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VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,
MÉXICO Y BAHAMAS

HOMILÍA DE JUAN PABLO II

Santo Domingo, Plaza de la Independencia
Jueves 25 de enero de 1979

 

Hermanos en el Episcopado,
amadísimos hijos:

1. En esta Eucaristía en la que compartimos la misma fe en Cristo, el Obispo de Roma y de la Iglesia universal, presente entre vosotros, os da su saludo de paz: “La gracia y la paz sean con vosotros de parte de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo” (Ga 1, 39.

Vengo hasta estas tierras americanas como peregrino de paz y esperanza, para participar en un acontecimiento eclesial de evangelización, acuciado a mi vez por las palabras del Apóstol Pablo: “Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone por necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizara!” (1Co 9, 16).

El actual período de la historia de la humanidad requiere una transmisión reavivada de la fe, para comunicar al hombre de hoy el mensaje perenne de Cristo, adaptado a sus condiciones concretas de vida.

Esa evangelización es una constante y exigencia esencial de la dinámica eclesial. Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi afirmaba que “evangelizar constituye la dicha y la vocación de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Evangelii nuntiandi, 14).

Y el mismo Pontífice precisa que “Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia ante todo un reino, el reino de Dios”; “Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, sobre todo, liberación del pecado y del Maligno” (Evangelii nuntiandi, 8-9).

2. La Iglesia, fiel a su misión, continúa presentando a los hombres de cada tiempo, con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Papa, el mensaje de salvación de su divino Fundador.

Esta tierra dominicana fue un día la primera destinataria, y luego propulsora, de una gran empresa de evangelización, que merece gran admiración y gratitud.

Desde finales del siglo XV esta querida nación se abre a la fe de Jesucristo, a la que ha permanecido fiel hasta hoy. La Santa Sede, por su parte, crea las primeras sedes episcopales de América, precisamente en esta isla, y posteriormente la sede arzobispal y primada de Santo Domingo.

En un período relativamente corto, los senderos de la fe van surcando la geografía dominicana y continental, poniendo los fundamentos del legado hecho vida que hoy contemplamos en lo que fue llamado el Nuevo Mundo.

Desde los primeros momentos del descubrimiento, la preocupación de la Iglesia se pone de manifiesto, para hacer presente el reino de Dios en el corazón de los nuevos pueblos, razas y culturas, y en primer lugar entre vuestros antepasados.

Si queremos tributar un merecido agradecimiento a quienes transplantaron las semillas de la fe, ese homenaje hay que rendirlo en primer lugar a las órdenes religiosas, que se destacaron, aun a costa de ofrendar sus mártires, en la tarea evangelizadora; sobre todo los religiosos dominicos, franciscanos, agustinos, mercedarios y luego los jesuitas, que hicieron árbol frondoso lo que había brotado de tenues raíces. Y es que el suelo de América estaba preparado por corrientes de espiritualidad propia para recibir la nueva sementera cristiana.

No se trata, por otra parte, de una difusión de la fe, desencarnada de la vida de sus destinatarios, aunque siempre debe mantener su esencial referencia a Dios. Por ello la Iglesia en esta isla fue la primera en reivindicar la justicia y en promover la defensa de los derechos humanos en las tierras que se abrían a la evangelización.

Son lecciones de humanismo, de espiritualidad y de afán por dignificar al hombre, las que nos enseñan Antonio Montesinos, Córdoba, Bartolomé de las Casas, a quienes harán eco también en otras partes Juan de Zumárraga, Motolinia, Vasco de Quiroga, José de Anchieta, Toribio de Mogrovejo, Nóbrega y tantos otros. Son hombres en los que late la preocupación por el débil, por el indefenso, por el indígena, sujetos dignos de todo respeto como personas y como portadores de la imagen de Dios, destinados a una vocación transcendente. De ahí nacerá el primer Derecho Internacional con Francisco de Vitoria.

3. Y es que no pueden disociarse –es la gran lección, válida hoy también– anuncio del Evangelio y promoción humana; pero para la Iglesia, aquél no puede confundirse ni agotarse –como algunos pretenden– en ésta última. Sería cerrar al hombre espacios infinitos que Dios le ha abierto. Y sería falsear el significado profundo y completo de la evangelización, que es ante todo anuncio de la Buena Nueva del Cristo Salvador.

La Iglesia, experta en humanidad, fiel a los signos de los tiempos, y en obediencia a la invitación apremiante del último Concilio, quiere hoy continuar su misión de fe y de defensa de los derechos humanos. Invitando a los cristianos a comprometerse en la construcción de un mundo más justo, humano y habitable, que no se cierra en sí mismo, sino que se abre a Dios.

Hacer ese mundo más justo significa, entre otras cosas, esforzarse porque no haya niños sin nutrición suficiente, sin educación, sin instrucción; que no haya jóvenes sin la preparación conveniente; que no haya campesinos sin tierra para vivir y desenvolverse dignamente; que no haya trabajadores maltratados ni disminuidos en sus derechos; que no haya sistemas que permitan la explotación del hombre por el hombre o por el Estado; que no haya corrupción; que no haya a quien le sobra mucho, mientras a otros inculpablemente les falte todo; que no haya tanta familia mal constituida, rota, desunida, insuficientemente atendida; que no haya injusticia y desigualdad en el impartir la justicia; que no haya nadie sin amparo de la ley y que la ley ampare a todos por igual; que no prevalezca la fuerza sobre la verdad y el derecho, sino la verdad y el derecho sobre la fuerza; y que no prevalezca jamás lo económico ni lo político sobre lo humano.

4. Pero no os contentéis con ese mundo más humano. Haced un mundo explícitamente más divino, más según Dios, regido por la fe y en el que ésta inspire el progreso moral, religioso y social del hombre. No perdáis de vista la orientación vertical de la evangelización. Ella tiene fuerza para liberar al hombre, porque es la revelación del amor. El amor del Padre por los hombres, por todos y cada uno de los hombres, amor revelado en Jesucristo.“Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16).

Jesucristo ha manifestado ese amor ante todo en su vida oculta –“Todo lo ha hecho bien”(Mc 7, 37)– y anunciando el Evangelio; después, con su muerte y resurrección, el misterio pascual en el que el hombre encuentra su vocación definitiva a la vida eterna, a la unión con Dios. Es la dimensión escatológica del amor.

Amados hijos: termino exhortándoos a ser siempre dignos de la fe recibida. Amad a Cristo, amad al hombre por El y vivid la devoción a nuestra querida Madre del cielo, a quien invocáis con el hermoso nombre de Nuestra Señora de la Altagracia, a la que el Papa quiere dejar como homenaje de devoción una diadema. Ella os ayude a caminar hacia Cristo, conservando y desarrollando en plenitud la semilla plantada por vuestros primeros evangelizadores. Es lo que el Papa espera de todos vosotros. De vosotros, hijos de Cuba, aquí presentes, de Jamaica, de Curaçao y Antillas, de Haití, de Venezuela y Estados Unidos. Sobre todo de vosotros, hijos de la tierra dominicana. Así sea.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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