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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 28 de julio de 2004
El Señor es el lote de mi heredad
1. Tenemos la oportunidad de meditar en un salmo de intensa
fuerza espiritual, después de escucharlo y transformarlo en oración. A pesar de
las dificultades del texto, que el original hebreo pone de manifiesto sobre todo
en los primeros versículos, el salmo 15 es un cántico luminoso, con espíritu
místico, como sugiere ya la profesión de fe puesta al inicio: "Mi Señor eres
tú; no hay dicha para mí fuera de ti" (v. 2). Así pues, Dios es considerado como
el único bien. Por ello, el orante opta por situarse en el ámbito de la
comunidad de todos los que son fieles al Señor: "Cuanto a los santos que están
en la tierra, son mis príncipes, en los que tengo mi complacencia" (v. 3). Por
eso, el salmista rechaza radicalmente la tentación de la idolatría, con sus
ritos sanguinarios y sus invocaciones blasfemas (cf. v. 4).
Es una opción neta y decisiva, que parece un eco de la del salmo 72, otro canto
de confianza en Dios, conquistada a través de una fuerte y sufrida opción
moral: "¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
(...) Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio" (Sal
72, 25. 28).
2. El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante
todo, el símbolo de la "heredad", término que domina los versículos 5-6. En
efecto, se habla de "lote de mi heredad, copa, suerte". Estas palabras se usaban
para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien,
sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los
levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara
precisamente: "El señor es el lote de mi heredad. (...) Me encanta mi heredad"
(Sal 15, 5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que
proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios.
San Agustín comenta: "El salmista no dice: "oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me
darás como heredad?", sino que dice: "todo lo que tú puedes darme fuera de ti,
carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo". (...) Esperar a
Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te
puede bastar" (Sermón 334, 3: PL 38, 1469).
3. El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El
salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para
permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf.
Sal 6, 6; 87, 6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta
preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la
muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.
Son dos los símbolos que usa el orante. Ante todo, se evoca el cuerpo: los
exégetas nos dicen que en el original hebreo (cf. Sal 15, 7-10) se habla
de "riñones", símbolo de las pasiones y de la interioridad más profunda; de
"diestra", signo de fuerza; de "corazón", sede de la conciencia; incluso, de
"hígado", que expresa la emotividad; de "carne", que indica la existencia frágil
del hombre; y, por último, de "soplo de vida".
Por consiguiente, se trata de la representación de "todo el ser" de la persona,
que no es absorbido y aniquilado en la corrupción del sepulcro (cf. v. 10), sino
que se mantiene en la vida plena y feliz con Dios.
4. El segundo símbolo del salmo 15 es el del "camino": "Me enseñarás el sendero
de la vida" (v. 11). Es el camino que lleva al "gozo pleno en la
presencia" divina, a "la alegría perpetua a la derecha" del Señor. Estas
palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la
perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la
vida eterna.
En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15
refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de
Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa
aplicación pascual y cristológica: "Dios resucitó a Jesús de Nazaret,
librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su
dominio" (Hch 2, 24).
San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se
refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta
perspectiva, también nosotros lo proclamamos: "No permitirás que tu santo
experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus
días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la
corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no
experimentó la corrupción" (Hch 13, 35-37).
Saludos
Saludo con afecto a los peregrinos y familias de lengua española. En
especial, al grupo de jóvenes de Madrid y al de quinceañeras de México. Os deseo
a todos una feliz estancia en Roma, aprovechando estos días para crecer en la fe
que testimoniaron los Apóstoles.
(En italiano)
Por último, saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Queridos hermanos, que vuestra visita a las tumbas de los Apóstoles
sea para vosotros aliento y estímulo a vivir de manera cada vez más consciente
vuestra fe.
La audiencia terminó con el canto del paternóster y la bendición apostólica,
impartida colegialmente por el Santo Padre y los obispos presentes.
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