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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

 Domingo VI de Pascua, 20 de mayo de 2001

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Hoy, VI domingo del tiempo de pascua, la liturgia nos propone el pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el que se habla del así llamado "concilio de Jerusalén" (cf. Hch 15, 11-29). Esa primera asamblea de los Apóstoles y de los ancianos se convocó para resolver un problema entonces crucial. Frente a algunos creyentes del grupo de los fariseos, convencidos de que los paganos convertidos al cristianismo debían hacerse circuncidar y observar la ley de Moisés, Pablo y Bernabé sostenían con fuerza que la salvación no viene de las obras de la ley, sino de la fe en Cristo.

Gracias a las intervenciones inspiradas de Pedro y Santiago, prevaleció la interpretación de Pablo y Bernabé, y desde aquel día la Iglesia "remó mar adentro", dispuesta a llevar el Evangelio a todos los pueblos y a todas las culturas. El impulso apostólico que dio el Espíritu en los inicios no ha terminado; prosigue aún hoy, mientras damos los primeros pasos del tercer milenio. El único deseo y deber de los creyentes sigue siendo anunciar a todos los hombres a Jesús, Redentor del hombre y de todo el hombre.

2. En este camino se sitúa también el consistorio extraordinario del Colegio cardenalicio, que comienza precisamente mañana. Concluirá con la solemne celebración eucarística, que presidiré el jueves por la mañana en la basílica vaticana. Durante los próximos días consideraremos juntos las perspectivas de la vida de la Iglesia y de su misión en el mundo. Nuestro punto fundamental de referencia será la carta apostólica Novo millennio ineunte en la que, a la luz de la experiencia jubilar, indiqué las exigencias prioritarias para todo el pueblo de Dios: contemplar el rostro de Cristo Señor; recomenzar desde él para un renovado camino de santidad; y ser testigos de su amor.

3. En todo momento, pero especialmente en los decisivos, la Iglesia se pone a la escucha del Espíritu. Así sucedió en el Cenáculo de Jerusalén y en el primer "concilio", que abrió las puertas a los paganos; y lo mismo acontecerá en este consistorio. Pero al Sucesor de Pedro y a los cardenales, sus colaboradores más íntimos en la guía de la Iglesia universal, no puede faltarles el apoyo de la oración del pueblo de Dios. Por eso, queridos hermanos y hermanas, os invito a acompañarnos con vuestra oración, invocando en primer lugar la asistencia materna de la Virgen santísima, Madre de la Iglesia. A ella nos dirigimos ahora con gran confianza, cantando juntos el Regina caeli.

© Copyright 2001 - Libreria Editrice Vaticana

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