Amadísimos hermanos y hermanas:
1. El viernes pasado celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús,
el Corazón que hace dos mil años comenzó a latir en el seno de María
santísima y que trajo al mundo el fuego del amor de Dios.
El Corazón de Cristo encierra un mensaje para todo hombre; habla también al
mundo de hoy. En una sociedad, en la que la técnica y la informática se
desarrollan a un ritmo creciente y la gente se siente atraída por una infinidad
de intereses, a menudo contrastantes, el hombre corre el riesgo de perder su
centro, el centro de sí mismo. Al mostrarnos su Corazón, Jesús nos recuerda ante
todo que allí, en la intimidad de la persona, es donde se decide el destino de
cada uno, la muerte o la vida en sentido definitivo. Él mismo nos da en
abundancia la vida, que permite a nuestro corazón, endurecido a veces por la
indiferencia y el egoísmo, abrirse a una forma de vida más elevada.
El Corazón de Cristo crucificado y resucitado es la fuente inagotable de gracia
donde todo hombre puede encontrar siempre, y particularmente durante este año
especial del gran jubileo, amor, verdad y misericordia.
2. La Sangre de Cristo nos ha redimido. Esta es la verdad que proclamamos
precisamente ayer, al inicio del mes de julio, dedicado tradicionalmente a la
preciosísima Sangre de Cristo, con ocasión del jubileo de la Unión Sanguis
Christi.
¡Cuánta sangre se ha derramado injustamente en el mundo! ¡Cuánta violencia,
cuánto desprecio por la vida humana!
Esta humanidad, a menudo herida por el odio y la violencia, necesita
experimentar, hoy más que nunca, la eficacia de la Sangre redentora de Cristo.
La Sangre que no fue derramada en vano, sino que contiene en sí toda la
fuerza del amor de Dios y es prenda de esperanza, de rescate y de reconciliación.
Pero, para sacar de esta fuente, es necesario volver a la cruz de Cristo, fijar
la mirada en el Hijo de Dios, en su Corazón traspasado, en su Sangre
derramada.
3. Al pie de la cruz estaba María, copartícipe de la pasión de su Hijo. Ella
ofrece su Corazón de Madre como refugio a todo el que busca perdón, esperanza y
paz, como nos lo ha recordado la fiesta de su Corazón Inmaculado. María enjugó
la sangre de su Hijo crucificado. A ella le encomendamos la sangre de las
víctimas de la violencia, para que sea rescatada por la que Jesús derramó para
la salvación del mundo.
© Copyright 2000 - Libreria Editrice Vaticana