JUAN PABLO II
AUDIENCIA
Miércoles 28 de Octubre 1998
1. «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único,
para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna» (Jn 3, 16). En estas palabras del evangelio de san
Juan el don de la vida eterna constituye el fin último del
plan de amor del Padre. Ese don nos permite tener acceso, por gracia, a la
inefable comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn
17, 3).
La vida eterna, que brota del Padre, nos la transmite en
plenitud Jesús en su Pascua por el don del Espíritu Santo.
Al recibirlo, participamos en la victoria definitiva que Jesús
resucitado obtuvo sobre la muerte. «Lucharon vida y muerte nos
invita a proclamar la liturgia en singular batalla y, muerto el que
es la Vida, triunfante se levanta» (Secuencia del domingo de
Pascua). En ese evento decisivo de la salvación Jesús da
a los hombres la vida eterna en el Espíritu Santo.
2. Así, en la plenitud de los tiempos Cristo cumple, más
allá de toda expectativa, la promesa de vida eterna que,
desde el origen del mundo, había inscrito el Padre en la creación
del hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26).
Como canta el Salmo 104, el hombre experimenta que la vida en el cosmos
y, en particular, su propia vida tienen su principio en el aliento
que les comunica el Espíritu del Señor: «Escondes tu
rostro, y se espantan; les retiras el aliento y expiran, y vuelven a ser
polvo; envías tu Espíritu y los creas, y renuevas la faz de
la tierra» (Sal 104, 29-30).
La comunión con Dios, don de su Espíritu, llega a ser cada
vez más para el pueblo elegido prenda de una vida que no se limita
a la existencia terrena, sino que misteriosamente la trasciende y la
prolonga hasta el infinito.
En el duro período del destierro en Babilonia, el Señor
devolvió la esperanza a su pueblo, proclamando una nueva y
definitiva alianza que será sellada por una efusión
sobreabundante del Espíritu (cf. Ez 36, 24-28): «Así
dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré
salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la
tiera de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros
sepulcros , pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os
infundiré mi espíritu, y viviréis» (Ez
37, 12-14).
Con estas palabras, Dios anuncia la renovación mesiánica
de Israel, después de los sufrimientos del destierro. Los símbolos
empleados evocan muy bien el camino que la fe de Israel recorre
lentamente, hasta intuir la verdad de la resurrección de la carne,
que realizará el Espíritu al final de los tiempos.
3. Esta verdad se consolida en un tiempo ya próximo a la venida
de Jesucristo (cf. Dn 12, 2; 2 M 7, 9-14. 23. 36; 12,
43-45), el cual la confirma vigorosamente, reprochando a los que la
negaban: «¿No estáis en un error precisamente por no
entender las Escrituras ni el poder de Dios?» (Mc 12, 24). En
efecto, según Jesús, la fe en la resurrección se
funda en la fe en Dios, que «no es un Dios de muertos, sino de vivos»
(Mc 12, 27).
Además, Jesús vincula la fe en la resurrección a su
misma persona: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn
11, 25), pues en él, gracias al misterio de su muerte y resurrección,
se cumple la promesa divina del don de la vida eterna, que implica
una victoria total sobre la muerte: «Llega la hora en que todos los
que estén en los sepulcros oirán su voz [del Hijo] y saldrán
los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida...»
(Jn 5, 28-29). «Porque ésta es la voluntad de mi
Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna
y que yo le resucite el último día» (Jn 6, 40).
4. Esta promesa de Cristo se realizará, por tanto,
misteriosamente al final de los tiempos, cuando él vuelva glorioso «a
juzgar a vivos y muertos» (2 Tm 4, 1; cf. Hch 10, 42;
1 P 4, 5). Entonces nuestros cuerpos mortales revivirán por
el poder del Espíritu, que nos ha sido dado como «prenda de
nuestra herencia, para redención del pueblo» (Ef 1,
14, cf. 2 Co 1, 21-22).
Con todo, no debemos pensar que la vida más allá de la
muerte comienza sólo con la resurrección final, pues ésta
se halla precedida por la condición especial en que se encuentra,
desde el momento de la muerte física, cada ser humano. Se trata de
una fase intermedia, en la que a la descomposición del cuerpo
corresponde «la supervivencia y la subsistencia, después de la
muerte, de un elemento espiritual, que está dotado de conciencia y
de voluntad, de manera que subsiste el mismo yo humano, aunque
mientras tanto le falte el complemento de su cuerpo» (Sagrada
Congregación para la doctrina de la fe, Carta sobre algunas
cuestiones referentes a la escatología, 17 de mayo de 1979:
LOsservatore Romano, edición en lengua española,
22 de julio de 1979, p. 12).
Los creyentes tienen, además, la certeza de que su relación
vivificante con Cristo no puede ser destruida por la muerte, sino que se
mantiene más allá. En efecto, Jesús declaró: «El
que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,
25). La Iglesia siempre ha profesado esta fe y la ha expresado sobre todo
en la oración de alabanza que dirige a Dios en comunión con
todos los santos y en la invocación en favor de los difuntos que aún
no se han purificado plenamente. Por otra parte, la Iglesia inculca el
respeto a los restos mortales de todo ser humano, tanto por la dignidad de
la persona a la que pertenecieron, como por el honor que se debe al cuerpo
de los que, con el bautismo, se convirtieron en templo del Espíritu
Santo. Lo atestigua de forma específica la liturgia en el rito de
las exequias y en la veneración de las reliquias de los santos, que
se desarrolló desde los primeros siglos. A los huesos de estos últimos
dice san Paulino de Nola «nunca les falta la presencia
del Espíritu Santo, el cual concede una viva gracia a través
de los sagrados sepulcros» (Carmen XXI, 632-633).
5. Así, el Espíritu Santo se nos presenta como Espíritu
de la vida no sólo en todas las fases de la existencia terrena,
sino también en la etapa que, después de la muerte, precede
a la vida plena que el Señor ha prometido asimismo para nuestros
cuerpos mortales. Con mayor razón, gracias a él
realizaremos, en Cristo, nuestro paso final al Padre. San Basilio
Magno advierte: «Y si se reflexiona con rigor, se podría
hallar que incluso con ocasión de la esperada aparición del
Señor desde el cielo, no sería inútil el Espíritu
Santo, como creen algunos, sino que estará presente con él
también el día de su revelación, cuando el único
y bienaventurado Soberano juzgue en justicia a todo el mundo» (El
Espíritu Santo XVI, 40).
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Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española venidos de España,
México y Argentina, así como de otros países de Latinoamérica. Os invito a
imitar a la Virgen María y a acoger el misterio de la vida eterna en Dios,
que se nos da en la encarnación del Verbo. Os bendigo a todos de corazón.
(A los peregrinos y al obispo de la diócesis croata de Varaždin)
Los cristianos han de ser sal de la tierra y luz del mundo, para que la
sociedad, impregnada de los valores evangélicos, sea cada vez más humana y
refleje el proyecto originario de Dios sobre el hombre.
(En italiano) Hoy la liturgia recuerda a los apóstoles san Simón y
san Judas Tadeo. Que su testimonio evangélico os sostenga a vosotros,
queridos jóvenes, en vuestro compromiso de fidelidad diaria a Cristo;
os anime a vosotros, queridos enfermos, a seguir siempre a Jesús por
el camino de la prueba y del sufrimiento; y os ayude a vosotros, queridos
recién casados, a hacer de vuestra familia un lugar de encuentro
constante con el amor de Dios y de vuestros hermanos.
Al final de la audiencia general, Su Santidad hizo el siguiente llamamiento
para pedir a los fieles que oren por algunas intenciones particulares
Quisiera ahora invitaros a orar conmigo por algunas intenciones que me
interesan particularmente:
1. Hoy se inauguran en Rumanía los trabajos de la Comisión mixta entre la
Iglesia ortodoxa y la greco-católica, instituida para facilitar el diálogo
recíproco de las dos comunidades. Encomiendo esta iniciativa a vuestra
oración, para que dé los frutos deseados para el bien de la Iglesia y de
toda la sociedad rumana.
2. Cuatro meses de enfrentamiento armado en Guinea Bissau han causado
enormes desplazamientos de la población. Muchos se han refugiado en las
misiones, donde el personal eclesiástico y religioso, al que expreso mi más
sincera gratitud, se prodiga para aliviar sus sufrimientos. Oremos para que
todas las partes en conflicto pongan fin a esos sufrimientos, ya demasiado
largos.
3. En la República democrática del Congo la guerra avanza con trágicas
consecuencias de destrucción, implicando a los países vecinos. Elevemos una
ardiente súplica a la Reina de la paz, para que aplaque los ánimos y haga
que por encima de los propósitos de intensificar el conflicto prevalezca la
búsqueda generosa de soluciones honrosas y pacíficas.
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