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JUAN PABLO II
ANGELUS
Les Combes
Domingo 15 de julio de 2001
Señor cardenal; queridos hermanos en el episcopado,
sacerdotes, monjes y religiosas; amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me uno hoy a vosotros, para el tradicional rezo del Ángelus, desde este
ameno lugar, entre las montañas del Valle de Aosta, donde ya me siento como
en casa, gracias a la hospitalidad de la diócesis de Aosta, de los
salesianos y de todos los que cooperan con cortés disponibilidad para
asegurarme una estancia serena. A todos y a cada uno expreso mi más sincera
gratitud.
De modo particular, doy las gracias al obispo de Aosta, monseñor Giuseppe
Anfossi, a los presidentes de la Junta y del Consejo regionales, así como al
alcalde y al párroco de Introd. Saludo con afecto a los queridos habitantes
del Valle de Aosta, que todos los años me acogen con gran cordialidad, así
como a los veraneantes y a los peregrinos que han venido hoy a visitarme.
Dirijo un saludo especial a los alcaldes de los ayuntamientos más afectados
por la grave inundación de octubre del año pasado, que causó veinte víctimas
y daños ingentes en toda la región. A través de vosotros, ilustres señores,
deseo renovar mi aliento a las familias que más han sufrido y sufren por
aquella calamidad, exhortando a todos a perseverar en la labor de
reconstrucción con espíritu de confianza y solidaridad.
2. Desde hace algunos meses estoy desarrollando en las audiencias generales
del miércoles una catequesis especial sobre los Salmos. Durante estos días,
ante escenarios tan estupendos, mi pensamiento va naturalmente a esos Salmos
en los que la creación, y especialmente la montaña, desempeñan un papel tan
destacado.
Pienso, por ejemplo, en el Salmo 8: "¡Señor, Dios nuestro -exclama el
salmista-, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (vv. 2 y 10). "El
cielo proclama la gloria de Dios -leemos en el Salmo 18-; el firmamento
pregona la obra de sus manos" (v. 2). En realidad, la creación es el primer
libro de la revelación, que Dios ha confiado a la mente y al corazón del
hombre.
"El Señor es mi pastor... -canta el espléndido Salmo 22-. En verdes praderas
me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo" (vv. 1-3).
Todo el Salmo 103 es un himno al Creador: "Bendice, alma mía, al Señor. Dios
mío, ¡qué grande eres! (...) De los manantiales sacas los ríos, para que
fluyan entre los montes.(...) Los riscos son para las cabras, las peñas son
madriguera de erizos. (...) ¡Cuán grandes son tus obras, Señor!" (vv. 1, 10,
18 y 24). No podemos menos de compartir estos sentimientos ante espectáculos
naturales tan emocionantes.
3. Mientras contemplo las cumbres de estas montañas, que ya me resultan
familiares, mi alma se dirige a menudo a María. Dios la elevó por encima de
todas las criaturas angélicas y terrenas, y la convirtió en nuestro apoyo en
el camino hacia el cielo. Mañana, en la liturgia, la celebraremos como la
Bienaventurada Virgen del Carmen. Hoy la veneramos como "Reina del Valle de
Aosta": nos lo sugiere esta hermosa estatua, traída expresamente desde la
catedral de Aosta. Es la misma estatua que en 1948 recorrió los pueblos de
la región, infundiendo en los habitantes del Valle de Aosta, después de la
segunda guerra mundial, un renovado espíritu de fraternidad. Invoquemos a
María para que entre los cristianos haya siempre unidad y reinen en el mundo
la justicia, la solidaridad y la paz.
Saludos
(En francés)
Que la Virgen María, Reina del Valle de Aosta, infunda la paz en el corazón de
los hombres y los invite a la unidad y a la solidaridad para que ayuden a
las personas afectadas por dramas.
© Copyright 2001 - Libreria Editrice Vaticana
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