 |
JUAN PABLO II
JUBILEO DE LOS DEPORTISTAS
ÁNGELUS
Domingo 29 de octubre de 2000
1. En este momento de alegría no podemos ni debemos olvidar que en algunas
regiones del mundo se sigue sufriendo y, a menudo, muriendo. Pienso, de modo
particular, en la región de Oriente Medio.
Deseo una vez más invitar a todas las partes implicadas en el proceso de paz
a no escatimar esfuerzos para el restablecimiento del clima de diálogo que
existía hasta hace unas semanas. La confianza mutua, el rechazo de las armas y
el respeto de la ley internacional son los únicos medios capaces de reactivar el
proceso de paz. Por eso, oremos para que se vuelva a la mesa de las
negociaciones y, a través del diálogo, se llegue a la anhelada meta de una paz
justa y duradera, que garantice a todos el derecho inalienable a la libertad y a
la seguridad.
2. Nos disponemos ahora a concluir la celebración eucarística, corazón de
este acontecimiento jubilar. Hemos ofrecido a Dios el deporte como actividad del
hombre orientada a su desarrollo pleno y a establecer relaciones sociales
fraternas. Este altar, puesto en el gran estadio Olímpico de Roma, nos ha
recordado que también el deporte es, ante todo, don de Dios.
Ahora bien, este don debe convertirse en misión y en testimonio.
En el ámbito del Año jubilar, se leerá dentro de poco el "Manifiesto del deporte",
para subrayar el compromiso concreto que brota de este jubileo.
Dirijo un saludo cordial a todos los deportistas de lengua francesa que
participan en este jubileo, invitándolos a ser, mediante el deporte, mensajeros
de paz y fraternidad, así como ejemplos de vida recta y armoniosa. Con mi
bendición apostólica.
Queridos fieles de lengua inglesa que participáis en esta celebración
jubilar, el deporte os ha traído desde diferentes países para buscar un interés
común y las mismas metas. Vuestra pasión por el deporte contribuye a la
solidaridad humana, la amistad y la buena voluntad entre los pueblos. Que
vuestros esfuerzos físicos sean una parte de vuestra búsqueda de los valores más
elevados, que forjan vuestro carácter y os dan dignidad y un sentido de
realización, tanto a vuestros propios ojos como a los ojos de los demás. Desde
la perspectiva cristiana, la vida misma es una competición y un esfuerzo en
busca de la bondad y la santidad. Dios bendiga vuestros empeños y os colme a
vosotros y a vuestras familias de su amor y de su paz.
Saludo cordialmente a los deportistas, a los entrenadores y a los directivos
de los países de lengua alemana. La "cuestión más insignificante del mundo" se
desluce a menudo por la fuerte presión de la competición. Ojalá que la
meditación os infunda serenidad: la competición es sólo un juego. El
deporte debe divertir y alegrar. Que os acompañe la bendición de Dios.
Saludo a los deportistas de lengua española. Os invito a dedicar vuestros
esfuerzos al desarrollo de toda la persona, al fomento de la paz entre los
pueblos y al logro del trofeo más preciado: recibir de Dios la
misericordia y ser coronados en la gloria de Cristo.
Dirijo un saludo cordial y mi aliento a los deportistas profesionales y
aficionados de los diversos países de lengua portuguesa, recordando a todos que
la meta y el galardón más alto de la vida es Jesucristo. No os contentéis con
menos; y subiréis, victoriosos, al podio de la eternidad.
Saludo cordialmente a los deportistas de Polonia y de los demás países del
mundo. En el día de vuestro jubileo doy gracias, con vosotros, a Dios por la
fuerza del espíritu, mediante la cual diariamente no escatimáis esfuerzos y
superáis vuestra debilidad personal, para conquistar en noble competición el
laurel de la victoria en las diversas disciplinas del deporte. Vuestro esfuerzo
perseverante y la alegría de la victoria adquieren el significado de un símbolo,
al que puede referirse todo el que quiera crecer espiritualmente y, de modo
particular, un cristiano que, como escribe san Pablo, "compite en la noble
competición" para obtener de las manos de Cristo, terminada la carrera de la
vida, "la corona de la justicia" (cf. 2 Tm 4, 6-7). Que Dios os bendiga
cuando deis este particular testimonio.
3. Nos dirigimos ahora a María santísima, invocando su protección materna
sobre todo el mundo del deporte, para que esté siempre animado por valores
auténticos y contribuya al desarrollo integral del hombre y de la sociedad.
© Copyright 2000 - Libreria Editrice Vaticana
|