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JUAN PABLO II AUDIENCIA Miércoles 1 de
diciembre de 1999
Compromiso por la promoción de la familia
1. Para una adecuada preparación al gran jubileo no puede faltar en la
comunidad cristiana un serio compromiso de redescubrimiento del valor de la
familia y del matrimonio (cf. Tertio millennio adveniente, 51). Ese
compromiso es tanto más urgente, cuanto que este valor hoy es puesto en tela de
juicio por gran parte de la cultura y de la sociedad.
No sólo se discuten algunos modelos de vida familiar, que cambian bajo la presión
de las transformaciones sociales y de las nuevas condiciones de trabajo. Es la
concepción misma de la familia, como comunidad fundada en el matrimonio entre
un hombre y una mujer, la que se ataca en nombre de una ética relativista que
se abre camino en amplios sectores de la opinión pública e incluso de la
legislación civil.
La crisis de la familia se transforma, a su vez, en causa de la crisis de la
sociedad. No pocos fenómenos patológicos -como la soledad, la violencia y la
droga- se explican, entre otras causas, porque los núcleos familiares han
perdido su identidad y su función. Donde cede la familia, a la sociedad le
falla su entramado de conexión, con consecuencias desastrosas que afectan a las
personas y, especialmente, a los más débiles: niños, adolescentes,
minusválidos, enfermos, ancianos...
2. Así pues, es preciso promover una reflexión que ayude no sólo a los
creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad, a redescubrir el
valor del matrimonio y de la familia. En el Catecismo de la Iglesia católica
se lee: "La familia es la célula original de la vida social.
Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en
el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación
en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la
seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad" (n. 2207).
Al redescubrimiento de la familia puede llegar por sí sola la razón,
escuchando la ley moral inscrita en el corazón humano. La familia, comunidad
"fundada y vivificada por el amor" (Familiaris consortio, 18),
encuentra su fuerza en la alianza definitiva de amor con la que un hombre y una
mujer se entregan recíprocamente, convirtiéndose juntos en colaboradores de
Dios para transmitir la vida.
En la base de esta relación fontal de amor, también las relaciones que se
entablan con los demás miembros de la familia, y entre ellos, deben inspirarse
en el amor y caracterizarse por el afecto y el apoyo mutuo. El amor auténtico,
lejos de encerrar a la familia en sí misma, la abre a la sociedad entera, dado
que la pequeña familia doméstica y la gran familia de todos los seres humanos
no se oponen, sino que mantienen una relación íntima y originaria. En la raíz
de todo esto se halla el misterio mismo de Dios, que precisamente la familia
evoca de modo especial. En efecto, como escribí hace algunos años en la Carta
a las familias, "a la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que
el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el
misterio trinitario de su vida. El Nosotros divino constituye el modelo
eterno del nosotros humano; ante todo, de aquel nosotros que está
formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina" (n.
6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de
febrero de 1994, p. 6).
3. La paternidad de Dios es la fuente trascendente de toda otra paternidad
y maternidad humana. Contemplándola con amor, debemos sentirnos comprometidos a
redescubrir la riqueza de comunión, de generación y de vida que caracteriza al
matrimonio y a la familia .
En ella se desarrollan relaciones interpersonales, en las que a cada uno se le
encomienda, aunque sin esquemas rígidos, una tarea específica. No pretendo aquí
referirme a las tareas sociales y funcionales, que son expresiones de marcos
históricos y culturales particulares. Más bien pienso en la importancia que
revisten, en la relación esponsal recíproca y en el común compromiso de
padres, la figura del hombre y de la mujer en cuanto llamados a actuar sus
características naturales en el ámbito de una comunión profunda,
enriquecedora y respetuosa. "A esta unidad de los dos confía Dios
no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción
misma de la historia" (Carta a las mujeres, 8: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 14 de julio de 1995, p. 12).
4. Asimismo, el hijo debe considerarse como la expresión máxima de la
comunión del hombre y de la mujer, o sea, de la recíproca acogida-donación
que se realiza y se trasciende en un "tercero", en el hijo
precisamente. El hijo es la bendición de Dios. Transforma al marido y a la
mujer en padre y madre (cf. Familiaris consortio, 21). Ambos "salen
de sí mismos" y se expresan en una persona que, a pesar de ser fruto de su
amor, va más allá de ellos .
A la familia se aplica de modo especial el ideal expresado en la oración
sacerdotal, en la que Jesús pide que su unidad con el Padre implique a sus discípulos
(cf. Jn 17, 11) y a los que crean en su palabra (cf. Jn 17,
20-21). La familia cristiana, "iglesia doméstica" (cf. Lumen
gentium, 11), está llamada a realizar de modo especial este ideal de
perfecta comunión.
5. Así pues, al acercarse la conclusión de este año dedicado a la
meditación sobre Dios Padre, redescubramos la familia a la luz de la paternidad
divina. De la contemplación de Dios Padre podemos deducir sobre todo una
urgencia que responde muy bien a los desafíos del actual momento histórico.
Contemplar a Dios Padre significa concebir la familia como el lugar de la
acogida y de la promoción de la vida, laboratorio de fraternidad donde, con la
ayuda del Espíritu de Cristo, se crea entre los hombres "una nueva
fraternidad y solidaridad, verdadero reflejo del misterio de recíproca entrega
y acogida propio de la santísima Trinidad" (Evangelium vitae, 76).
A la luz de la experiencia de familias cristianas renovadas, la Iglesia misma
podrá aprender a cultivar, entre todos los miembros de la comunidad, una
dimensión más familiar, adoptando y promoviendo un estilo de relaciones más
humano y fraterno (cf. Familiaris consortio, 64).
Saludos
Me es grato saludar a los peregrinos de lengua española, de modo especial a la "Asociación Profesional Española de Informadores". Saludo también a las parroquias de Yecla y a los visitantes de diversos Países de América Latina. Al exhortaros a todos a trabajar por la salvaguardia de la familia, os bendigo con afecto.
Muchas gracias.
Saludo a los peregrinos croatas
A Aquel que es Amor (cf. 1 Jn 4, 16) sólo
se puede acceder con un corazón lleno de amor. Por tanto, el perdón a los
hermanos y hermanas, y la reconciliación con ellos, son necesarios para poder
acceder a Dios (cf. Mt 5, 23-24), para recibir de él el perdón (cf. Mt
6, 14-15; 18, 33-35; Mc 11, 25) y restablecer la concordia, destruida por
el pecado, entre Dios y el hombre y, al mismo tiempo, entre los hombres.
Saludo a una delegación de Eslovenia
Amadísimos hermanos, habéis venido a Roma para
devolverme la visita que realicé a vuestro país con motivo de la beatificación
del obispo Anton Martin Slomsek. Os agradezco de corazón este amable gesto, que
confirma vuestra devoción al Sucesor de Pedro. Expreso mi gratitud a los
miembros del comité organizador aquí presentes, encabezados por el presidente.
Al recordar con alegría la cordial acogida que me dispensaron y el fervor que
manifestaron los fieles durante las celebraciones, deseo que, por intercesión
del beato Anton Martin Slomsek, las semillas sembradas entonces produzcan una
abundante cosecha de fe profunda y de caridad operante. A todos imparto mi
bendición.
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Saludo en italiano
Me dirijo ahora a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados, en este encuentro recién iniciado el Adviento.
Queridos jóvenes, salid al encuentro de Cristo con la coherencia de la
fe testimoniada en la vida ordinaria.
A Jesús, que os ha querido asociar más íntimamente al plan de salvación,
ofrecedle, queridos enfermos, vuestros sufrimientos, convencidos de que
así cooperáis al bien de la humanidad entera.
Y vosotros, queridos recién casados, que habéis consagrado vuestro amor
en el sacramento del matrimonio, sed generosos, acogiendo el gran don de la
vida.
A todos imparto mi bendición.
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