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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Domingo 11 de abril de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Al concluir la octava de Pascua, saludando de modo particular a nuestros hermanos ortodoxos, que celebran precisamente hoy esta solemnidad, hago mías las palabras del apóstol san Pedro, proclamadas en la liturgia: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo» (1 P 1, 3). De todo el pueblo de Dios, en camino hacia el gran jubileo, se eleva un himno de acción de gracias a Dios Padre, que en el misterio pascual de Cristo ha revelado al mundo su rostro y, por decirlo así, su corazón «rico en misericordia» (Ef 2, 4).

Este domingo se llama también «domingo de la divina misericordia»: en este año dedicado a Dios Padre, constituye una magnífica ocasión para entrar, individualmente y como Iglesia, en el auténtico espíritu jubilar, según las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque (...) me ha enviado a proclamar (...) un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Me alegra mucho que un gran número de sacerdotes y fieles hayan venido esta mañana a la plaza de San Pedro para celebrar una solemne eucaristía, presidida por el cardenal Fiorenzo Angelini, a quien saludo cordialmente, así como a todos los presentes, a la vez que les manifiesto mi complacencia por su devoción a Jesús misericordioso.

Los animo de corazón a ser apóstoles de la divina misericordia, como la beata Faustina Kowalska, en su ambiente de vida y trabajo.

2. ¿Cómo no notar el evidente contraste entre la invitación a la misericordia y al perdón, que resuena en la liturgia de hoy, y la violencia de los trágicos conflictos que ensangrientan la región de los Balcanes? ¡Ojalá que finalmente prevalezca la paz! Renuevo aquí el llamamiento, dictado no sólo por la fe, sino ante todo por la razón: que las poblaciones convivan en armonía en sus tierras, que callen las armas y se reanude el diálogo.

Mi pensamiento se dirige constantemente a quienes sufren las duras consecuencias de la guerra, y ruego al Señor resucitado, Príncipe de la paz, que les regale el don de su paz.

3. Quisiera invitar a todos los creyentes a intensificar su oración por la paz, porque lo que a veces parece humanamente imposible, Dios lo da a quienes lo piden intensamente como don de su misericordia.

Con este propósito, invoquemos la intercesión de María santísima. A ella, Madre de la misericordia, se dirige nuestra súplica, para que nos ayude a emprender con valentía el camino del amor y de la paz.


Después del Angelus

Hoy, como he dicho al comienzo, las Iglesias ortodoxas celebran la santa Pascua. Me uno con alegría en la oración a nuestros hermanos ortodoxos, expresándoles mi felicitación más cordial. Que la paz que Cristo anunció a los discípulos el día de su resurrección actúe siempre entre los creyentes. En este momento mi pensamiento va, en particular, a cuantos sufren por la guerra. La esperanza de la paz los sostenga en esta dura prueba y los convierta cada vez más en artífices de una convivencia respetuosa de los derechos de cada uno y caracterizada por una fraternidad solidaria.

 

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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