1. Antes de concluir esta solemne celebración, os dirijo un cordial
saludo a vosotros, queridos hermanos y hermanas que la habéis enriquecido con
vuestra participación devota y festiva. Doy las gracias a los señores
cardenales y a los obispos presentes, a los sacerdotes, a las numerosas
religiosas -especialmente a las que pertenecen a los institutos fundados por
los nuevos santos- y a todos los fieles provenientes de Italia, de Polonia y
de otros países.
Deseo expresar viva gratitud a cada uno de vosotros también por los
sentimientos de afecto que habéis querido manifestarme en este día de mi
cumpleaños. De modo especial, doy las gracias al señor cardenal Joseph
Ratzinger, que al inicio de la santa misa, haciéndose intérprete de los
sentimientos comunes, me ha felicitado en nombre de todos. Dirijo un deferente
y agradecido saludo a las autoridades que han querido estar presentes en esta
celebración. Quisiera que mi gratitud se extendiera a quienes, de muchos
modos, me han enviado mensajes de felicitación y muestras de estima. A todos
y a cada uno pido que sigan orando para que Dios me ayude a cumplir fielmente
la misión que me ha encomendado.
2. Deseo agradecer cordialmente a mis compatriotas su presencia durante
esta liturgia. Me alegra que nuestros nuevos santos hayan congregado un número
tan grande de polacos. Que su protección y su intercesión os acompañen
siempre. Invoco esta protección y esta intercesión sobre todo para sus hijas
espirituales: las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y las Hermanas
Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús Agonizante. Amadísimas hermanas,
propagad ampliamente el culto de vuestros fundadores para gloria de Dios y
para bien espiritual de los fieles.
Agradezco al señor presidente y a las personas que lo acompañan su elocuente
presencia hoy. Saludo a la Iglesia en Polonia, así como al primado, y a todos
mis compatriotas.
Os agradezco de todo corazón vuestro recuerdo afectuoso y, sobre todo,
vuestras oraciones por mis intenciones y por mi servicio a la Iglesia. Dios os
recompense.
3. Nos dirigimos ahora a María, en unión espiritual con los santos recién
canonizados, que a ella se encomendaron siempre con confianza filial.
Agradecido por el don de la vida, vuelvo a encomendar hoy idealmente a la
Virgen mi existencia y el ministerio que la Providencia me ha llamado a
desempeñar. A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os pido que me sostengáis
con la oración, a la vez que os invito a invocar a la santísima Virgen con
el canto del Regina caeli.
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