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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles
27 de diciembre de 1978
La Navidad del Señor
1. Nos encontramos en el tiempo litúrgico de Navidad. Deseo, por tanto,
que las palabras que os dirija hoy respondan al gozo de esta fiesta y de esta
octava. Deseo también que respondan a la sencillez y profundidad que la
Navidad irradia en todos. Me aflora a la memoria espontáneamente el recuerdo
de mis sentimientos y vivencias comenzando desde los años de mi infancia en la
casa paterna, y siguiendo por los años difíciles de la juventud, durante el
período de la segunda guerra, la guerra mundial. ¡Que no se repita jamás en la
historia de Europa y del mundo! Y sin embargo, hasta en los peores años Navidad
ha traído consigo siempre algún rayo de luz. Y este rayo penetraba
incluso en las experiencias más duras de desprecio del hombre, de aplastamiento
de su dignidad, y de crueldad. Para darse cuenta de ello basta tomar en las
manos las memorias de los hombres que han pasado por cárceles o campos de
concentración, por frentes de guerra o interrogatorios y procesos.
Este rayo de la noche de Navidad, rayo del nacimiento de Dios, no es sólo el
recuerdo de las luces del árbol junto al pesebre en casa, en la familia o en la
iglesia parroquial, sino algo más. Es la chispa de luz más profunda de la
humanidad a quien Dios ha visitado, esta humanidad acogida de nuevo y asumida
por Dios mismo; asumida en el Hijo de María en la unidad de la Persona divina:
el Hijo Verbo. La naturaleza humana asumida místicamente por el Hijo de Dios en
cada uno de nosotros, que hemos sido adoptados en la nueva unión con el Padre.
La irradiación de este misterio se expande lejos, muy lejos; alcanza
también aquellas partes o esferas de la existencia de los hombres en las que
todo pensamiento acerca de Dios ha sido como ofuscado, y parece estar ausente
como si se hubiera quemado y apagado del todo. Y he aquí que con la noche de
Navidad apunta un resplandor: ¿Acaso... a pesar de todo? Bienaventurado este
“acaso... a pesar de todo”: es un indicio de fe y esperanza.
2. En la fiesta de Navidad leemos que los pastores de Belén fueron
convocados los primeros al pesebre a ver al recién nacido: “Fueron con presteza
y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre” (Lc 2,
16).
Detengámonos en ese “encontraron”. Esta palabra indica búsqueda. En efecto, los
pastores de Belén, cuando se pusieron a descansar con su rebaño, no sabían
que había llegado el tiempo en que iba a acontecer lo que habían anunciado
desde hacía siglos los Profetas del pueblo al que ellos mismos pertenecían; y
que iba a tener cumplimiento precisamente aquella noche; y que se realizaría en
las proximidades del lugar donde se hallaban. Incluso después de despertarse del
sueño en que estaban sumidos, no sabían ni qué había ocurrido ni dónde
había ocurrido. Su llegada a la gruta de la Natividad era el resultado de una
búsqueda. Pero al mismo tiempo habían sido llevados y conducidos —según leemos—
por la voz y la luz. Y si nos remontamos más en el pasado, los vemos guiados por
la tradición de su pueblo, por su espera. Sabemos que Israel habla recibido la
promesa del Mesías.
Y he aquí que el Evangelio habla de los sencillos, los modestos, los pobres de
Israel: de los pastores que fueron los primeros en encontrarle. Además, habla
con toda sencillez, como si se tratara de un acontecimiento “exterior”; han
buscado dónde podría estar y finalmente lo han encontrado. A la vez, este
“encontraron” de Lucas, indica una dimensión interior, lo que se verificó
en los hombres la noche de Navidad, en aquellos sencillos pastores de Belén:
“Encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre”, y después “...se
volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto,
según se les había dicho” (Lc 2, 16. 20).
3. “Encontraron” indica “búsqueda”.
El hombre es un ser que busca. Toda su historia lo confirma. También la vida de
cada uno de nosotros lo atestigua. Muchos son los campos en que el hombre busca
e investiga y luego encuentra, y a veces, después de haber encontrado, comienza
de nuevo a buscar. Entre todos estos campos en que el hombre se revela como un
ser que busca, hay uno, el más profundo. Es el que entra más íntimamente
en la humanidad misma del ser humano. Y es el más vinculado al sentido de toda la vida humana.
El hombre es el ser que busca a Dios.
Varios son los senderos de esta búsqueda. Múltiples son las historias del alma
humana precisamente en esos caminos. A veces las vías parecen muy sencillas y
próximas. Otras veces son difíciles, complicadas, alejadas. Unas veces el hombre
llega fácilmente a su “¡eureka!”, ¡he encontrado! Otras veces lucha con
dificultades como si no pudiera penetrar en sí mismo ni en el mundo y, sobre
todo, como si no pudiese comprender el mal que hay en el mundo. Es sabido que
incluso en el contexto de la Navidad este mal ha hecho ver su rostro amenazador.
No son pocos los hombres que han descrito su búsqueda de Dios por los caminos de
la propia vida. Son aún más numerosos los que callan considerando como su
misterio más profundo y más íntimo todo lo que han vivido en esos caminos: lo
que han experimentado, cómo han buscado, cómo han perdido la orientación y cómo
la han encontrado de nuevo.
El hombre es el ser que busca a Dios.
Y hasta después de haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca
sinceramente, lo ha encontrado ya; como dice Jesús al hombre en un célebre paso
de Pascal: “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B.
Pascal, Pensées, 553: Le mystère de Jésus).
Esta es la verdad sobre el hombre.
No se la puede falsificar. Tampoco se la puede destruir. Se la debe dejar al
hombre, porque lo define.
¿Qué decir del ateísmo frente a esta verdad? Es necesario decir muchas cosas,
más de las que se pueden encerrar en el marco de este breve discurso mío. Pero
es preciso decir al menos una cosa: es indispensable aplicar un criterio, el
criterio de la libertad del espíritu humano. No va de acuerdo con este criterio
—criterio fundamental— el ateísmo, ya sea cuando niega a priori que el
hombre es el ser que busca a Dios, o también cuando mutila de diversas maneras
esa búsqueda en la vida social, pública y cultural. Tal comportamiento es
contrario a los derechos fundamentales del hombre.
4. Pero no quiero detenerme en esto. Si hago alusión a ello es para
mostrar toda la belleza y la dignidad de la búsqueda de Dios.
Este pensamiento me lo ha sugerido la fiesta de Navidad.
¿Cómo ha nacido Cristo? ¿Cómo ha venido al mundo? ¿Por qué ha venido al mundo?
Ha venido al mundo para que lo puedan encontrar los hombres; los que lo buscan.
Al igual que lo encontraron los pastores en la gruta de Belén.
Diré más todavía. Jesús ha venido al mundo para revelar toda la dignidad y
nobleza de la búsqueda de Dios, que es la necesidad más profunda del alma
humana, y para salir al encuentro de esta búsqueda.
Saludos
(En español)
Queridos hermanos y hermanas:
Estamos en Navidad: una fiesta que irradia siempre alegría en nuestro corazón,
incluso en épocas difíciles. No olvidaré nunca, por ejemplo, las Navidades de
mi infancia en casa de mis padres; y tampoco los años de la guerra mundial, que ojalá no se repitan en la historia de la humanidad.
A pesar de esto, la Navidad nos trae siempre un rayo de alegría y de esperanza,
porque nos ha nacido un Niño, porque Dios nos ha visitado. ¿Quiénes fueron los
primeros en encontrarlo? Nos lo dice el Evangelio: los pastores, hombres
sencillos, humildes. Guiados por una luz, se pusieron en su búsqueda y lo
encontraron envuelto en pañales.
Amadísimos hermanos y hermanas: Si reflexionamos un poco, toda nuestra vida se
resume en una búsqueda continua de Dios. Cristo ha venido al mundo para
ayudarnos a encontrarlo, a llenar esa ansia que brota en lo hondo de nuestra
alma. Basta que lo busquemos, que nos dejemos guiar por la luz de la Navidad,
corno los pastores de Belén.
A todos mi bendición.
Aprovechando la presencia en esta audiencia de las cámaras de Televisión
Española, quiero enviar a los católicos de todos los países de lengua hispánica
un afectuoso saludo, con motivo del año nuevo.
Tratad, amados hijos, de intensificar vuestra vida cristiana, que os deseo
serena, feliz y llena de las mejores bendiciones del Señor para cada uno de
vosotros, para vuestras familias y respectivas naciones, asegurándoos un
recuerdo en mis plegarias.
(A los enfermos y nuevos esposos)
Un saludo afectuoso deseo dirigir a
nuestras hermanas y hermanos enfermos presentes en esta audiencia. Pensando en
vosotros y en todos los enfermos, veo una analogía profunda y misteriosa entre
vuestra situación y la de Jesús recién nacido en el pesebre de Belén; aquel Niño
era un ser sumamente pequeño, frágil. débil, necesitado de todo y dependiendo de
todos; y sin embargo, era el Hijo de Dios, el Verbo Eterno encarnado en el
tiempo, el Salvador de la humanidad, el Señor de la historia. Hijas e hijos
queridísimos: En vuestra enfermedad quién sabe cuántas veces os habréis sentido
inútiles y un peso para vuestros seres queridos; habéis experimentado —bien lo
podemos decir— la humillación tan íntimamente humana de tener necesidad de los
otros para todo, y de estar a la merced de los otros. Mirad a Jesús en la gruta
de Belén, y El os asegura que es el mundo quien tiene necesidad de la riqueza
inconmensurable de vuestro sufrimiento para purificación y crecimiento suyo.
¡Animo! Dios os ama porque en vosotros ve la imagen de su Hijo que sufre en la
tierra. Vuestros seres queridos os aman porque sois sangre de su sangre. La
Iglesia os ama porque enriquecéis el tesoro de la Comunión de los Santos. El
Papa tiene predilección por vosotros porque sois sus hijos más sensibles, y os
pide la ayuda y la fuerza de vuestra debilidad aparente, de vuestras oraciones y
sacrificios.
¡Feliz Navidad de todo corazón a los recién
casados! Hijas e hijos queridísimos: Esta felicitación mía, que lo es también de
todos los presentes y de la Iglesia entera, quiere ser una invitación paterna a
que desde el principio ya de vuestra vida conyugal —que el sacramento ha
consagrado—, sepáis mirar como a modelo vuestro a la Santa Familia de Nazaret,
que ha sido escuela auténtica y singular de vida y virtudes domésticas. Al
uniros en matrimonio ante Dios, la Iglesia y vuestros seres queridos, habéis
prometido solemnemente fidelidad mutua en todas las circunstancias, sean felices
o adversas, amor y respeto mutuo para toda la vida; fidelidad, amor y respeto
son las actitudes fundamentales que deben figurar en la base de toda convivencia
familiar ordenada, y que en el sacramento quedan elevadas y son las virtudes
cristianas que os darán posibilidad de formar vuestra "Iglesia doméstica". A
ejemplo de María Santísima y de San José, resplandezca de tales virtudes vuestra
casa, para que la alegría y la paz estén siempre con vosotros.
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