Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Este domingo celebramos la solemnidad de Pentecostés. En la santa
misa, que tuve la dicha de presidir ayer por la tarde, la plaza de San Pedro
se transformó en un "cenáculo" en el corazón de Roma: un cenáculo vinculado
espiritualmente al de Jerusalén, donde, hace casi dos mil años, se produjo
la primera efusión prodigiosa del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y María
santísima.
Aquel día nació la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Una,
porque gracias al Espíritu la Iglesia es misterio de comunión, icono de la
santísima Trinidad en la tierra; santa, porque el Espíritu conserva
en sus miembros la santidad de Cristo cabeza; católica, porque el
Espíritu la impulsa a anunciar a todos los pueblos el único Evangelio de
salvación; y
apostólica, porque, a través del ministerio de los Apóstoles y de sus
sucesores, el Espíritu la guía por los caminos de la historia.
2. A la luz de esta fiesta, asume un significado singular esta Jornada
jubilar, dedicada a la reflexión sobre los deberes de los católicos hacia
los demás hombres: anuncio de Cristo, testimonio y diálogo. Esta jornada,
organizada por el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, invita
a todo bautizado y a toda comunidad eclesial a meditar sobre cómo
comprometerse cada vez más a anunciar y testimoniar a Cristo a todos, aunque
respetando las diversas religiones a las que pertenecen. Es de suma
importancia colaborar con todos los hombres y mujeres de buena voluntad para
construir un mundo más justo y fraterno.
Sólo en Cristo es posible realizar este proyecto de auténtica renovación
espiritual y social. Precisamente por eso, también en el ámbito del jubileo,
el próximo domingo tendrá lugar en Roma el Congreso eucarístico
internacional, que prevé, entre otras actividades, la tradicional
procesión del Corpus Christi, el jueves 22, y la solemne celebración
conclusiva, llamada "Statio orbis", la tarde del domingo 25. Jesús,
que hace dos mil años nació en Belén de la Virgen María por obra del
Espíritu Santo, permanece en medio de nosotros en el sacramento de la
Eucaristía, pan vivo bajado del cielo, pan del camino y de la esperanza.
3. En estos días comenzará en Pyong Yang, en la República democrática popular
de Corea, un encuentro de significado histórico entre los líderes de Corea
del norte y del sur. Me uno a todas las personas de buena voluntad para
felicitar a los responsables de esos dos países por esta iniciativa, con la
esperanza de que el diálogo y los intercambios contribuyan a la
reconciliación de las dos poblaciones, a la reunión de las familias
separadas ya desde hace medio siglo y a la renovada estabilidad y
prosperidad de toda la península coreana. Sólo mediante un generoso
compromiso en favor del bien común será posible superar las dificultades y
lograr un resultado positivo, que sería motivo de alegre esperanza para la
humanidad.
Después del Regina caeli
Mi pensamiento va ahora a África. Una vez más está sangrando el corazón de
África.
En estos últimos días la población de la ciudad de Kisangani, en la República
democrática del Congo, ha sido víctima de la violencia de facciones armadas
que luchan entre sí. También las instituciones de la Iglesia han sufrido las
consecuencias. Son centenares los muertos y los heridos.
Apelo a la responsabilidad y a la sensibilidad de las autoridades políticas y
militares, y pido a Dios que haga resonar en ellas la voz de la conciencia:
África, y la República democrática del Congo en particular, necesitan
reconciliación y paz.
Interceda por nosotros María santísima, Reina de la paz.
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