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JUAN PABLO II
REGINA CAELI
Lunes de Pascua, 5 de abril de 1999
1. El anuncio: «Cristo, mi esperanza, ha resucitado» (Secuencia),
sigue resonando en la liturgia de hoy. Así, el gozo espiritual de la Pascua se
prolonga y se dilata en la Iglesia y en el corazón de los fieles.
La resurrección de Cristo constituye el acontecimiento más
trascendente de la historia humana. Y ese acontecimiento ha dado a todos una
nueva esperanza: esperar, ahora, ya no significa aguardar que suceda algo.
Significa estar seguros de que algo ha sucedido, puesto que «el Señor ha
resucitado y vive para siempre».
El primero en pronunciar las palabras que proclamaban la
Resurrección fue un ángel junto al sepulcro vacío de Cristo. A las mujeres que
acudieron al sepulcro al alba del primer día después del sábado, les dijo: «No
está aquí, ha resucitado» (Mt 28, 5). Y ellas, «llenas de alegría,
corrieron» (Mt 28, 8) a anunciarlo a los discípulos. Para los discípulos,
temerosos y desconsolados, el anuncio del mensajero celestial, que las
apariciones del Resucitado evidenciaron aún más, confirmó cuanto el Señor había
anunciado. Confortados por esta certeza y llenos del Espíritu Santo, recorrerán
después los senderos del mundo para hacer resonar el gozoso anuncio pascual.
2. Amadísimos hermanos y hermanas, en este «lunes del ángel» la
liturgia nos invita a escuchar de nuevo las palabras del ángel, que también a
nosotros nos anuncian el gran acontecimiento de aquel día. En ellas está el
centro vivo del cristianismo. Designan el misterio que lo explica todo. Después
de los ritos de la Semana santa, nuestros ojos contemplan ahora a Cristo
resucitado. También nosotros estamos llamados a encontrarnos con él
personalmente y a convertirnos en sus heraldos y testigos, como lo fueron las
mujeres y los discípulos
«Cristo, mi esperanza, ha resucitado», repetimos hoy,
pidiéndole la valentía de la fidelidad y la perseverancia en el bien. Imploremos,
sobre todo, la paz, don que nos ha obtenido con su muerte y resurrección. Oremos
para que conceda el don valioso de la paz especialmente a nuestros hermanos de
Kosovo, donde las campanas de Pascua no han repicado y donde, por desgracia,
continúa la guerra con destrucciones, deportaciones y muerte.
3. Encomendemos a María nuestra apremiante invocación. «Reina
del cielo», tú que te alegras porque «aquel que llevaste en tu seno ha
resucitado», alcanza consuelo y apoyo a los prófugos y a quienes sufren a causa
de la guerra. Obtén serenidad y paz para todo el mundo.
Después del «Regina caeli»
Saludo cordialmente a los habitantes de Castelgandolfo, que me
acogen siempre con gran solicitud, y a cuantos han venido aquí hoy para un
sereno descanso.
Pero no podemos olvidar a quienes, por el contrario, están
atravesando momentos de gran sufrimiento. Pienso con afecto en los numerosísimos
prófugos de Kosovo, que se encuentran en condiciones dramáticas.
Doy las gracias de corazón a quienes generosamente procuran
ayudarles. Expreso particular aprecio a Italia, comprometida en Albania, además
de en su territorio nacional, en una vasta y generosa acción de ayuda,
denominada «Arco iris». Aliento a las instituciones públicas y privadas, a los
organismos de voluntariado y a los ciudadanos a intensificar sus esfuerzos para
ayudar a nuestros hermanos, tan duramente probados.
© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana
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