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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 1 de octubre de 198 6
Las enseñanzas de la Iglesia sobre el pecado original.
Las consecuencias que el pecado ha tenido para la humanidad
1. El Concilio de Trento formuló la fe de la Iglesia sobre el pecado
original en un texto solemne.
En la catequesis anterior consideramos la enseñanza conciliar relativa al pecado
personal de los primeros padres. Vamos a reflexionar ahora sobre lo que
dice el Concilio acerca de las consecuencias que el pecado ha tenido para
la humanidad.
El texto del Decreto tridentino hace una primera afirmación al respecto:
2. El pecado de Adán ha pasado a todos sus descendientes, es
decir, a todos los hombres en cuanto provenientes de los primeros padres y sus
herederos en la naturaleza humana, ya privada de la amistad con Dios.
El Decreto tridentino (cf. DS 1512) lo afirma explícitamente: el pecado
de Adán procuró daño no sólo a él, sino a toda su descendencia. La santidad y la
justicia originales, fruto de la gracia santificante, no las perdió Adán sólo
para sí, sino también "para nosotros" ("nobis etiam").
Por ello transmitió a todo el género humano no sólo la muerte corporal y
otras penas (consecuencias del pecado), sino también el pecado mismo como
muerte del alma ("peccatum, quod mors est animae").
3. Aquí el Concilio de Trento recurre a una observación de San Pablo
en la Carta a los Romanos, a la que hacía referencia ya el Sínodo de
Cartago, acogiendo, por lo demás, una enseñanza ya difundida en la Iglesia.
En la traducción actual del texto paulino se lee así: "Como por un hombre
entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a
todos los hombres, por cuanto todos habían pecado" (Rom 5, 12). En el
original griego se lee: "©nr ø B<Jgl ³:"kJ@<",expresión que en la antigua Vulgata latina se traducía: "in quo omnes
peccaverunt" "en el cual (en él sólo) todos pecaron"; sin embargo los
griegos, ya desde el principio, entendían claramente lo que la Vulgata traduce
"in quo" como un "a causa de" o "en cuanto", sentido ya aceptado comúnmente en
las traducciones modernas. Sin embargo, esta diversidad de interpretaciones de
la expresión "©nr ø" no cambia la verdad de fondo contenida en el texto de San Pablo, es decir, que
el pecado de Adán (de los progenitores) ha tenido consecuencias para
todos los hombres. Por lo demás, en el mismo capítulo de la Carta a los
Romanos el Apóstol escribe: "por la desobediencia de un solo hombre, muchos se
constituyeron en pecadores" (Rom 5, 19). Y en el versículo anterior: "por
la transgresión de un solo llegó la condenación a todos" (Rom 5, 18).
Así, pues, San Pablo vincula la situación de pecado de toda la humanidad con la
culpa de Adán.
4. Las afirmaciones de San Pablo que acabamos de citar y a las cuales se
ha remitido el Magisterio de la Iglesia, iluminan, pues, nuestra fe sobre las
consecuencias que el pecado de Adán tiene para todos los hombres. Esta enseñanza
orientará siempre a los exegetas y teólogos católicos para valorar, con la
sabiduría de la fe, las explicaciones que la ciencia ofrece sobre los orígenes
de la humanidad.
En particular resultan válidas y estimuladoras de ulteriores investigaciones a
este respecto las palabras que el Papa Pablo VI dirigió a un simposio de
teólogos y científicos: "Es evidente que os parecerán irreconciliables con la
genuina doctrina católica las explicaciones que dan del pecado original algunos
autores modernos, los cuales, partiendo del supuesto, que no ha sido demostrado,
del poligenismo, niegan, más o menos claramente, que el pecado, de donde
se deriva tal sentina de males a la humanidad, haya sido ante todo la
desobediencia de Adán 'primer hombre', figura del futuro, cometido al comienzo
de la historia" (AAS 58, 1966, pág. 654).
5. El Decreto tridentino contiene otra afirmación: el pecado de Adán pasa
a todos los descendientes, a causa de su origen de él, y no sólo por el mal
ejemplo. El Decreto afirma: "Este pecado de Adán que es uno solo por su
origen y transmitido por propagación y no por imitación, está en cada
uno como propio" (DS 1513).
Así, pues, el pecado original se transmite por generación natural. Esta
convicción de la Iglesia se indica también en la práctica del bautismo de los
recién nacidos, a la cual se remite el Decreto conciliar. Los recién
nacidos, incapaces de cometer un pecado personal, reciben sin embargo, de
acuerdo con la Tradición secular de la Iglesia, el bautismo poco después del
nacimiento en remisión de los pecados. El Decreto dice: "Se bautizan
verdaderamente para la remisión de los pecados, a fin de que se purifiquen en la
regeneración del pecado contraído en la generación" (DS 1514).
En este contexto aparece claro que el pecado original en ningún
descendiente de Adán tiene el carácter de culpa personal. Es la
privación de la gracia santificante en una naturaleza que, por culpa de los
progenitores, se ha desviado de su fin sobrenatural. Es un "pecado de la
naturaleza", referible sólo analógicamente al "pecado de la persona". En el
estado de justicia original, antes del pecado, la gracia santificante era como
la "dote" sobrenatural de la naturaleza humana. En la "lógica" interior del
pecado, que es rechazo de la voluntad de Dios, dador de este don, está incluida
la perdida de él. La gracia santificante ha cesado de constituir el
enriquecimiento sobrenatural de esa naturaleza que los primogenitores
transmitieron a todos sus descendientes en el estado en que se encontraba
cuando dieron inicio a las generaciones humanas. Por ello el hombre es concebido
y nace sin la gracia santificante. Precisamente este "estado inicial" del
hombre, vinculado a su origen, constituye la esencia del pecado original como
una herencia (Peccatum originale originatum, como se suele decir).
6. No podemos concluir esta catequesis sin reafirmar cuanto hemos dicho
al comienzo de este ciclo: a saber, que debemos considerar el pecado original
en constante referencia con el misterio de la redención realizada por
Jesucristo, Hijo de Dios, el cual "por nosotros los hombres y por nuestra
salvación... se hizo hombre". Este artículo del Símbolo sobre la finalidad
salvífica de la Encarnación se refiere principal y fundamentalmente al pecado
original. También el Decreto del Concilio de Trento esta enteramente compuesto
en referencia a esta finalidad, introduciéndose así en la enseñanza de toda
la Tradición, que tiene su punto de arranque en la Sagrada Escritura,
y antes que nada en el llamado "protoevangelio", esto es, en la promesa
de un futuro vencedor de satanás y liberador del hombre, ya vislumbrada en el
libro del Génesis (Gen 3, 15) y después en tantos otros textos, hasta la
expresión más plena de esta verdad que nos da San Pablo en la Carta a los
Romanos. Efectivamente, según el Apóstol, Adán es "figura del que
había de venir" (Rom 5, 14). "Pues si por la transgresión de uno
mueren muchos, cuánto más la gracia de Dios y el don gratuito (conferido)
por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, ha abundado en beneficio
de muchos" (Rom 5, 15).
"Pues como, por la desobediencia de un solo hombre, muchos se
constituyeron en pecadores, así también, por la obediencia de uno, muchos
se constituirán en justos" (Rom 5, 19). Por consiguiente, como por la
transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la
justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida" (Rom
5, 18).
El Concilio de Trento se refiere particularmente al texto paulino de la Carta a
los Romanos 5, 12 como base de su enseñanza, viendo afirmada en él la
universalidad del pecado, pero también la universalidad de la redención. El
Concilio se remite también a la práctica del bautismo de los recién nacidos y lo
hace a causa de la fuerte referencia del pecado original —como herencia
universal recibida de los progenitores con la naturaleza— a la verdad de la
redención operada en Jesucristo.
Saludos
Saludo ahora con afecto a los visitantes y grupos de peregrinos de lengua
española, venidos de España y Latinoamérica.
De modo particular me complace saludar a las Asociaciones Belenistas de
Guipúzcoa y de Navarra (España); también a los Ingenieros Graduados por la
Universidad Nacional de Córdoba (Argentina); a las peregrinaciones de Coromoto
(Venezuela), de la Arquidiócesis de Medellín (Colombia), y “Caminos de Luz” de
Monterrey (México); así como a los grupos de Chile y de Guatemala.
A todos agradezco vuestra presencia aquí y os invito a dar auténtico
testimonio de vida cristiana, mientras os imparto con afecto mi bendición
apostólica.
© Copyright 1986 - Libreria
Editrice Vaticana
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