», se escribió una página decisiva de la Reforma luterana.
Ese documento constituye una base segura para proseguir la investigación
teológica ecuménica y afrontar las dificultades que subsisten en ella, con
una esperanza más fundada de resolverlas en el futuro. Además, representa una
valiosa contribución a la purificación de la memoria histórica y al testimonio
común.
2. Deseo dar gracias al Señor por esta meta intermedia a lo
largo del camino difícil, pero gozoso, de la unidad y la comunión entre los
cristianos. En efecto, da una significativa respuesta a la voluntad de Cristo,
que, antes de su pasión, oró al Padre para que sus discípulos fueran uno
(cf. Jn 17, 11). También es motivo de gratitud el hecho de que este
signo consolador llegue en el umbral del año 2000, para que los cristianos
puedan presentarse en el gran jubileo, «si no del todo unidos, al menos mucho
más próximos a superar las divisiones del segundo milenio» (Tertio
millennio adveniente, 34).
Expreso mi gratitud a todos los que han orado y trabajado para
hacer posible esta Declaración común. Al mismo tiempo, deseo subrayar que en
la Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, que terminó
recientemente, participaron delegados fraternos de las otras Iglesias y
comunidades eclesiales. El Sínodo consideró el camino ecuménico como uno de
los signos de esperanza para un continente en el que se produjeron la mayor
parte de las divisiones entre los cristianos, y que aún sufre mucho por sus
consecuencias.
3. Os invito a todos a renovar vuestra confianza orante y activa
en el Espíritu Santo, «que sabe alejar de nosotros los espectros del pasado y
los recuerdos dolorosos de la separación; él nos concede lucidez, fuerza y
valor para dar los pasos necesarios, de modo que nuestro empeño sea cada vez
más auténtico» (Ut unum sint, 102).
Los cristianos conocen las palabras que dirigió el ángel a
María el día de la Anunciación: «Nada hay imposible para Dios» (Lc
1, 37). Su esperanza en la unidad plena se apoya en la fuerza de Dios.
Encomendamos el camino ecuménico a la intercesión materna de
la Virgen, sublime modelo de la justicia que deriva de la fe. Ella, que
hace dos mil años trajo al mundo al Verbo encarnado, guíe a todos los
creyentes hacia él, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,
9).
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