 |
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Jueves 1 de noviembre de 2001
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. En la luz de
Dios recordamos a todos los que han dado testimonio de Cristo durante su vida
terrena, esforzándose por poner en práctica sus enseñanzas. Nos alegramos
con estos hermanos y hermanas nuestros que nos han precedido, recorriendo
nuestro mismo camino, y que ahora, en la gloria del cielo, gozan del premio
merecido.
Estos son los que, según la expresión del Apocalipsis, "vienen de la
gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre
del Cordero" (Ap 7, 14). Han sabido ir contra corriente, acogiendo
el "sermón de la montaña" como norma inspiradora de su vida:
pobreza de espíritu y sencillez de vida; mansedumbre y no violencia;
arrepentimiento de los pecados propios y expiación de los ajenos; hambre y
sed de justicia; misericordia y compasión; pureza de corazón; compromiso en
favor de la paz; y sacrificio por la justicia (cf. Mt 5, 3-10).
Todo cristiano está llamado a la santidad, es decir, a vivir las
bienaventuranzas. Como ejemplo para todos, la Iglesia indica a los hermanos y
hermanas que se han distinguido en las virtudes y han sido instrumentos de la
gracia divina. Hoy los celebramos a todos juntos, para que con su ayuda
crezcamos en el amor a Dios y seamos "sal de la tierra y luz del
mundo" (Mt 5, 13-14).
2. La comunión de los santos supera el umbral de la muerte. Es una
comunión que tiene su centro en Dios, el Dios de los vivos (cf. Mt 22,
32). "Dichosos los muertos que mueren en el Señor" (Ap 14,
13), leemos en el libro del Apocalipsis. Precisamente la fiesta de Todos los
Santos ilumina el significado de la conmemoración de Todos los fieles
difuntos, que celebraremos mañana. Esta es una jornada de oración y de
profunda reflexión sobre el misterio de la vida y la muerte. "Dios no
hizo la muerte" -afirma la Escritura-, sino que "todo lo creó para
que subsistiera" (Sb 1, 13-14). "La muerte entró en el mundo
por la envidia del diablo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb
2, 24).
El Evangelio revela cómo Jesucristo tenía un poder absoluto sobre la muerte
física, que consideraba casi como un sueño (cf. Mt 9, 24-25; Lc
7, 14-15; Jn 11, 11). Jesús sugiere que hay que tener miedo de otra
muerte: la del alma, que a causa del pecado pierde la vida divina de la
gracia, quedando excluida definitivamente de la vida y de la felicidad.
3. Por el contrario, Dios quiere que todos los hombres se salven
(cf. 1 Tm 2, 4). Por eso envió a la tierra a su Hijo (cf. Jn 3,
16), para que todos los hombres tengan vida "en abundancia" (cf. Jn
10, 10). El Padre celestial no se resigna a perder a ninguno de sus hijos,
sino que quiere que todos estén con él, y sean santos e inmaculados en el
amor (cf. Ef 1, 4).
Santos e inmaculados como la Virgen María, modelo eminente de la humanidad
nueva. Su felicidad es plena, en la gloria de Dios. En ella resplandece la
meta a la que todos tendemos. A ella le encomendamos a nuestros hermanos
difuntos, en espera de encontrarnos con ellos, en la casa del Padre.
* * *
Esta tarde bajaré a la cripta vaticana para orar ante las tumbas de mis
predecesores, que están enterrados allí. Iré espiritualmente en peregrinación
a todos los cementerios del mundo, donde reposan los que nos precedieron en el
signo de la fe y esperan el día de la resurrección.
En particular, elevaré mi oración de sufragio por las numerosas víctimas de
la violencia, sobre todo de estos últimos tiempos, y recordaré también, de
modo especial, a cuantos sacrificaron su vida por permanecer fieles a Cristo
hasta el fin. A la oración por ellos se une la invocación al Señor para que
conceda consuelo y alivio a cuantos sufren por la trágica muerte de sus seres
queridos. Que la bendición de Dios descienda sobre todos.
|