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JUAN PABLO II
REGINA CAELI
Domingo 6 de mayo de 2001
Queridos hermanos y hermanas de Damasco y de toda Siria:
Antes de terminar esta liturgia eucarística con una oración a la Reina del
cielo, Madre de Cristo resucitado, quisiera expresar mi agradecimiento
cordial a todas las personas reunidas aquí, en torno a este altar, para
elevar al Señor nuestra acción de gracias y presentarle nuestras ardientes
súplicas.
Sé que todos los cristianos de Siria tienen un gran amor filial y una profunda
devoción a la Virgen María, Madre de Jesús, a la que también respetan
nuestros hermanos musulmanes.
Por desgracia, mi programa en medio de vosotros, durante estos pocos días, no
me permite ir en peregrinación a todas las iglesias dedicadas a la Madre de
Dios en esta grande y noble ciudad de Damasco, para orar en ellas. Debo
limitarme a las dos catedrales patriarcales dedicadas a la Dormición.
Habría deseado también que mi peregrinación tras las huellas de san Pablo me
brindara la ocasión de ir a los venerables santuarios de la Virgen Madre de
Dios, como el de Saïdnaya, muy cerca de aquí, o a los de Homs, Alepo, Tartus
y otros. No olvido que, según una piadosa tradición, el apóstol san Pedro,
mientras iba de Jerusalén a Antioquía, siguiendo la costa del Mediterráneo,
consagró en Tartus una capilla a la Virgen María, que sería el primer
santuario mariano de Siria.
Como bien sabéis, dentro de algunos días, después de dejar esta ciudad y
vuestro país, iré, también tras las huellas de san Pablo, a Malta, donde
existe un icono muy conocido de Nuestra Señora de Damasco, piadosamente
conservado y venerado en la iglesia greco-católica de La Valletta, capital
de esa isla. Os recordaré ante ella, y le llevaré vuestras oraciones y
vuestras esperanzas, pidiéndole, como hago ahora aquí, que interceda ante su
Hijo divino por todos vosotros y por todas vuestras familias.
© Copyright 2001 - Libreria Editrice Vaticana
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