JUAN PABLO II
AUDIENCIA
Miércoles 1 de abril de 1998
El bautismo, fundamento de la existencia cristiana
1. Según el evangelio de san Marcos, las últimas enseñanzas
de Jesús a sus discípulos presentan unidos fe y bautismo como el único
camino de salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará;
el que no crea, se condenará» (Mc 16, 16). También
Mateo, al referir el mandato misionero que Jesús da a los Apóstoles,
subraya el nexo entre predicación del Evangelio y bautismo: «Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,
19).
En conformidad con estas palabras de Cristo, Pedro, el día de
Pentecostés, dirigiéndose al pueblo para exhortarlo a la conversión,
invita a sus oyentes a recibir el bautismo: «Convertíos y que cada
uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión
de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo»
(Hch 2, 38). La conversión, pues, no consiste sólo en una
actitud interior, sino que implica también el ingreso en la comunidad
cristiana a través del bautismo, que obra el perdón de los pecados
e inserta en el Cuerpo místico de Cristo.
2. Para captar el sentido profundo del bautismo, es necesario volver a
meditar en el misterio del bautismo de Jesús, al comienzo de su vida pública.
Se trata de un episodio a primera vista sorprendente, porque el bautismo de
Juan, que recibió Jesús, era un bautismo de «penitencia»,
que disponía al hombre a recibir la remisión de los pecados. Jesús
sabía bien que no tenía necesidad de ese bautismo, siendo
perfectamente inocente. En tono desafiante, dirá un día a sus
adversarios: «¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?»
(Jn 8, 46).
En realidad, sometiéndose al bautismo de Juan, Jesús lo recibe
no para su propia purificación, sino como signo de solidaridad redentora
con los pecadores. En su gesto bautismal está implícita una intención
redentora, puesto que es «el Cordero (...) que quita el pecado del
mundo» (Jn 1, 29). Más tarde llamará «bautismo»
a su pasión, experimentándola como una especie de inmersión
en el dolor, aceptada con finalidad redentora para la salvación de todos:
«Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado
estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12, 50).
3. En el bautismo en el Jordán, Jesús no sólo anuncia
el compromiso del sufrimiento redentor, sino que también obtiene una
efusión especial del Espíritu, que desciende en forma de paloma,
es decir, como Espíritu de la reconciliación y de la benevolencia
divina. Este descenso es preludio del don del Espíritu Santo, que se
comunicará en el bautismo de los cristianos.
Además, una voz celestial proclama: «Tú eres mi Hijo
amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11). Es el Padre quien reconoce a
su propio Hijo y manifiesta el vínculo de amor que lo une a él. En
realidad, Cristo está unido al Padre por una relación única,
porque es el Verbo eterno «de la misma naturaleza del Padre». Sin
embargo, en virtud de la filiación divina conferida por el bautismo,
puede decirse que para cada persona bautizada e injertada en Cristo resuena aún
la voz del Padre: «Tú eres mi hijo amado».
En el bautismo de Cristo se encuentra la fuente del bautismo de los
cristianos y de su riqueza espiritual.
4. San Pablo ilustra el bautismo sobre todo como participación en los
frutos de la obra redentora de Cristo, subrayando la necesidad de renunciar al
pecado y comenzar una vida nueva. Escribe a los Romanos: «¿O es que
ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos
bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo
en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los
muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros
vivamos una vida nueva» (Rm 6, 3-4).
El bautismo cristiano, precisamente porque sumerge en el misterio pascual de
Cristo, tiene un valor muy superior a los ritos bautismales judíos y
paganos, que eran abluciones destinadas a significar la purificación,
pero incapaces de borrar los pecados. En cambio, el bautismo cristiano es un
signo eficaz, que obra realmente la purificación de las conciencias,
comunicando el perdón de los pecados. Confiere, además, un don
mucho mayor: la vida nueva de Cristo resucitado, que transforma radicalmente al
pecador.
5. Pablo muestra el efecto esencial del bautismo, cuando escribe a los Gálatas:
«Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo»
(Ga 3, 27). Existe una semejanza fundamental del cristiano con Cristo,
que implica el don de la filiación divina adoptiva. Los cristianos,
precisamente porque están «bautizados en Cristo», son por una
razón especial «hijos de Dios». El bautismo produce un
verdadero «renacimiento».
La reflexión de san Pablo se relaciona con la doctrina transmitida
por el evangelio de san Juan, especialmente con el diálogo de Jesús
con Nicodemo: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar
en el reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu,
es espíritu» (Jn 3, 5-6).
«Nacer del agua» es una clara referencia al bautismo, que de ese
modo resulta un verdadero nacimiento del Espíritu. En efecto, en él
se da al hombre el Espíritu de la vida que «consagró» la
humanidad de Cristo desde el momento de la Encarnación y que Cristo mismo
infundió en virtud de su obra redentora.
El Espíritu Santo hace nacer y crecer en el cristiano una vida «espiritual»,
divina, que anima y eleva todo su ser. A través del Espíritu, la
vida misma de Cristo produce sus frutos en la existencia cristiana.
¡Don y misterio grande es el bautismo! Es de desear que todos los hijos
de la Iglesia, especialmente en este período de preparación del
acontecimiento jubilar, tomen conciencia cada vez más profunda de ello.
Saludos
Saludo con afecto a todos los peregrinos españoles y latinoamericanos, en
particular, a los grupos venidos de Murcia, Barcelona, Madrid y Ávila, así como
a los fieles argentinos de Esperanza. Mientras os invito a vivir con intensidad
estos últimos días de la Cuaresma con el deseo de renovar las promesas
bautismales en la noche de Pascua, os imparto complacido la bendición apostólica.
A los visitantes holandeses y belgas les deseó que su peregrinación a las tumbas
de los Apóstoles sea una plegaria continua que les haga verdaderos testigos del
Evangelio.
(A los peregrinos croatas) Dios sigue
continuamente los pasos del hombre y no lo abandona nunca. Esto quiere recordar
también la próxima celebración del gran jubileo, que evoca la plenitud del
tiempo en el que el Padre mandó a su Hijo (cf. Ga 4, 4), por medio del cual
infundió en nuestros corazones el Espíritu de adopción (cf. Rm 8, 16; Ga 4,
16), para hacernos criaturas nuevas y para prepararnos a la Pascua gloriosa de
su Reino.
(En italiano) Saludo también con afecto
a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridísimos hermanos, en
la inminencia de la Semana santa, que os hará revivir la muerte y la
resurrección de Cristo, deseo invitaros a una pausa de íntimo recogimiento, para
contemplar este gran misterio, del que brota nuestra salvación.
Hallaréis en él,
queridos jóvenes, una fuente de alegría y entusiasmo y vosotros, queridos
enfermos, un motivo de gran consuelo, sintiéndoos cercanos al rostro sufriente
del Salvador. A vosotros, queridos recién casados, deseo que avancéis con confianza
por el camino común que acabáis de emprender, sostenidos por la alegría de
Cristo resucitado.
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