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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 16 de noviembre de 2003


Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Una vez más, durante estos últimos días, el terrorismo ha llevado a cabo su obra nefasta, particularmente devastadora en Irak y en Turquía. Mientras sigo orando por las víctimas, renuevo la seguridad de mi cercanía espiritual a las numerosas familias que lloran a sus muertos. Al mismo tiempo, expreso profunda solidaridad a todos los que se dedican a sanar las heridas y remediar los daños provocados. Nadie puede ceder a la tentación del desaliento y de la venganza:  el respeto a la vida, la solidaridad internacional y el cumplimiento de la ley deben prevalecer sobre el odio y la violencia.

2. En este contexto, renuevo también mi firme condena de todas las acciones terroristas perpetradas, en estos últimos tiempos, en Tierra Santa. Al mismo tiempo, debo constatar que, por desgracia, en aquellos lugares el dinamismo de la paz parece haberse detenido. Muchos consideran la construcción de un muro entre el pueblo israelí y el palestino como un nuevo obstáculo en el camino hacia una convivencia pacífica. En realidad, Tierra Santa no necesita muros, sino puentes. Sin reconciliación de los corazones, no puede haber paz.

3. Encomendemos al Dios de la misericordia y de la paz, por intercesión de María santísima, a los pueblos de esa parte del mundo. Ojalá que los responsables tengan la valentía de reanudar el diálogo y las negociaciones, despejando así el camino hacia un Oriente Próximo reconciliado en la justicia y en la paz.

Después de la plegaria mariana, Su Santidad dio la bienvenida a los participantes en el Congreso mundial de la pastoral para los emigrantes e itinerantes, que se va a celebrar en Roma durante los próximos días. Asimismo, se refirió a la Jornada nacional para la investigación sobre el cáncer, que se celebraba ese domingo en Italia.

 

© Copyright 2003 - Libreria Editrice Vaticana


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