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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 4 de agosto de 2002

 

1. Acabo de volver del viaje que me condujo a Canadá, Guatemala y México, y doy gracias a la divina Providencia por haberme permitido llevar a feliz término este ulterior compromiso apostólico. Doy las gracias a cuantos, de diversos modos, han contribuido a su realización, y a los que han acompañado mis pasos con su ferviente oración.

En la catequesis del próximo miércoles me referiré a las etapas en Guatemala y en México; hoy deseo volver con el pensamiento a Toronto, donde la XVII Jornada mundial de la juventud congregó de todos los continentes a centenares de miles de muchachos y muchachas, hospedados con cordial amistad por los habitantes de Canadá, país que se caracteriza por un humanismo rico y variado.

2. A orillas del lago de Ontario parecía revivir la experiencia de la gente de Galilea en las márgenes del lago de Tiberíades, cuando Jesús entregó a las multitudes reunidas en torno a sí la espléndida y comprometedora "proclama" de las Bienaventuranzas. Los jóvenes congregados en Toronto se dieron cuenta de que en las palabras de Jesús se hallaba la respuesta a las expectativas de alegría y esperanza que alberga su corazón. Una respuesta que convence, entre otras razones, porque Jesús no se limitó a enunciar las Bienaventuranzas, sino que también las vivió hasta la entrega suprema.

Él fue pobre, manso, misericordioso y puro de corazón. Buscó la justicia, consoló a los afligidos y construyó la paz, pagando por ella el precio del sacrificio de sí mismo en la cruz. Por eso, en el centro de todo encuentro está la cruz. La cruz acompaña al "pueblo de las Bienaventuranzas", al pueblo de los jóvenes, en su peregrinación por los caminos del mundo.

3. "¡Bienaventurados!". Las Bienaventuranzas son la charta magna de los que quieren introducir en el mundo una nueva civilización. Los jóvenes lo comprendieron y se marcharon de Canadá decididos a fiarse de Cristo, porque saben que él "tiene palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Un mundo sin referencia a Cristo -este es el mensaje de Toronto-, es un mundo que, antes o después, termina por estar contra el hombre. La historia de un pasado aún reciente lo demuestra. No se rechaza a Dios sin rechazar también al hombre.

Por eso, los jóvenes congregados de más de 170 países acogieron la invitación de Cristo a ser "la sal de la tierra y la luz del mundo" (cf. Mt 5, 13-14). Ser, ante todo, sal y luz, para actuar luego como sal y como luz. Este fue el desafío de la XVII Jornada mundial de la juventud. Los jóvenes lo aceptaron, y ahora han vuelto a sus países para ser los constructores de la nueva "civilización del amor".

Con este compromiso, tras la intensa experiencia vivida en Canadá, han reanudado el camino hacia la próxima etapa, que será en Colonia, Alemania, en el año 2005.

María, Madre de la Iglesia, acompañe a los jóvenes del mundo entero en este itinerario espiritual y eclesial.

4. Queridos peregrinos de lengua francesa reunidos para la plegaria del Ángelus, os saludo cordialmente. A la luz de la inolvidable Jornada mundial de la juventud en Toronto, sed siempre sal de la tierra y luz del mundo. Con la bendición apostólica.

Me complace saludar a los visitantes de lengua inglesa que han venido a rezar hoy el Ángelus con nosotros. Habiendo vuelto recientemente de la XVII Jornada mundial de la juventud en Toronto, mi pensamiento y mi oración van de modo especial a los jóvenes:  que el Señor siga bendiciéndolos y fortaleciéndolos, para que sean verdaderamente la sal de la tierra y la luz del mundo. A todos deseo un verano feliz y sereno.

Dirijo un cordial saludo a los visitantes de los países de lengua alemana. En particular, saludo a los miembros y amigos del coro de Solymár, Hungría. A todos os deseo unas felices y tranquilas vacaciones.

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. Quisiera compartir con todos vosotros la hermosa experiencia vivida en mi visita a Toronto, Guatemala y México. A todos os bendigo de corazón.

Saludo ahora a los peregrinos de lengua portuguesa, a los que agradezco su presencia y su unión en la oración, que fortalece mi servicio pastoral para el bien de la humanidad. Dios os bendiga.

Saludo una vez más a los peregrinos de Polonia: de Czestochowa, Katowice, Canadá, al grupo folclórico "Sokól" y a los demás peregrinos. Dios recompense a todos mis compatriotas por el apoyo de su oración durante mi último viaje apostólico. Dios os bendiga.

Por último, un saludo cordial a los peregrinos italianos, de modo particular a la banda musical "Vincenzo Cecere", de Santo Stefano di Camastra (Messina).

Saludo, asimismo, a la delegación del ayuntamiento de Castelgandolfo, encabezada por el alcalde, que ha venido a ofrecerme el habitual don de los melocotones, como simpático complemento de la tradicional feria celebrada el domingo pasado. Gracias, queridos hermanos, por vuestra presencia y por este don tan característico. A todos deseo un feliz domingo.

5. María santísima, a la que invocamos con la plegaria del Angelus Domini, nos ayude a responder cada vez más fielmente a la vocación a la santidad que Cristo dirige a todo cristiano.

 

© Copyright 2002 - Libreria Editrice Vaticana

 

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