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JUAN PABLO II
REGINA CAELI
4 de junio de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Se celebra hoy en muchos países, entre los cuales figura Italia, la fiesta de
la Ascensión de Jesús al cielo. Cuarenta días después de su resurrección,
fue elevado al cielo en presencia de los discípulos, y una nube lo ocultó a sus
ojos (cf. Hch 1, 9). Concluye así la vida pública de Jesús y comienza la
expansión misionera de la Iglesia. Desde aquel día, los discípulos de Cristo
comenzaron a difundir por doquier la palabra de la salvación, testimoniando la
muerte y resurrección de su divino Maestro.
La Iglesia sigue también hoy su ejemplo, anunciando a los hombres de nuestro
tiempo el Evangelio e indicando a todos que nuestra patria verdadera y
definitiva no está aquí, sino "en el cielo", es decir, en Dios.
Sin embargo, esto no debe distraernos de nuestro compromiso en el mundo; antes
bien, como demuestra la vida de los santos, debe reforzarlo más. En efecto, sólo
cumpliendo a fondo nuestra misión en la tierra, podremos entrar al final en la
gloria de Dios.
2. Anunciar y testimoniar a Cristo es la misión de todo bautizado. A esta misión
se refiere directamente la Jornada mundial de las comunicaciones sociales,
que se celebra hoy, y cuyo tema es: "Anunciar a Cristo en los medios de
comunicación en el alba del nuevo milenio". Ciertamente, uno de los ámbitos más
vastos de la convivencia social es el de la comunicación y, por eso, reviste
gran importancia la acción de los agentes de la comunicación social.
Precisamente para subrayar esta importancia, que representa una prioridad
pastoral para la Iglesia, se ha querido celebrar en esta circunstancia el
jubileo de los periodistas, y yo mismo, dentro de poco, tendré la alegría de
encontrarme con ellos.
La comunidad eclesial, consciente del mandato que le ha dado Cristo de
"comunicar" el Evangelio, se sirve para su tarea de todos los medios, incluidos
los más modernos. A los periodistas, a los profesionales de la comunicación
social y a cuantos, de diversos modos, trabajan en este sector, se les pide que
cumplan su misión de modo responsable, conscientes de que, cuando trabajan
respetando la verdad, prestan un valioso servicio a la verdad misma y, por
consiguiente, al hombre. Expreso de buen grado mi gratitud y mi aliento a los
periodistas y a todos los agentes de la información que, en todo el mundo, se
dedican al bien del hombre, sirviendo a la justicia, a la libertad y a la paz, a
veces incluso a costa de sacrificios personales.
3. Que el Espíritu de Dios asista a todo el que busca y sirve a la verdad. Que
ayude y guíe a la Iglesia para que entre en el nuevo milenio rebosante de la luz
y de la fuerza de Cristo. Encomendemos a María esta oración. Revivamos con
ella, durante esta semana en la que nos preparamos para la fiesta de Pentecostés,
la espera orante de los Apóstoles en el Cenáculo.
© Copyright 2000 - Libreria Editrice Vaticana
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