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VÍSPERA DE LA FIESTA DE LA VIRGEN DE
LOURDES
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Sábado 10 de febrero de 1979
Dios te salve, María...
Hoy me gustaría estar en espíritu en ese rincón de Francia donde desde hace 121
años no cesan de susurrar estas palabras los labios de miles y millones de
hombres y mujeres, a partir del día en que fueron pronunciadas en ese lugar
precisamente por una niña llena de asombro. La niña se llamaba Bernadette
Soubirous, tenía catorce años, era hija de trabajadores modestos de Lourdes.
Dios te salve, María...
Con estas palabras saludamos siempre y en todas partes a la que las oyó por
primera vez en Nazaret. Al recibir este saludo, fue llamada por su nombre; así
la llamaba su familia y los vecinos que la conocían; con este nombre fue elegida
por Dios. El Eterno la llamó por este nombre. ¡María! ¡Myriam!
Sin embargo, cuando Bernardita le preguntó su nombre, no contestó
«María», sino
«Que soy era Immaculada Councepciou», «Yo soy la Inmaculada Concepción». De
este modo, se denominó a Sí misma en Lourdes con el hombre que le había dado
Dios desde la eternidad; sí, desde toda la eternidad la escogió con este nombre
y la destinó a ser la Madre de su Hijo, el Verbo Eterno. Y, en fin, este nombre
de Inmaculada Concepción es mucho más profundo y más importante que el usado
por sus padres y la gente conocida, el nombre que Ella oyó en el momento de la
Anunciación: "Ave María".
Detengámonos en este saludo. Millones de labios humanos lo repiten cada día en
toda clase de lenguas y dialectos, en numerosos lugares del globo. Son millones
también los peregrinos que las repiten a lo largo del año entre la gruta de Massabielle y el torrente del Gave. Hoy quiero pronunciar otra vez con todos
este "Ave María", haciéndome peregrino con el espíritu y el corazón
personalmente en ese lugar. Deseo llamar a la Madre de Dios por el nombre que
tenía en la tierra, deseo saludarla con ese saludo que se puede calificar de
"histórico" por el hecho de estar vinculado al momento decisivo de la historia
de la salvación. Ese momento decisivo es a la vez el de su acto de fe, el de su
respuesta de fe: «Bienaventurada Tú porque has creído» (Lc 1, 45).
Sí, María; lo que cuenta es ese día, esa hora, ese momento en que oíste este
saludo con tu nombre: ¡Myriam! ¡María! Pues la historia de la salvación está
inscrita en el tiempo de los hombres, marcada por horas, días y años. Asimismo
esta historia adquiere dimensión de fe en la respuesta que da a Dios vivo el
corazón humano. Entre esas respuestas, la que sigue al "Ave María" del
Ángel en
Nazaret señala la cumbre: «Fiat», «Hágase en mí según tu palabra».
¡Bienaventurada Tú porque has creído!
Es Isabel quien dirige a María esta bendición. No en el momento de la
Anunciación, sino unas semanas después, cuando María fue a Ain Karim. Y estas
palabras de Isabel, que era la persona más cercana a Ella espiritualmente,
provocaron en María una nueva respuesta de fe: Magnificat!
Estamos acostumbrados a las palabras de este cántico. La Iglesia las ha hecho
suyas. Siguiendo a la Madre de Dios, las repite para expresar sus alegrías más
grandes o sencillamente para dar gracias: «Ha hecho en mí maravillas el
Poderoso, cuyo nombre es santo. Su misericordia se derrama de generación en
generación... Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.
A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió vacíos...» (Lc
1, 49-50; 52-53).
Oímos muchas veces estas palabras. ¡Las repetimos tantas veces! Detengámonos un
día, una vez, al menos (¿por qué no hoy?) ante esta admirable transparencia del
Corazón de María; en Ella y a través de Ella habla Dios. Habla a un nivel que
trasciende las palabras cotidianas del hombre y, quizá, hasta las mismas
palabras que utilizaba Myriam, la joven de Nazaret, pariente de Isabel y
Zacarías, desde hacía poco prometida de José. En realidad, ¿no es María como la
Esposa del Espíritu Santo?
Es precisamente el Espíritu quien da tal transparencia a su Corazón
—corazón
humilde y sencillo de una niña de Nazaret— gracias «a lo que había prometido a
Abraham y a su descendencia para siempre» (Lc 1, 55). Dios está presente también
misteriosamente en toda la historia de los hombres, de las generaciones que se
suceden, de los pueblos, capaz de suscitar de modo maravilloso transparencia,
esperanza, llamada a la santidad, purificación, conversión. En este sentido está
presente en la historia de los humildes... y de los poderosos; sí, en la
historia de los hambrientos, oprimidos, marginados. que se saben amados por El,
y con El recobran fuerzas, dignidad, esperanza; y también en la historia de los
ricos, de los opresores, de los hombres hartos de todo, que no escapan al
juicio de Dios y están invitados también ellos a la humildad y a la justicia, a
compartir los bienes, para entrar en su Reino. Dios está presente en la historia
de los responsables y de las víctimas de la civilización del consumo que se va
difundiendo; quiere liberar al hombre de la esclavitud de las cosas y llevarlo
a retornar incesantemente al camino del amor a las personas —a Dios y a los
hermanos— con espíritu de pureza, pobreza y sencillez.
Estas admirables palabras del Magnificat, quiero meditarlas hoy con los que
toman parte en este sacrificio eucarístico, con los peregrinos de Lourdes, con
toda la Iglesia.
Hoy se preguntan algunos sobre la misión de la Iglesia. Pero la Iglesia de
nuestro tiempo, ¿acaso no puede entrever la verdad de su misión en estas
palabras de María? ¿Es que éstas no contienen lo que podemos, queremos y debemos
anunciar, proclamar y realizar en el vasto campo donde se entrelazan
la "evangelización" y la "promoción humana", donde la primera reclama la
segunda? ¿Acaso el Magnificat no nos da respuesta a la pregunta sobre el
progreso y la promoción que se pretenden, y no nos da a conocer asimismo qué
significa "evangelizar", anunciar la Buena Nueva a los hombres de hoy? Pues este
"hoy", con sus miserias y sus signos de esperanza, constituye en todos los
países un reto a la misión "profética" de la Iglesia y a su misión "maternal" al
mismo tiempo. Se trata de abrir los corazones y mentalidades a Cristo, al
Evangelio, a su escala de valores, para contribuir a la elevación de todo el
hombre y todos los hombres, establecer un mundo menos indigno del hombre y del
designio de Dios sobre él y, al mismo tiempo, preparar el Reino de los cielos.
Queridos hermanos y hermanas: Con profunda emoción celebro hoy esta Misa en
lengua francesa en la Capilla Sixtina. Así puedo unirme espiritualmente en la
liturgia eucarística con todos los que hablan esta lengua ¡y son tantos!,
diseminados en muchos países y representados aquí, en Roma y en esta asamblea. Y
puedo reunir en particular a los hijos e hijas de la Iglesia de esa gran nación
francesa, cuya historia está vinculada de modo especial a la historia del
Evangelio en Europa y en el mundo entero.
Tenemos la impresión de encontrarnos en Lourdes, a donde confluyen
continuamente peregrinos de Francia y de todos los países:
— en Lourdes, que celebra, juntamente con Nevera, este año el centenario de la
muerte de Bernardita;
— en Lourdes, donde el mensaje de María transmitido por Bernardita, invita sin
cesar a las almas a la oración, a la penitencia, a la conversión, a la
purificación, al gozo de la asamblea cristiana y, en una palabra, a una fe más
fuerte;
— en Lourdes, donde tantos enfermos encuentran —si no la curación del cuerpo— al
menos el sentido cristiano de sus sufrimientos, la paz del amor de Dios y la
acogida solícita de los hermanos;
— en Lourdes, donde cada año se reúnen en sesión plenaria los obispos franceses,
a quienes me complazco en saludar muy cordialmente desde la Sede del Apóstol
Pedro;
— en Lourdes, que está preparando el Congreso Eucarístico de 1981. Hemos
comenzado a preparar juntos la conmemoración del centenario del primer Congreso
Eucarístico Internacional, que tuvo lugar en Lila en 1881.
Sobre todo, quisiera repetir dirigiéndome a la tierra de Francia, a toda la
Iglesia que está en Francia: eres bienaventurada por haber recibido la fe ya en
los orígenes. No permitas que tu fe disminuya o se desvanezca. Fortifica tu fe.
E irrádiala.
Con este espíritu de fe nos acercamos ahora al altar para celebrar el
Sacrificio de Cristo, el Sacrificio del Pan que consagramos y partimos por la
vida del mundo (cf. 1 Cor 10, 16; Jn 6, 51). Es el tema del Congreso Eucarístico
que estancos preparando juntos. Por la vida del mundo, por la salvación del
mundo. Amén.
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