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JUAN PABLO II
REGINA CAELI
II
Domingo de Pascua, 27 de abril de 2003
1. Al final de esta solemne celebración, deseo saludaros a todos vosotros,
queridos hermanos y hermanas, que habéis venido de varias partes de Italia y
del mundo para rendir homenaje a los nuevos beatos y expresar vuestra devoción
a la Misericordia divina.
Saludo, en particular, a los cardenales, a los obispos y a los sacerdotes
presentes, así como a las numerosas religiosas y a los grupos de peregrinos.
Saludo, asimismo, a los sacerdotes, a las religiosas y a los fieles que animan
el Centro de espiritualidad de la Misericordia divina, activo ya desde hace diez
años en Roma, en la iglesia del Espíritu Santo en Sassia.
2. Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de Austria, que han venido a
Roma con ocasión de la beatificación del padre Marcos de Aviano, muy venerado
en Viena. Su fe inquebrantable y su amor filial a la Madre de Dios se irradiaban
sobre los hombres. Dejaos guiar por el ejemplo de este nuevo beato y llevad la
luz del Resucitado al mundo.
Saludo al grupo de la Acción católica, a la asociación juvenil KSM y al coro
de la Academia de música de Poznan. Hoy nos unimos en la oración con el
santuario de la Misericordia divina en Lagiewniki, Cracovia, pidiendo las
gracias necesarias para nosotros y para el mundo entero. El beato Marcos de
Aviano tiene relación también con nuestra historia, pues fue el legado que,
después de la victoria de Juan Sobieski sobre los turcos en Viena, llevó al
Pontífice el siguiente mensaje del rey: "Veni, vidi, Deus vicit!".
3. Jesús resucitado se aparece en el Cenáculo a los discípulos y les
ofrece el don pascual de la paz y de la misericordia. Meditando en la página
evangélica de hoy, se comprende muy bien que la verdadera paz brota del corazón
reconciliado que ha experimentado la alegría del perdón y, por tanto, está
dispuesto a perdonar. La Iglesia, reunida también hoy espiritualmente en oración
en el Cenáculo, presenta a su Señor las alegrías y las esperanzas, los
dolores y las angustias del mundo entero. Y él ofrece como remedio eficaz la
"Misericordia divina", pidiendo a sus ministros que sean instrumentos
generosos y fieles de ella.
4. Juntamente con los nuevos beatos, que nos señalan el camino que hay que
seguir siempre confiando en la ayuda del Señor, está espiritualmente presente
entre nosotros María, la Reina de los Apóstoles y de todos los santos. Hoy la
invocamos, en particular, como Madre de la Misericordia divina, orando por toda
la familia humana, conscientes de que sólo en la misericordia de Dios el mundo
puede encontrar la paz. A María encomendamos de modo especial a las Iglesias de
Oriente, que celebran este domingo la Pascua de resurrección.
© Copyright 2003 - Libreria Editrice Vaticana
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