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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 4 de enero de 1984
1. Después de haber centrado la mirada en Jesús durante la fiesta de
Navidad, la Iglesia ha querido fijarla, en el primer día del año, en María, para
celebrar su maternidad divina. Efectivamente, en la contemplación del misterio
de la Encarnación, no se puede separar al Hijo de Dios de la Madre. Por esto, en
la formulación de su fe, la Iglesia proclama que el Hijo "por obra del Espíritu
Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre".
Cuando en el Concilio de Efeso se aplicó a María el título de "Theotokos", Madre
de Dios, la intención de los padres del Concilio era garantizar la verdad del
misterio de la Encarnación. Querían afirmar la unidad personal de Cristo,
Dios y hombre, unidad tal, que la maternidad de María en relación con Jesús,
era, por eso mismo, maternidad en relación con el Hijo de Dios. María es "Madre
de Dios" porque su Hijo es Dios; es madre sólo en el orden de la generación
humana, pero, dado que el Niño que Ella concibió y dio al mundo, es Dios, debe
ser llamada "Madre de Dios".
La afirmación de la maternidad divina nos ilumina sobre el sentido de la
Encarnación. Demuestra que el Verbo, persona divina, se ha hecho hombre: se
ha hecho hombre gracias al concurso de una mujer en la obra del Espíritu Santo.
Una mujer ha sido asociada de manera singular al misterio de la venida del
Salvador al mundo. Por mediación de esta mujer, Jesús se une a las generaciones
humanas que precedieron a su nacimiento. Gracias a María, Él tiene un
verdadero nacimiento y su vida en la tierra comienza de manera semejante a
la de todos los demás hombres. Con su maternidad, María permite al Hijo de Dios
tener -después de la concepción extraordinaria por obra del Espíritu Santo- un
desarrollo humano y una inserción normal en la sociedad de los hombres.
2. El título de "Madre de Dios", a la vez que pone de relieve la
humanidad de Jesús en la Encarnación, llama también la atención sobre la
dignidad suprema otorgada a una criatura. Es comprensible que en la historia
de tal doctrina haya habido un momento en que esta dignidad encontrara alguna
contestación: efectivamente, podía parecer difícil admitirla, a causa de los
abismos vertiginosos sobre los que se abría. Pero cuando se puso en discusión el
título de "Theotokos", la Iglesia reaccionó inmediatamente confirmando que debía
atribuírsele a María como verdad de fe. Los que creen en Jesús, que es Dios,
no pueden menos de creer también que María es Madre de Dios.
La dignidad conferida a María muestra desde dónde ha querido Dios impulsar la
reconciliación. En efecto, se debe recordar que inmediatamente después del
pecado original, Dios anunció su intención de hacer una alianza con la mujer, de
manera que asegurara la victoria sobre el enemigo del género humano: "Pongo
perpetua enemistad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo; éste te
aplastará la cabeza, y tú le acecharás el calcañal" (Gén 3, 15). Según
este oráculo, la mujer estaba destinada a convertirse en la aliada de Dios para
la lucha contra el demonio. Debía ser la madre del que aplastaría la cabeza del
enemigo. Sin embargo, en la perspectiva profética del Antiguo Testamento, este
descendiente de la mujer, que tenía que triunfar sobre el espíritu del mal,
parecía que no era sino un hombre.
Aquí interviene la realidad maravillosa de la Encarnación. El descendiente de la
mujer, que realiza el oráculo profético, no es en absoluto un simple hombre. Es
plenamente hombre, gracias a la mujer de la que es hijo, pero es también, a la
vez, verdadero Dios. La alianza hecha en los comienzos entre Dios y la mujer
adquiere una nueva dimensión. María entra en esta alianza como la Madre del Hijo
de Dios. Para responder a la imagen de la mujer que había cometido el pecado,
Dios hace surgir una imagen perfecta de mujer, que recibe una maternidad divina.
La nueva alianza supera con mucho las exigencias de una simple
reconciliación; eleva a la mujer a una altura que nadie hubiera podido
imaginar.
3. Siempre sentimos el asombro de que una mujer haya podido dar al mundo
al que es Dios, que haya recibido la misión de amamantarlo como cada madre
amamanta a su hijo, que haya preparado al Salvador, con la educación materna,
para su futura actividad. María ha sido plenamente madre y, por esto, ha
sido también una admirable educadora. El hecho, confirmado por el
Evangelio, de que Jesús, en su infancia, les estaba sujeto (cf. Lc 2,
51), indica que su presencia materna influyó profundamente en el desarrollo
humano del Hijo de Dios. Es uno de los aspectos más impresionantes del misterio
de la Encarnación.
En la dignidad conferida de modo singularísimo a María, se manifiesta la
dignidad que el misterio del Verbo hecho carne quiere conferir a toda la
humanidad. Cuando el Hijo de Dios se abajó para hacerse hombre, semejante a
nosotros en todo, menos en el pecado, elevó la humanidad al nivel de Dios. En la
reconciliación. realizada entre Dios y la humanidad, Él no quería restablecer
simplemente la integridad y la pureza de la vida humana, herida por el pecado.
Quería comunicar al hombre la vida divina y abrirle el pleno acceso a la
familiaridad con Dios.
De este modo María nos hace comprender la grandeza del amor divino, no sólo para
con Ella, sino para con nosotros. Ella nos introduce en la obra grandiosa, con
la que Dios no se ha limitado a curar a la humanidad de las llagas del pecado,
sino que le ha asignado un destino superior de íntima unión con Él. Cuando
veneramos a María como Madre de Dios, reconocemos además la maravillosa
transformación que el Señor ha otorgado a su criatura. Por esto, cada vez que
pronunciamos las palabras: "Santa María, Madre de Dios", debemos tener ante los
ojos de la mente la perspectiva luminosa del rostro de la humanidad, cambiado en
el rostro de Cristo.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Antes de terminar quiero saludar con afecto a los peregrinos de
lengua española, venidos de España y de América Latina, deseándoles un feliz Año
Nuevo, lleno de paz y auténtica reconciliación. De modo particular saludo a los
Misioneros del Espíritu Santo residentes en Roma. Que vuestra permanencia en la
Ciudad Eterna os ayude a profundizar en los compromisos de la vida consagrada y
a prepararos para vuestra misión, dando testimonio de la universalidad de la
Iglesia, que podéis descubrir junto a la Tumba de Pedro.
A todos imparto de corazón mi bendición apostólica.
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