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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de junio de 1985

 

La fe es estímulo a trabajar con empeño por la unión de los cristianos

1. La autorrevelación de Dios, que ha alcanzado su plenitud en Jesucristo, es la fuente de la fe cristiana: es decir, de ese "Credo" al que la Iglesia da expresión en los Símbolos de Fe. Sin embargo, en el ámbito de esta fe cristiana se han verificado a través de los siglos varias fracturas y escisiones. "Todos se confiesan discípulos del Señor, pero (las Comuniones cristianas) sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido (cf. 1 Cor 1, 13)". "Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo" (Unitatis redintegratio, I ), en divergencia con las otras y principalmente con la Iglesia católica, apostólica, romana.

2. A decir verdad, ya desde los tiempos apostólicos se lamentan divisiones entre los discípulos de Cristo, y San Pablo reprende severamente a los responsables como merecedores de condena (cf. 1 Cor 11, 18-19; Gál 1, 6-9; cf. 1 Jn 2, 18-19; cf. Unitatis redintegratio, 3). Las divisiones no faltaron tampoco en los tiempos post-apostólicos. Una atención especial merecen las que "ocurrieron en Oriente, por la contestación de las fórmulas dogmáticas de los Concilios de Efeso y Calcedonia" (Unitatis redintegratio, 13), referentes a la relación entre la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesucristo.

3. Sin embargo, se deben nombrar aquí sobre todo las dos divisiones mayores, la primera de las cuales interesó al cristianismo sobre todo en Oriente, la segunda en Occidente. La ruptura en Oriente, el llamado cisma oriental, vinculado a la fecha del 1054, ocurrió "por la ruptura de la comunión eclesiástica entre los Patriarcados orientales y la Sede Romana" (Unitatis redintegratio, 13). Como consecuencia de esta ruptura existen en el ámbito del cristianismo la Iglesia católica (romano-católica) y la Iglesia o Iglesias ortodoxas, cuyo centro histórico se halla en Constantinopla.

"En Occidente acaecieron las otras (divisiones), después de más de cuatro siglos, a causa de los sucesos comúnmente conocidos con el nombre de Reforma. A partir de entonces muchas Comuniones, ya nacionales, ya confesionales, quedaron separadas de la Sede Romana. Entre aquellas en las que las tradiciones y estructuras católicas continúan subsistiendo en parte, ocupa lugar especial la Comunión anglicana. Sin embargo, estas diversas separaciones difieren mucho entre sí, no sólo por razones de origen, lugar y época, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de los problemas que se refieren a la fe y a la estructura eclesiástica" (ib.).

4. No se trata pues sólo de divisiones referentes a la disciplina. Es el contenido mismo del "Credo" cristiano el que resulta herido. Un teólogo protestante moderno, K. Barth, ha expresado esta situación de división con la frase siguiente: "Todos creemos en un solo Cristo, pero no todos de la misma manera".

El Concilio Vaticano II se pronuncia así: "Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres" (Unitatis redintegratio, 1).

Los cristianos de hoy deben recordar y meditar con una sensibilidad especial las palabras de la oración que Cristo Señor dirigió al Padre la noche en la que iba a ser traicionado: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21).

5. El vivo eco de estas palabras hace que, especialmente en la situación histórica actual, estemos invadidos, al recitar el "Credo" cristiano, por un ardiente deseo de la unión de los cristianos hasta la plena unidad en la fe.

Leemos en el documento conciliar: "El Señor de los siglos, que sabia y pacientemente continúa el propósito de su gracia sobre nosotros pecadores, ha empezado recientemente a infundir con mayor abundancia en los cristianos desunidos entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unión. Muchos hombres en todas partes han sido movidos por esta gracia, y también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada día más amplio, por la gracia del Espíritu Santo, para restablecer la unidad de todos los cristianos. Participan en este movimiento de la unidad, llamado ecumenismo, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús Señor y Salvador; y no sólo cada uno individualmente, sino también congregados en asambleas, en las que oyeron el Evangelio y a las que cada uno llama Iglesia suya y de Dios. Sin embargo, casi todos, aunque de manera distinta, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y de esta manera se salve para gloria de Dios" (Unitatis redintegratio, 1).

6. Esta larga cita está tomada del decreto sobre el ecumenismo (Unitatis redintegratio), en el que el Concilio Vaticano II ha precisado el modo según el cual el deseo de la unión de los cristianos debe penetrar la fe de la Iglesia, el modo según el cual debe reflejarse en la actitud concreta de fe de todo cristiano-católico e influir en su actuar, es decir, en la respuesta que debe dar a las palabras de la oración sacerdotal de Cristo.

Pablo Vl vio en el compromiso ecuménico el primero y más cercano recinto de ese "diálogo de la salvación", que la Iglesia debe llevar adelante con todos los hermanos en la fe, ¡separados pero siempre hermanos! Muchos acontecimientos de los últimos tiempos, después de la iniciativa de Juan XXIII, la obra del Concilio, y sucesivamente los esfuerzos postconciliares, nos ayudan a comprender y experimentar que, a pesar de todo, "es más lo que nos une que lo que nos divide".

Es precisamente ésta la disposición de espíritu con la que, profesando el "Credo" nos "abandonamos a Dios" (cf. Dei Verbum, 5), esperando sobre todo de Él la gracia del don de la plena unión en esta fe de todos los testigos de Cristo. Por nuestra parte pondremos todo el empeño de la oración y de la acción por la unidad, buscando los caminos de la verdad en la caridad.


Saludos

Deseo ahora dirigir mi más cordial saludo a todos los peregrinos hispanohablantes presentes en esta Audiencia.

En particular, a los jóvenes y a las jóvenes que, en gran número, han venido representando diversos centros educativos de España: de Madrid, Oviedo, Burriana, Plegamán y Vich. Os aliento, queridos jóvenes, a ser fermento de vida cristiana en la sociedad en que vivís.

Saludo igualmente a los peregrinos provenientes de diversas diócesis de México y de la Arquidiócesis de Nueva Pamplona, en Colombia. Asimismo me es grato dar la bienvenida a los miembros de la Asociación de las Adoratrices del Santísimo Sacramento de la Arquidiócesis de Guayaquil (Ecuador).

A todos los peregrinos procedentes de España y de los diversos Países de América Latina me complazco en impartir con afecto la Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 

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