Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Hoy, fiesta litúrgica del Bautismo del Señor, concluye el tiempo de
Navidad, que este año hemos vivido con una intensidad y una participación
totalmente singulares. En efecto, en la Nochebuena, con la apertura de la
Puerta santa en la basílica de San Pedro, comenzó el gran jubileo.
Este tiempo navideño nos ha brindado una nueva ocasión de hacer memoria del
"hecho", acaecido hace veinte siglos, que cambió definitivamente el curso de
la historia: el nacimiento de Jesús en Belén.
Al hacer memoria del nacimiento de Jesús, hemos celebrado el gran misterio de
la redención, que contemplamos de modo particular durante todo el itinerario
jubilar. El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera ser
elevado a la dignidad de hijo adoptivo de Dios.
2. La fiesta del Bautismo del Señor nos invita a esa íntima unión con la vida
divina. Como en los años pasados, también hoy he tenido la alegría de
administrar, en el sugestivo escenario de la capilla Sixtina, el sacramento
del bautismo a algunos niños. En total fueron dieciocho: ocho niñas y diez
niños, procedentes de Italia, Brasil, España, Estados Unidos y Suiza. En el
marco del Año jubilar, tiempo de gracia, alegría y renovación de vida, esta
celebración del sacramento del bautismo es para todos nosotros una
invitación a volver a las raíces de nuestra vocación cristiana. En efecto,
todo el bien que hacemos con la ayuda de Dios tiene su fundamento en el
bautismo que, al comunicarnos la gracia divina, nos hace hijos de Dios y nos
incorpora a la comunidad de los creyentes.
3. Encomendemos a María santísima, Madre del Salvador, a los niños y niñas que
hoy han recibido el bautismo, así como a sus familias, a sus padrinos y
madrinas y a sus comunidades cristianas. La santísima Virgen los acompañe
con su protección materna por el camino de crecimiento en la fe y los haga
participar cada vez más en el misterio de salvación que hoy ha comenzado en
ellos.
Que la Virgen también nos asista a nosotros, para que durante este Año jubilar
correspondamos cada vez mejor a nuestros compromisos bautismales,
alimentando día a día la llama de la fe, que nos entregaron al inicio de
nuestra existencia cristiana.
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