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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 de octubre de 198 6
Estado del hombre caído
1. La profesión de fe, pronunciada por Pablo VI en 1968, al concluir el
"Año de la fe", propone de nuevo cumplidamente las enseñanzas de la Sagrada
Escritura y de la Santa Tradición sobre el pecado original. Volvamos a
escucharla:
"Creemos que en Adán todos pecaron, lo cual quiere decir que la falta original
cometida por él hizo caer la naturaleza humana, común a todos los hombres, en un
estado en que se experimenta las consecuencias de esta falta y que no es
aquel en el que se hallaba la naturaleza al principio de nuestros primeros
padres, creados en santidad y justicia y en el que el hombre no conocía ni
el mal ni la muerte. Esta naturaleza humana caída, despojada de la
vestidura de la gracia, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al
imperio de la muerte, se transmite a todos y en este sentido todo hombre nace
en pecado. Sostenemos pues con el Concilio de Trento que el pecado original
se transmite con la naturaleza humana 'no por imitación, sino por propagación' y
que por tanto es propio de cada uno".
2. "Creemos que nuestro Señor Jesucristo, por el sacrificio de
la cruz nos rescató del pecado original y de todos los pecados personales
cometidos por cada uno de nosotros, de modo que, según afirma el Apóstol, "donde
había abundado el pecado, sobreabundó la gracia".
A continuación la Profesión de Fe, llamada también "Credo del Pueblo de Dios",
se remite, como lo hace el Decreto del Concilio de Trento, al santo bautismo, y
antes que nada al de los recién nacidos: "para que, naciendo privados de
la gracia sobrenatural, renazcan 'del agua y del Espíritu Santo' a la vida
divina en Cristo Jesús".
Como vemos, este texto de Pablo VI confirma también que toda la doctrina
revelada sobre el pecado y en particular sobre el pecado original hace siempre
rigurosa referencia al misterio de la redención. Así intentamos
presentarla también en esta catequesis. De lo contrario no sería posible
comprender plenamente la realidad del pecado en la historia del hombre. Lo
pone en evidencia San Pablo, especialmente en la Carta a los Romanos, a la cual
sobre todo hace referencia el Concilio de Trento en el Decreto sobre el pecado
original.
Pablo VI, en el "Credo del Pueblo de Dios" propuso de nuevo a la luz de Cristo
Redentor todos los elementos de la doctrina sobre el pecado original, contenidos
en el Decreto Tridentino.
3. A propósito del pecado de los primeros padres, el "Credo del Pueblo de
Dios" habla de la "naturaleza humana caída". Para comprender bien el significado
de esta expresión es oportuno volver a la descripción de la caída narrada en el
Génesis (Gén 3). En dicha descripción se habla también del castigo de
Dios a Adán y Eva, según la presentación antropomórfica de las intervenciones
divinas que el libro del Génesis hace siempre. En la narración bíblica, después
del pecado el Señor dice a la mujer: "Multiplicaré los trabajos de tus preñeces.
Parirás con dolor los hijos y buscarás con ardor a tu marido que te dominará" (Gén
3, 16).
"Al hombre (Dios) le dijo: Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del
árbol que te prohibí comer, diciéndote no comas de él: Por ti será maldita la
tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; te daré
espinas y abrojos, y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro
comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya
que polvo eres, y al polvo volverás" (Gén 3, 17-19).
4. Estas palabras fuertes y severas se refieren a la situación del hombre
en el mundo tal como resulta de la historia. El autor bíblico no duda en
atribuir a Dios algo así como una sentencia de condena. Esta implica la
"maldición de la tierra": la creación visible se hizo para el hombre extraña
y rebelde. San Pablo hablará de "sumisión de la creación a la caducidad" a
causa del pecado del hombre por el cual también la "creación entera hasta ahora
gime y siente dolores de parto" hasta que sea "liberada de la servidumbre
de la corrupción" (cf. Rom 8, 19-22). Este desequilibrio de lo creado
tiene su influjo en el destino del hombre en el mundo visible. El trabajo, por
el que el hombre conquista para sí los medios de sustento, hay que hacerlo "con
el sudor del rostro", así pues va unido a la fatiga. Toda la existencia
del hombre está caracterizada por la fatiga y el sufrimiento, y esto
comienza ya con el nacimiento, acompañado ya por los dolores de la parturienta
y, aunque inconscientes, por los del niño que a su vez gime y llora.
5. Y finalmente, toda la existencia del hombre en la tierra está sujeta
al miedo de la muerte, que según la Revelación está unida al pecado
original. El pecado mismo es sinónimo de la muerte espiritual, porque por el
pecado el hombre ha perdido la gracia santificante, fuente de la vida
sobrenatural. Signo y consecuencia del pecado original es la muerte
del cuerpo, tal como desde entonces la experimentan todos los hombres. El
hombre ha sido creado por Dios para la inmortalidad: la muerte que aparece como
un trágico salto en el vacío, constituye la consecuencia del pecado, casi por
una lógica suya inmanente, pero sobre todo por castigo de Dios. Esta es la
enseñanza de la Revelación y esta es la fe de la Iglesia: sin el pecado, el
final de la prueba terrena no habría sido tan dramático.
El hombre ha sido creado por Dios también para la felicidad, que, en el
ámbito de la existencia terrena, debía significar estar libres de
sufrimientos, por lo menos en el sentido de una posibilidad de exención de
ellos: "posse non pati", así como de exención de la muerte, en el sentido de "posse
non mori". Como vemos por las palabras atribuidas a Dios en el Génesis (Gén
3, 16-19) y por muchos otros textos de la Biblia y de la Tradición, con el
pecado original esta exención dejó de ser el privilegio del hombre. Su
vida en la tierra ha sido sometida a muchos sufrimientos y a la necesidad de
morir.
6. El "Credo del Pueblo de Dios" enseña que la naturaleza humana después
del pecado original no está en el estado "en que se hallaba al principio en
nuestros padres". Está "caída" (lapsa), porque está privada del don de
la gracia santificante, y también de otros dones que en el estado de
justicia original constituían la perfección (integritas) de esta
naturaleza. Aquí se trata no sólo de la inmortalidad y de la exención de muchos
sufrimientos, dones perdidos a causa del pecado, sino también de las
disposiciones interiores de la razón y de la voluntad, es decir, de las
energías habituales de la razón y de la voluntad. Como consecuencia del pecado
original todo el hombre, alma y cuerpo, ha quedado turbado: "secundum animam et
corpus", precisa el Concilio de Orange en el 529, del que se hace eco el Decreto
Tridentino, añadiendo que todo el hombre ha quedado deteriorado: "in deterius
commutatum fuisse".
7. En cuanto a las facultades espirituales del hombre, este deterioro
consiste en la ofuscación de la capacidad del intelecto para
conocer la verdad y en el debilitamiento del libre albedrío, que se ha
debilitado ante los atractivos de los bienes sensibles y sobre todo se ha
expuesto a las falsas imágenes de los bienes elaboradas por la razón bajo el
influjo de las pasiones. Pero según las enseñanzas de la Iglesia, se trata de un
deterioro relativo, no absoluto, no intrínseco a las facultades humanas.
Pues el hombre, después del pecado original, puede conocer con la inteligencia
las fundamentales verdades naturales, también las religiosas y los principios
morales. Puede también hacer buenas obras. Así, pues, se debería hablar de un
oscurecimiento de la inteligencia y un debilitamiento de la voluntad, de
"heridas" de las facultades espirituales y de las sensitivas, más que de una
pérdida de sus capacidades esenciales también en relación con el conocimiento y
el amor de Dios.
El Decreto Tridentino subraya esta verdad de la salud fundamental de la
naturaleza contra la tesis contraria, sostenida por Lutero (y tomada más tarde
por los jansenistas). Enseña que el hombre como consecuencia del pecado de Adán,
no ha perdido el libre albedrío (can. 5: "liberum arbitrium... non amisum
et extinctum"). Puede, pues, hacer actos que tengan auténtico valor moral: bueno
o malo. Esto es posible sólo por la libertad de la voluntad humana. El hombre
caído, sin embargo, sin la ayuda de Cristo no es capaz de orientarse hacia los
bienes sobrenaturales, que constituyen su plena realización y su salvación.
8. En la situación en la que ha llegado a encontrase la naturaleza
después del pecado, y especialmente por la inclinación del hombre más hacia el
mal que hacia el bien, se habla de una "causa de excitación al pecado" (fomes
peccati), de la que la naturaleza humana estaba libre en el estado de
perfección original (integritas). Esta "inclinación al pecado" fue
llamada por el Concilio de Trento también "concupiscencia" (concupiscentia)
añadiendo que ésta perdura incluso en el hombre justificado por Cristo, por lo
tanto también después del santo bautismo. El Decreto Tridentino precisa
claramente que la "concupiscencia" en sí misma aún no es pecado, pero: "ex
peccato est et ad peccatum inclinat" (cf. DS 1515). La
concupiscencia, como consecuencia del pecado original, es fuente de inclinación
a los distintos pecados personales cometidos por los hombres con el mal uso de
sus facultades (los que se llaman pecados actuales, para distinguirlos
del original). Esta inclinación permanece en el hombre incluso después
del santo bautismo. En este sentido cada uno lleva en sí la causa de promoción
al pecado.
9. La doctrina católica precisa y caracteriza el estado de la naturaleza
humana caída (natura lapsa) con los términos que hemos expuesto
basándonos en los datos de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Esta está
claramente propuesta en el Concilio Tridentino y en el "Credo" de Pablo VI. Pero
una vez más observamos que, según esta doctrina, fundada en la Revelación, la
naturaleza humana está no sólo "caída", sino también "redimida" en
Jesucristo; de modo que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom.
5, 20). Este es el verdadero contexto en el que se deben considerar el pecado
original y sus consecuencias.
Saludos
Amados hermanos y hermanas:
A mi regreso de mi visita apostólica a Francia me es grato saludar
cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de lengua española presentes en
la Audiencia de hoy.
En particular, saludo a la peregrinación de la parroquia de Roda de Ter
(Diócesis de Vich), así como al “grupo Franciscano” junto con los demás
peregrinos provenientes de las Diócesis de Bilbao, San Sebastián y Vitoria.
A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de
América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.
© Copyright 1986 - Libreria
Editrice Vaticana
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