Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Está aún vivo el recuerdo de la extraordinaria celebración del jubileo de
los enfermos en la plaza de San Pedro, el viernes pasado, fiesta de nuestra
Señora la Virgen de Lourdes.
La enfermedad nos ayuda a comprender el misterio del hombre. Como el leproso,
del que habla el Evangelio de este domingo, cuando estamos enfermos
experimentamos la fragilidad humana y sentimos el fuerte deseo de curarnos. En
Jesús, que se compadece de nosotros, encontramos el apoyo y la respuesta a
nuestras expectativas más profundas. En su cruz, todo sufrimiento tiene una
posibilidad de sentido; la enfermedad no deja de ser una prueba, pero iluminada
por la esperanza.
Sí, Dios no quiere la enfermedad; no ha creado el mal y la muerte. Pero, desde
el momento en que éstos, a causa del pecado, han entrado en el mundo, su amor
tiende totalmente a sanar al hombre, a liberarlo del pecado y de cualquier mal,
y a colmarlo de vida, paz y alegría. Éste es el anuncio consolador del jubileo
y, de modo particular, de este gran jubileo, que recuerda los dos mil años de la
encarnación de Cristo.
2. Prosiguiendo el itinerario jubilar, que cada vez presenta mayores
oportunidades espirituales, el viernes próximo, 18 de febrero, memoria litúrgica
del Beato Angélico, su patrono, se celebrará el jubileo de los artistas.
En esa ocasión, tendré la alegría de encontrarme con estos hermanos, que,
dotados por Dios de especiales capacidades intuitivas y expresivas que cultivan
con el estudio y la experiencia, son intérpretes privilegiados del misterio del
hombre. Vendrán a Roma para manifestar su fe en Jesucristo, Verbo de Dios
encarnado, epifanía de la belleza divina en la figura humana. Cristo es la
fuente suprema de inspiración del arte universal, y la época contemporánea,
aunque esté marcada por el ateísmo, lo confirma: los mayores artistas de todos
los continentes han sentido la exigencia de confrontarse con Jesús y su
inagotable misterio. Por este motivo, la Iglesia considera de modo especial el
diálogo con el arte.
3. Encomendemos a la Virgen toda hermosa esta singular celebración jubilar. En
ella, inmune del contagio de la culpa original, resplandece la luz de Cristo, la
Belleza que ha redimido al mundo. Que la Virgen nos ayude a amar esta Belleza y
hacerla resplandecer constantemente en nuestra existencia.