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ESTACIÓN CUARESMAL EN SANTA SABINA
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Miércoles de ceniza 28 de febrero de 1979
1. «Convertíos a mí de todo corazón, en ayuno... Convertíos a Yavé, vuestro Dios»
(Jl 2, 12. 13).
He aquí que hoy anunciamos la Cuaresma con las palabras del Profeta Joel, y la
comenzarnos con toda la Iglesia. Anunciamos la Cuaresma del año del Señor 1979
con un rito que es aún más elocuente que las palabras del Profeta. La Iglesia
bendice hoy la ceniza obtenida de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del
año pasado, para imponerla sobre cada uno de nosotros. Inclinemos, pues,
nuestras cabezas. y reconozcamos en el signo de la ceniza toda la verdad de las
palabras dirigidas por Dios al primer hombre: «Acuérdate de que eres polvo y al
polvo volverás» (Gén 3, 19).
¡Sí! Recordemos esta realidad, sobre todo, durante el tiempo de Cuaresma, al
que nos introduce hoy la liturgia de la Iglesia. Es un "tiempo fuerte". En este
período las verdades divinas deben hablar a nuestros corazones con una fuerza
muy particular. Deben encontrarse con nuestra experiencia humana, con nuestra
conciencia. La primera verdad proclamada hoy recuerda al hombre su caducidad, la
muerte, que es el fin de la vida terrena para cada uno de nosotros. La Iglesia
insiste mucho hoy sobre esta verdad, comprobada por la historia de cada
hombre: Acuérdate de que "al polvo volverás". Acuérdate de que tu vida sobre la
tierra tiene un límite.
2. Pero el mensaje del miércoles de ceniza no acaba aquí. Toda la liturgia de
hoy advierte: Acuérdate de aquel límite; pero al mismo tiempo: ¡No te quedes en
ese límite! La muerte no es sólo una necesidad "natural". La muerte es un
misterio. Ciertamente, entramos en el tiempo particular en el que toda la
Iglesia. más que nunca, quiere meditar sobre la muerte como misterio del hombre
en Cristo. Cristo-Hijo de Dios aceptó la muerte como necesidad de la naturaleza,
como parte inevitable de la suerte del hombre sobre la tierra. Jesucristo aceptó
la muerte como consecuencia del pecado. Desde el principio, la muerte está
unida al pecado: la muerte del cuerpo («al polvo volverás») y la muerte del
espíritu humano a causa de la desobediencia a Dios, al Espíritu Santo.
Jesucristo aceptó la muerte en señal de obediencia a Dios, para restituir al espíritu humano el don pleno del Espíritu Santo. Jesucristo aceptó la muerte
para vencer al pecado. Jesucristo aceptó la muerte para vencer a la muerte en
la esencia misma de su misterio perenne.
3. Por esto el mensaje del miércoles de ceniza se expresa con las palabras de San
Pablo: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara por medio
de nosotros. Por Cristo os rogamos: Reconciliaos con Dios. A quien no conoció
el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en El fuéramos justicia de Dios»
(2Cor 5, 20-21).
¡Colaborad con El!
El significado del miércoles de ceniza no se limita a recordarnos la muerte y
el pecado; es también una fuerte llamada a vencer el pecado, a convertirnos. Lo
uno y lo otro expresan la colaboración con Cristo. ¡Durante la Cuaresma tenemos
ante los ojos toda la "economía" divina de la gracia y de la salvación! En este
tiempo de Cuaresma acordémonos de «no recibir en vano la gracia de Dios» (2Cor
6, 1).
Jesucristo mismo es la gracia más sublime de la Cuaresma. Es El mismo quien se
presenta ante nosotros en la sencillez admirable del Evangelio: de su palabra y
de sus obras. Nos habla con la fuerza de su Getsemaní, del juicio ante Pilato,
de la flagelación, de la coronación de espinas, del vía crucis, de su
crucifixión, con todo aquello que puede conmover al corazón del hombre.
Toda la Iglesia desea estar particularmente unida a Cristo en este período
cuaresmal, para que su predicación y su servicio sean aún más fecundos. «Este
es el tiempo propicio, éste es el día de la salud» (2Cor 6. 2).
4. Vencido por la profundidad de la liturgia de hoy, te digo, pues, a Ti,
Cristo, yo, Juan Pablo II, Obispo de Roma, con todos mis hermanos y hermanas en
la única fe de tu Iglesia, con todos los hermanos y hermanas de la inmensa
familia humana:
«Apiádate de mí, ¡oh Dios!, según tu benignidad. / Por vuestra gran misericordia
borra mi iniquidad. Crea en mí, ¡oh Dios!, un corazón puro / y renueva dentro de
mí un espíritu recto. No me arrojes de tu presencia / y no quites de mí tu santo
espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación, / sosténgame un espíritu generoso»
(Sal 50).
«Entonces Yavé, encendido en celo por su tierra, perdonó a su pueblo» (Jl 2,
18).
Amén.
© Copyright 1979
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Vaticana
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