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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Les Combes, Valle de Aosta Domingo 16 de julio de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Doy gracias al Señor que, también este año, me da la posibilidad de pasar
un período de descanso en esta estupenda localidad de montaña, que me trae a la
mente la presencia majestuosa de Dios. Agradezco al obispo de Aosta, al
presidente del Consejo y de la Junta del Valle de Aosta, y a toda la población
de esta región tan querida para mí, la invitación y la acogida que, como cada
año, ha sido muy cordial. Un agradecimiento especial va a los salesianos, que
siempre han sido muy hospitalarios conmigo, así como a quienes aseguran
diariamente, a mí y a mis colaboradores, una estancia tranquila. Aquí, en medio
de amenos bosques y valles, el cuerpo se fortalece y el espíritu puede dedicarse
más a la reflexión y a la contemplación.
Desde este lugar sereno quisiera enviar un cordial saludo a quienes están
pasando sus vacaciones en estos valles y en otros lugares, tanto de montaña como
de mar. A todos invito a hacer que estos días de merecido descanso estivo sean
un tiempo de enriquecimiento interior y de favorable distensión familiar. Pienso,
además, en quienes no pueden permitirse vacaciones y han permanecido en sus
hogares. De modo especial, dirijo mi afectuoso saludo a los enfermos, a los
ancianos, a los presos y a las personas solas. A cada uno aseguro mi recuerdo
diario en la oración.
2. Al contemplar estas montañas, mi pensamiento va hoy al monte Carmelo, cantado
en la Biblia por su belleza. En efecto, hoy celebramos la fiesta de la
Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo. En aquel monte, que se encuentra en
Israel, cerca de Haifa, el santo profeta Elías defendió valientemente la
integridad y la pureza de la fe del pueblo elegido en el Dios vivo. En ese mismo
monte, en el siglo XII después de Cristo, se reunieron algunos ermitaños para
dedicarse a la contemplación y a la penitencia. De su experiencia espiritual
surgió la orden de los carmelitas.
Caminado con la Virgen, modelo de fidelidad plena al Señor, no temeremos los
obstáculos ni las dificultades. Sostenidos por su intercesión materna, podremos
realizar plenamente, como Elías, nuestra vocación de auténticos "profetas" del
Evangelio en nuestro tiempo.
3. La liturgia de hoy, XV domingo del tiempo ordinario, nos exhorta a este
compromiso ascético y apostólico. Nos invita a seguir el ejemplo del profeta
Amós y de los Apóstoles, elegidos por el Señor como colaboradores en su obra de
salvación.
Que la bienaventurada Virgen del Monte Carmelo, a quien hoy invocamos con
particular devoción, nos ayude a subir sin cansarnos hacia la cima del monte de
la santidad; y nos ayude a amar por encima de todo a Cristo, que revela al mundo
el misterio del amor divino y la verdadera dignidad del hombre (cf. Colecta).
Después del Ángelus
Hoy, memoria de la Virgen del Monte Carmelo, es particularmente significativa la
presencia de un grupo de religiosas carmelitas de Santa Teresa de Turín, que
están celebrando su capítulo general. Al saludaros con afecto, queridas hermanas,
deseo dirigir un cordial saludo también a todos los carmelitas y las carmelitas,
así como a las asociaciones que se inspiran en este carisma. Invoco la continua
asistencia divina sobre la entera familia carmelita, exhortando a cada uno de
sus miembros a buscar y amar ante todo a Dios, que nos amó primero, y a
esforzarse por alimentar en todas las circunstancias los valores de la vida
contemplativa, de donde brota y recibe impulso el amor al prójimo para la
salvación del mundo y la edificación de la Iglesia.
Saludo también a los monjes benedictinos suizos, que han querido visitarme.
Amadísimos hermanos, san Benito, cuya fiesta celebramos hace pocos días, os
ayude a vosotros y a toda la familia benedictina, a ser fieles a las enseñanzas
que os legó en el libro de la Regla.
En este domingo en que recordamos también a la Virgen María del Monte Carmelo,
me complace saludar a los peregrinos de lengua española que participáis en esta
oración mariana. A todos vosotros y a vuestras familias os bendigo de corazón.
Muchas gracias por vuestra presencia.
© Copyright 2000 - Libreria Editrice Vaticana
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