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 MISA CELEBRADA EN POLACO

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Capilla Sixtina
Domingo 7 de enero de 1979

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Con gran emoción celebro la Eucaristía en mi lengua nativa. Lo hago en la Capilla Sixtina, en este lugar donde el 16 de octubre de 1978 escuché la nueva llamada de Cristo el Señor y la recibí con espíritu de obediencia, de fe en mi Salvador, y de total confianza en la Virgen, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia.

Celebro hoy, por vez primera, la Eucaristía en el mismo lugar en mi lengua nativa, aprovechando la invitación de Radio Vaticano, que de hoy en adelante cada domingo retransmitirá la Santa Misa en lengua polaca para cuantos tienen dificultad de participar en la Misa de otra manera. Expreso en consecuencia mi alegría y agradecimiento a Dios por este suceso, que realiza el deseo expresado desde hace tiempo por mis connacionales en Polonia y en todo el mundo. Se sabe que en diversos países del mundo el idioma de nuestros padres no cesa de ser la lengua en la oración de mucha gente. Estoy contento de poder llegar, gracias a las ondas radiofónicas, a todos aquellos que están presentes en la unidad del sacrificio eucarístico. Confío que de la misma manera podré encontrarme y unirme con mis hermanos y hermanas también en otros idiomas. Esta unidad en la Eucaristía, en la liturgia de la palabra, en la liturgia del sacrificio realizado del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, yo la considero como esencial y fundamental para el Sucesor de Pedro, para este Apóstol a quien ha dicho el Señor: «Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32). Al encontrarme hoy con vosotros, queridísimos connacionales, celebrando el sacrificio de Cristo, me acuerdo de aquel encuentro anual en el que, como arzobispo de Cracovia, me honraba reuniéndome con los representantes de todas las parroquias de nuestra regia ciudad. Acaecía siempre esto en la fiesta de los Reyes Magos. Era en las horas de la tarde, durante la Misa en la catedral de Wawel. En aquel momento incluso, nos intercambiábamos las felicitaciones del año nuevo. Hoy quiero compartir estas felicitaciones en circunstancias tan desacostumbradas. Están aquí ahora en la Capilla Sixtina los representantes de la archidiócesis de Cracovia y de los polacos residentes en Roma, que vinieron ayer para participar en la consagración episcopal de mi sucesor en la sede de la archidiócesis de Cracovia. A todos ellos, y entre ellos especialmente al metropolitano de Cracovia, les dirijo mis saludos, que tomo del mismo corazón de la Eucaristía.

Estoy contento de vuestra presencia, carísimos hermanos y hermanas, que habéis venido de la amada Cracovia y de la archidiócesis; permitid que extienda mis saludos todavía un poco más: a toda nuestra querida patria, a todos nuestros compatriotas, a todos cuantos me escuchan en estos momentos y aun a aquellos que no pueden hacerlo. Dirijo mis saludos a todas las familias, a todas las generaciones, a los ancianos, a los enfermos, a los que sufren, a los hombres llenos de salud, a los padres y a los educadores; al mismo tiempo, a la juventud y a todos los niños; a los hombres que trabajan duramente, físicamente, a los científicos y a los hombres de cultura. Dirijo estos saludos míos a todas las profesiones sin excepción. Cada año, durante el mes de enero, nos hemos encontrado con diversos grupos con ocasión del oplatek (n.d.t. oplatek es el pan bendito que las familias se intercambian partiéndolo entre ellas como signo de unidad). En espíritu hago lo mismo delante de todos. Con este gesto al comienzo del año, con este gesto de la mano y del corazón, quiero llegara toda la Iglesia de Polonia, a todas las diócesis y parroquias, a los religiosos y religiosas, a todos los sacerdotes, a todos los hermanos en el Episcopado con nuestro primado, sobre todo. Llego en espíritu a los centros católicos de estudios superiores, a todos los seminarios, a todos los noviciados, a todos los grupos juveniles, a los que están practicando retiros espirituales, a los que están trabajando para formar el hombre nuevo en Cristo Jesús.

El año 1979 es el año jubilar de San Estanislao: novecientos años de su martirio. En el jubileo de este patrono de Polonia, en los primeros días del año jubilar, deseo sobre todo la unidad espiritual por la que San Estanislao, su sacrificio primero y después su canonización, se convirtieron en fuente de inspi­ración de nuestros antepasados. Hoy necesitamos la misma unidad espiritual de nuestra patria después de tantas pruebas durante la historia. Necesitamos la unidad del espíritu y la fuerza del espíritu. Estos son mis más calurosos deseos. Quiero que estos deseos lleguen a todos. Anhelo que los que gobiernan la patria puedan servir bien al bien común de toda la nación. La nación a la que deseo la paz con todo mi corazón; para la cual, como hijo suyo, deseo todo bien; ella merece ser respetada en la gran familia de las naciones. Esta Iglesia ha vivido durante un milenio en fiel y tenaz servicio a la nación, y hoy también la sirve.

En la liturgia de hoy el Profeta Isaías habla del futuro Mesías, de Cristo:

«He aquí a mi Siervo, a quien sostengo yo; / mi elegido, en quien se complace mi alma. / He puesto mi espíritu sobre él; / él dará el derecho a las naciones. / No gritará, no hablará recio ni hará oír su voz en las plazas. / No romperá la caña cascada / ni apagará la mecha que se extingue. / Expondrá fielmente el derecho, / sin cansarse ni desmayar, / hasta que establezca el derecho en la tierra; / las islas están esperando su ley« (Is 42, 1-4).

Deseo a todos que Cristo, Jesucristo, esté con vosotros durante el año que ha comenzado, año 1979 de su nacimiento. Año del Señor. Amén.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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