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VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,
MÉXICO Y BAHAMAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 

Catedral de Oaxaca
Lunes 29 de enero de 1979

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

Esta ceremonia, en la que con inmenso gozo voy a conferir algunos ministerios sagrados a descendientes de las antiguas estirpes de esta tierra de América, confirma la verdad de lo dicho por una alta personalidad de vuestro país a mi venerado predecesor Pablo VI: Desde el comienzo de la historia de las naciones americanas, fue sobre todo la Iglesia quien protegió a los más humildes, su dignidad y valor como personas humanas.

La verdad de tal afirmación recibe hoy una nueva confirmación, ya que el Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal llamará a algunos de entre ellos a colaborar con los propios Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para su mayor crecimiento y vitalidad (cf. Evangelii nuntiandi, 73).

1. Es sabido que estos ministerios no transforman a los laicos en clérigos: quienes los reciben siguen siendo laicos, o sea, no dejan el estado en que vivían cuando fueron llamados (cf. 1Co 7, 20). También cuando cooperan, como suplentes o ayudantes, con los ministros sagrados, estos laicos son, sobre todo, colaboradores de Dios (cf. 1Co 3, 9), que se vale también de ellos para dar cumplimiento a su voluntad de salvar a todos los hombres (cf. 1Tm 2, 4).

Más aún, precisamente porque estos laicos se comprometen de manera deliberada con tal designio salvífico, a tal punto que ese compromiso es para ellos la razón última de su presencia en el mundo (cf. San Juan Crisóstomo In Act. Ap., 20,4), deben ser considerados como arquetipos de la participación de todos los fieles en la misión salvífica de la Iglesia.

2. En realidad todos los fieles, en virtud del propio bautismo y del sacramento de la confirmación, tienen que profesar públicamente la fe recibida de Dios por medio de la Iglesia, difundirla y defenderla como verdaderos testigos de Cristo (cf. Lumen gentium, 11). O sea, están llamados a la evangelización, que es un deber fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios (cf. Ad gentes, 35), tengan o no tengan particulares funciones vinculadas más íntimamente con los deberes de los Pastores (Apostolicam Actuositatem, 24).

A este propósito dejad que el Sucesor de Pedro haga un ferviente llamado, a todos y cada uno, a asimilar y practicar las enseñanzas y orientaciones del Concilio Vaticano II, que ha dedicado a los laicos el capítulo IV de la Constitución dogmática Lumen gentium y el Decreto Apostolicam Actuositatem.

3. Deseo además, como recuerdo de mi paso entre vosotros, aunque también con la mirada puesta en los fieles del mundo entero, aludir brevemente a cuanto es peculiar de la cooperación de los laicos en el único apostolado, sus expresiones, ya individuales, ya asociadas, su característica determinante. Para ello voy a inspirarme en la invocación a Cristo, que leemos en la plegaria de Laudes de este lunes de la cuarta semana del tiempo litúrgico ordinario: “Tú que actúas con el Padre en la historia de la humanidad, renueva los hombres y las cosas con la fuerza de tu Espíritu”.

En efecto, los laicos, que por vocación divina comparten toda la realidad mundana, inyectando en ella su fe, hecha realidad en la propia vida pública y privada (cf. St 2, 17), son los protagonistas más inmediatos de la renovación de los hombres y de las cosas. Con su presencia activa de creyentes, trabajan en la progresiva consagración del mundo a Dios (cf. Lumen gentium, 34). Esta presencia se compagina con toda la economía de la religión cristiana, la cual, es una doctrina, pero es sobre todo un acontecimiento: el acontecimiento de la Encarnación, Jesús hombre-Dios que ha recapitulado en sí el universo (cf. Ef 1, 10); corresponde al ejemplo de Cristo, quien ha hecho también del contacto físico un vehículo de comunicación de su poder restaurador (cf. Mc 1, 41 et 7, 33; Mt 9, 29 ss y 20, 34; Lc 7, 14 y 8, 54); es inherente a la índole sacramental de la Iglesia, la cual, hecha signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género humano (cf, Lumen gentium, 1) ha sido llamada por Dios a estar en permanente comunión con el mundo para ser en él la levadura que lo transforma desde dentro (cf. Mt 13, 33).

El apostolado de los laicos, así entendido y puesto en práctica, confiere pleno sentido a todas las manifestaciones de la historia humana, respetando su autonomía y favoreciendo el progreso exigido por la naturaleza propia de cada una de ellas. Al mismo tiempo, nos da la clave para interpretar en plenitud el sentido de la historia, ya que todas las realidades temporales, como los acontecimientos que las manifiestan, adquieren su significado más profundo en la dimensión espiritual que establece la relación entre el presente y el futuro (cf Hb 13, 14). El desconocimiento o la mutilación de esta dimensión, se convertiría, de hecho, en un atentado contra la esencia misma del hombre.

4. Al dejar esta tierra, me llevo de vosotros un grato recuerdo, el de haberme encontrado con almas generosas que desde ahora ofrecerán su vida por la difusión del Reino de Dios Y al mismo tiempo, estoy seguro de que, como árboles plantados junto a ríos de agua, darán frutos abundantes a su tiempo (cf. Sal 1, 3) para la consolidación del Evangelio.

¡Animo! ¡Sed levadura dentro de la masa (Mt 13, 33), haced Iglesia! Que vuestro testimonio vaya despertando por doquier otros anunciadores de la salvación: “cuán hermosos son los pies de los que evangelizan el bien” (Rm 10, 15). Demos gracias a Dios que “ha comenzado esta obra buena y la llevará a cumplimiento hasta el día de Jesucristo” (Flp 1, 6).

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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