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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA CRUZ DE JERUSALÉN
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo 25 de marzo de 1979
1. Hoy viene el Papa a visitar la parroquia cuya iglesia lleva el título de Santa
Cruz de Jerusalén y es una de las estaciones cuaresmales. Gracias a este hecho
podemos referirnos a las tradiciones cuaresmales de Roma. Tales tradiciones, en
las que participaba indirectamente toda la Iglesia católica, estaban unidas a
cada uno de los santuarios de la antigua Roma, en los cuales cada día de
Cuaresma se reunían fieles, clero y obispos. Visitaban con espíritu de
penitencia los lugares santificados por la sangre de los mártires y por la
memoria orante del Pueblo de Dios. Precisamente en el cuarto domingo de
Cuaresma, la estación cuaresmal se celebraba en este santuario en el que nos
encontramos ahora. Las circunstancias de la vida contemporánea, el gran
desarrollo territorial de Roma exigen que durante la Cuaresma se visiten más
bien las parroquias situadas en los barrios nuevos de la ciudad.
La liturgia dominical de hoy comienza con la palabra: Laetare: "¡Alégrate!", es
decir, con la invitación a la alegría espiritual. Yo me alegro porque también
en este domingo, se me ha concedido encontrarme en un lugar santificado por la
tradición de tantas generaciones; en el santuario de la Santa Cruz, que hoy es
estación cuaresmal y, al mismo tiempo, vuestra iglesia parroquial.
2. Vengo aquí para adorar en espíritu, junto con vosotros, el misterio de la
cruz del Señor. Hacia este misterio nos orienta el coloquio de Cristo con Nicodemo, que volvemos a leer hoy en el Evangelio. Jesús tiene ante sí a un
escriba, un perito en la Escritura, un miembro del Sanedrín y, al mismo tiempo,
un hombre de buena voluntad. Por esto decide encaminarlo al misterio de la
cruz. Recuerda, pues, en primer lugar, que Moisés levantó en el desierto la
serpiente de bronce durante el camino de 40 años de Israel desde Egipto a la
Tierra Prometida. Cuando alguno a quien había mordido la serpiente en el
desierto, miraba aquel signo, quedaba con vida (cf. Núm 21, 4-9). Este signo,
que era la serpiente de bronce, preanunciaba otra Elevación: «Es preciso —dice,
desde luego, Jesús— que sea levantado el Hijo del hombre» —y aquí habla de la
elevación sobre la cruz—«para que todo el que creyere en El tenga la vida
eterna» (Jn 3, 14-15). ¡La cruz: ya no sólo la figura que preanuncia, sino la
Realidad misma de la salvación!
Y he aquí que Cristo explica hasta el fondo a su interlocutor, estupefacto pero
al mismo tiempo pronto a escuchar y a continuar el coloquio, el significado de
la cruz:
«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el
que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16).
La cruz es una nueva revelación de Dios. Es la revelación definitiva. En el
camino del pensamiento humano, en el camino del conocimiento de Dios, se
realiza un vuelco radical. Nicodemo, el hombre noble y honesto, y al mismo
tiempo discípulo y conocedor del Antiguo Testamento, debió sentir una sacudida
interior. Para todo Israel Dios era sobre todo Majestad y Justicia. Era
considerado como Juez que recompensa o castiga. Dios, de quien habla Jesús, es
Dios que envía a su propio Hijo no «para que juzgue al mundo, sino para que el
mundo sea salvo por El» (Jn 3, 17). Es Dios del amor, el Padre que no retrocede
ante el sacrificio del Hijo para salvar al hombre.
3. San Pablo, con la mirada fija en la misma revelación de Dios, repite hoy por
dos veces en la Carta a los efesios: «De gracia habéis sido salvados» (Ef 2. 5).
«De gracia habéis sido salvados por la fe» (Ef 2, 8). Sin embargo, este Pablo,
así como también Nicodemo, hasta su conversión fue el hombre de la Ley Antigua.
En el camino de Damasco se le reveló Cristo y desde ese momento Pablo entendió
de Dios lo que proclama hoy: «...Dios, que es rico en misericordia, por el gran
amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio
vida por Cristo —de gracia habéis sido salvados—» (Ef 2, 4-5).
¿Qué es la gracia? «Es un don de Dios». El don que se explica con su amor. El
don está allí donde está el amor. Y el amor se revela mediante la cruz. Así dijo
Jesús a Nicodemo. El amor, que se revela mediante la cruz, es precisamente la
gracia. En ella se desvela el más profundo rostro de Dios. El no es sólo el
juez. Es Dios de infinita majestad y de extrema justicia. Es Padre, que quiere
que el mundo se salve; que entienda el significado de la cruz. Esta es la
elocuencia más fuerte del significado de la ley y de la pena. Es la palabra que
habla de modo diverso a las conciencias humanas. Es la palabra que obliga de
modo diverso a las palabras de la ley y a la amenaza de la pena. Para entender
esta palabra es preciso ser un hombre transformado. El de la gracia y de la
verdad. ¡La gracia es un don que compromete! ¡El don de Dios vivo, que
compromete al hombre para la vida nueva! Y precisamente en esto consiste ese
juicio del que habla también Cristo a Nicodemo: la cruz salva y, al mismo
tiempo, juzga. Juzga diversamente. Juzga más profundamente. «Porque todo el
que obra el mal, aborrece la luz»... —¡precisamente esta luz estupenda que
emana de la cruz!—. «Pero el que obra la verdad viene a la luz» (Jn 3, 20-21).
Viene a la cruz. Se somete a las exigencias de la gracia. Quiere que lo
comprometa ese inefable don de Dios. Que forje toda su vida. Este hombre oye en
la cruz la voz de Dios, que dirige la palabra a los hijos de esta tierra
nuestra, del mismo modo que habló una vez a los desterrados de Israel mediante
Ciro, rey de Persia, con la invocación de esperanza. La cruz es invocación de
esperanza.
4. Es preciso que nosotros reunidos en esta estación cuaresmal de la cruz de
Cristo, nos hagamos estas preguntas fundamentales, que fluyen de la cruz hacia
nosotros. ¿Qué hemos hecho y qué hacemos para conocer mejor a Dios? Este Dios
que nos ha revelado Cristo. ¿Quién es El para nosotros? ¿Qué lugar ocupa en
nuestra conciencia, en nuestra vida?
Preguntémonos por este lugar, porque tantos factores y tantas circunstancias
quitan a Dios este puesto en nosotros. ¿No ha venido a ser Dios para nosotros ya
sólo algo marginal? ¿No está cubierto su nombre en nuestra alma con un montón
de otras palabras? ¿No ha sido pisoteado como aquella semilla caída «junto al
camino» (Mc 4, 4)? ¿No hemos renunciado interiormente a la redención mediante
la cruz de Cristo, poniendo en su lugar otros programas puramente temporales,
parciales, superficiales?
5. El santuario de la Santa Cruz es un lugar en el que debemos hacernos estas
preguntas fundamentales. La parroquia es una comunidad reanimada por la cruz de
Cristo.
¿Qué decir de vuestra comunidad parroquial?
Deseo que ella, viva y operante desde 1910, sea siempre resorte de vida
cristiana, fecundada por la fervorosa y asidua frecuencia de los sacramentos de
la Eucaristía y de la Reconciliación; iluminada por la catequesis continua a
todos los niveles, por la profundización en la Palabra de Dios y por el
conocimiento de Jesucristo, se manifieste en una dedicación activa y generosa
hacia los hermanos necesitados en cualquier modo de nuestra obra y de nuestro
afecto.
Tomando ocasión de esta visita de hoy, que es al mismo tiempo una peregrinación
al santuario de la cruz de Cristo, me uno a todos vosotros aquí presentes.
Deseo unirme al párroco, a cuyo celo y responsabilidad está confiada esta
porción del Pueblo de Dios; a los sacerdotes que colaboran con él en la pastoral
parroquial; a la comunidad monástica de los cistercienses, que hacen revivir el
espíritu de San Bernardo en la oración y en el sacrificio; me uno a los padres y
madres que se entregan al bien de sus hijos con abnegación ejemplar; me uno a
los jóvenes y a las jóvenes que quieren traer su aportación de ideas y de actividad para el
crecimiento de una sociedad mejor me uno a los muchachos y a los niños que con
su natural inocencia hacen alegre este mundo; me uno a las religiosas que
desarrollan su apostolado en el ámbito de la parroquia: las Apóstoles del
Sagrado Corazón. las Hijas de Nuestra Señora del Monte Calvario, las Hermanas
del Apostolado Católico, las Hermanas Carmelitas, las Hijas de Nuestra Señora
de la Pureza, las Hermanas Adoratrices de la Preciosísima Sangre, las Hermanas
de San losé, las Hermanas de los Pobres de San Vicente, las Hermanas
Terciarias Franciscanas de Todos los Santos, las Hermanas Hijas de la
Misericordia, las Hijas del Sagrado Corazón, las Hermanas Oblatas Cistercienses
de la Caridad. Pero en particular me uno a los pobres, a los enfermos, a los
ancianos, a todos los que sufren soledad, incomprensión, marginación, hambre de
afecto, y les pido que se unan con Cristo colgado de la cruz y le ofrezcan sus
sufrimientos por la Iglesia y por el Papa.
Y confesemos con humildad nuestras culpas, nuestras negligencias nuestra
indiferencia en relación con este Amor que se ha revelado en la cruz. Y a la vez
renovémonos en el espíritu con gran deseo de la vida, de la vida de gracia, que
eleva continuamente al hombre. lo fortifica, lo compromete. Esa gracia que da la
plena dimensión a nuestra existencia sobre la tierra.
Así sea.
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Vaticana
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