Queridos fieles laicos:
1. Antes de concluir esta celebración jubilar, he querido entregaros
nuevamente, en la persona de algunos representantes vuestros, los
documentos del concilio Vaticano II. Mi pensamiento vuelve en este
momento a aquel histórico y providencial acontecimiento eclesial. Hace
treinta y cinco años, precisamente en estos días, fueron aprobados algunos
documentos, entre ellos el decreto Apostolicam actuositatem sobre el
apostolado de los laicos. El 7 de diciembre, junto con otros textos, fue
aprobada la constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en
el mundo contemporáneo. Al día siguiente, la asamblea conciliar promulgaba
definitivamente el conjunto de sus documentos.
Queridos fieles laicos, apóstoles del tercer milenio, como entonces, también
hoy he querido simbólicamente volver a confiaros especialmente a vosotros el
vasto patrimonio conciliar, recordando que precisamente a los laicos
-gobernantes, hombres del pensamiento y de la ciencia, artistas, mujeres,
trabajadores, jóvenes, pobres, enfermos- el Concilio entregó su mensaje
conclusivo destinado a la humanidad entera.
En este cambio de época, la lección del Vaticano II es más actual que nunca.
En efecto, la situación de nuestro tiempo exige que vuestro compromiso
apostólico de laicos sea aún más intenso y más extenso. Estudiad el
Concilio, profundizadlo, asimilad su espíritu y sus orientaciones: en él
encontraréis luz y fuerza para testimoniar el Evangelio en todos los campos
de la existencia humana.
2. Saludo cordialmente a todos los peregrinos de lengua francesa, que habéis
venido para el Congreso del apostolado de los laicos. A pocos días del
aniversario de la conclusión del Concilio, todos vosotros estáis invitados a
releer sus documentos para confirmar vuestra vocación, para comprometeros en
el apostolado, como propusieron los padres conciliares, para ser en el mundo
testigos de la buena nueva y para participar cada vez más activamente en la
misión de la Iglesia. El mundo necesita vuestro testimonio individual,
matrimonial, familiar, profesional y eclesial. A todos os imparto la
bendición apostólica.
Durante este jubileo del laicado deseo poner una vez más en las manos y en el
corazón de los laicos del mundo entero los documentos del concilio Vaticano
II. El Concilio, centrado en Cristo y en su Iglesia y abierto a los desafíos
de un mundo en transformación, fue un acontecimiento providencial en la
preparación del pueblo de Dios para el tercer milenio cristiano. Invito a
los fieles laicos a estudiar la enseñanza del Concilio, a amar y vivir su
mensaje. De este modo, los laicos serán luz y esperanza para la Iglesia y
para la sociedad. Cristo, el Rey eterno, os guíe y fortalezca siempre.
Dirijo un saludo cordial a las mujeres y a los hombres de lengua alemana.
Queridas hermanas y queridos hermanos, el concilio Vaticano II os alienta a
vosotros, laicos, a ser sal de la tierra y luz del mundo. Os expreso un
deseo: no dejéis de estudiar la enseñanza del Concilio y de traducirla en la
vida. Para vuestra misión como testigos del Evangelio, os imparto de buen
grado la bendición apostólica.
Doy mi bienvenida a los peregrinos de lengua española que participáis en el
jubileo del apostolado de los laicos. Que esta peregrinación jubilar sea un
estímulo para proseguir en el camino de la esperanza, construyendo el futuro
desde vuestra específica vocación cristiana. Firmemente enraizados en Cristo
y sostenidos por las enseñanzas siempre actuales del concilio Vaticano II,
testimoniad el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo.
Ojalá que la feliz coincidencia de la fiesta de Cristo Rey con vuestro jubileo
os recuerde a todos vosotros, queridos peregrinos de lengua portuguesa, que
vuestra vocación de hijos de Dios en medio del mundo no sólo os exige buscar
la santidad personal, sino también ir por los caminos de la tierra, para
convertirlos en atajos que, a través de los obstáculos, lleven las almas al
Señor. Para esto hemos sido llamados los cristianos; esta es nuestra tarea
apostólica y la preocupación que debe consumir nuestra alma: conseguir que
el reino de Cristo se haga realidad, que ya no haya odios ni crueldades, y
que extendamos sobre la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor.
Saludo cordialmente a los representantes de los laicos de Polonia y de los
demás países del mundo. Representáis a los innumerables fieles que,
cumpliendo a diario sus deberes familiares, profesionales o sociales, al
mismo tiempo colaboran activamente en la acción apostólica de la Iglesia. Al
celebrar hoy el jubileo del apostolado de los laicos, damos gracias a Dios
por su compromiso en diversos campos de la vida -en gran parte accesibles
sólo a ellos-, mediante el cual la Iglesia vive como comunidad de los
testigos de la fe, de la esperanza y del amor. Oro para que el Espíritu
Santo avive de nuevo en vuestro corazón el deseo de servir al Evangelio, de
modo que según vuestra vocación y el mandato recibido participéis
fructuosamente en el cumplimiento de la misión profética, sacerdotal y
pastoral de la Iglesia. Dios os bendiga.
3. Elevemos ahora nuestra oración a María. Que ella nos ayude a realizar la
renovación de mentalidad y acción, de alegría y esperanza, que tenía como
objetivo el concilio Vaticano II.
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