Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Hoy el pueblo de Dios
está en fiesta y, de modo particular, la ciudad y la diócesis de
Roma, por la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san
Pablo, considerados las columnas de la Iglesia universal.
San Pedro, la "piedra" sobre la que Cristo fundó su Iglesia; san
Pablo, el "instrumento elegido" para llevar el Evangelio a los
gentiles. El pescador de Galilea que, superada la prueba de los
días oscuros de la pasión de su Señor, deberá confirmar a sus
hermanos en la fe y apacentar la grey de Cristo; el fariseo
celoso que, convertido en el camino de Damasco, se transformará
en heraldo de la salvación que viene por la fe.
Un arcano designio de la Providencia los trajo a ambos a
Roma, para sellar con la sangre su testimonio: Pedro,
crucificado; Pablo, decapitado. El primero, sepultado al pie de
la colina Vaticana; el segundo, en la vía Ostiense.
2. Como cada año, en esta solemne circunstancia, tenemos el
honor y la alegría de acoger a la delegación del patriarcado
ecuménico de Constantinopla, que se une a nosotros para
celebrar a los Príncipes de los Apóstoles. A cada miembro de la
delegación le dirijo mi cordial saludo y le doy un abrazo
fraterno de paz en el Señor.
La significativa presencia de estos hermanos en la fe es un
gesto que invita a esperar y a proseguir, sin desanimarse jamás,
por el camino del diálogo ecuménico. Invoquemos al Señor para
que los cristianos de Oriente y de Occidente experimenten cuanto
antes la alegría y la gracia de la unidad plena y de la comunión
coral de fe y de compromiso apostólico.
Por esta especial intención os invito a orar también a vosotros,
queridos peregrinos procedentes de todos los rincones de la
tierra, con ocasión del gran jubileo, ante las tumbas de los
Apóstoles. Os confío dos intenciones muy importantes para mí, al
comienzo del tercer milenio: la unidad de los cristianos
y la nueva evangelización.
3. Que san Pedro interceda por nosotros, para que todos
reconozcan y acepten el ministerio de su Sucesor como servicio a
la unidad del pueblo de Dios. A san Pablo pidámosle que sostenga
la acción misionera de la Iglesia, especialmente la dirigida a
quienes aún no han recibido la buena nueva de Cristo Salvador.
Por último, elevemos nuestro corazón a María santísima, a quien
hoy invocamos como Reina de los Apóstoles y Salus populi
romani, Salvación del pueblo romano. Amadísimos hermanos y
hermanas de la diócesis de Roma, me complace dirigiros
precisamente a vosotros un saludo muy especial. Oremos para que
san Pedro y san Pablo fortalezcan nuestra fe y nos ayuden a
testimoniarla en todos los ambientes y circunstancias.