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CELEBRACIÓN DE LA PASCUA CON LOS UNIVERSITARIOS DE ROMA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de san Pedro
Jueves 5 de abril de 1979

 

1. Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros" (Lc 22, 15).

Estas palabras de Cristo me vienen hoy a la mente mientras nos encontramos juntos en torno al altar de la basílica de San Pedro, para participar en la celebración de la Eucaristía. Desde el comienzo, desde cuando me fue concedido estar en este altar, he deseado mucho encontrarme con vosotros, con la juventud que estudia en la universidad y en las escuelas superiores de esta ciudad. Sentía que me faltabais vosotros, universitarios de la diócesis del Papa. Tenía deseo, dejádmelo decir, de sentiros cercanos. Estoy habituado desde hace años a estos encuentros. Muchas veces en el período de Cuaresma —y también de Adviento— me era dado encontrarme en medio de los estudiantes universitarios de Cracovia, con ocasión de la clausura de los ejercicios espirituales que reunían a miles de participantes. En este día me encuentro con vosotros. Os saludo cordialmente a todos los que estéis aquí presentes. Y en vosotros y por medio de vosotros saludo a todos vuestros compañeros y compañeras, a vuestros profesores, investigadores, a vuestras facultades, organizaciones, a los responsables de vuestros ambientes. Saludo a toda la Roma académica.

En este tiempo en el que Cristo nos habla de nuevo cada año en la vida de la Iglesia con su "Pascua", se descubre en los corazones humanos, particularmente en los corazones jóvenes, la necesidad de estar con El. El tiempo de Cuaresma, la Semana Santa, el triduo sacro, son no sólo un recuerdo de los acontecimientos ocurridos hace casi dos mil años, sino que constituyen una invitación particular a la participación.

2. Pascua significa "Paso".

En el Antiguo Testamento significaba el éxodo de la "casa de la esclavitud'', de Egipto, y el paso del Mar Rojo, bajo una protección singular de Yavé, hacia la "Tierra Prometida". La peregrinación duró cuarenta años. En el Nuevo Testamento esta Pascua histórica se ha cumplido en Cristo durante los tres días: del jueves por la tarde a la mañana del domingo. Y significa el paso a través de la muerte hacia la resurrección, y a la vez el éxodo de la esclavitud del pecado a la participación en la vida de Dios mediante la gracia. Cristo dice en el Evangelio de hoy: "Si alguno guardare mi palabra, jamás verá la muerte" (Jn 8, 51). Estas palabras indican al mismo tiempo lo que es el Evangelio. Es el libro de la vida eterna, hacia la que corren los innumerables caminos de la peregrinación terrena del hombre. Cada uno de nosotros anda sobre uno de esos caminos. El Evangelio instruye sobre cada uno de ellos. Y precisamente en esto consiste el misterio de este libro sagrado. De aquí nace el hecho de que sea tan leído, y de aquí proviene su actualidad. Nuestra vida adquiere a la luz del Evangelio una dimensión nueva. Adquiere su sentido definitivo. Por esto la vida misma demuestra que es un paso.

3. La vida humana es paso.

Esta vida no es un conjunto que se encierra de modo definitivo entre la fecha del nacimiento y la de la muerte. Está abierta hacia la realización última en Dios. Cada uno de nosotros siente dolorosamente el fin de la vida, el límite que pone la muerte. Cada uno de nosotros, de algún modo, es consciente del hecho que el hombre no está contenido completamente en estos límites, y que no puede morir definitivamente. Demasiadas preguntas no pronunciadas y demasiados problemas no resueltos —si no en la dimensión de la vida personal, individual, al menos en la dimensión de la vida de las comunidades humanas: de las familias, de las naciones, de la humanidad— se detienen en el momento de la muerte de cada hombre. En efecto, ninguno de nosotros vive solo. A través de cada hombre pasan diversos círculos. Ha dicho también Santo Tomás: Anima humana est quodammodo omnia (Comen. in Arist. De Anima, III, 8, lect. 13). Llevamos en nosotros la necesidad de "universalización". En un determinado momento, la muerte interrumpe todo esto...

¿Quién es Cristo? Es el Hijo de Dios que asumió la vida humana en su orientación temporal hacia la muerte. Aceptó la necesidad de la muerte. Antes que la muerte lo alcanzara, le amenazó varias veces. El Evangelio de hoy nos recuerda una de estas amenazas: "...tomaron piedras para arrojárselas" (Jn 8, 59).

Cristo es el que ha aceptado toda la realidad del morir humano. Y precisamente por esto es el que ha realizado un cambio fundamental en el modo de entender la vida. ¡Ha enseñado que la vida es un paso!, no solamente hacia la frontera de la muerte, sino hacia una vida nueva. Así la cruz ha venido a ser para nosotros la Cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre. Todos debemos ser alumnos de esta Cátedra, "en curso o fuera de curso". Entonces comprenderemos que la cruz es también la cuna del hombre nuevo.

Los que son sus alumnos miran la vida así, la comprenden así. Y enseñan así a los otros. Imprimen este significado de la vida en toda la realidad temporal: en la moralidad, en la creatividad, en la cultura, en la política, en la economía. Se ha afirmado muchas veces —como sostenían, por ejemplo, los seguidores de Epicuro en los tiempos antiguos, y como hacen en nuestra época por otros motivos los secuaces de Marx— que tal concepto de la vida aparta al hombre de la realidad temporal y que, en cierto modo, la anula. La verdad es muy otra. Sólo tal concepción de la vida da plena importancia a todos los problemas de la realidad temporal. Abre la posibilidad de situarlos bien en la existencia del hombre. Y una cosa es segura: tal concepción de la vida no permite encerrar al hombre en las cosas de la temporalidad, no permite subordinarlo completamente a ellas Decide su libertad.

4. La vida es una prueba.

Dando a la vida humana este significado "pascual", es decir, que es paso, que es paso a la libertad, Jesucristo ha enseñado con su palabra y también con su propio ejemplo que la vida es una prueba. La prueba corresponde a la importancia de las fuerzas que se acumulan en el hombre. El hombre es creado "para" la prueba, y llamado a ella desde el principio. Es necesario pensar profundamente en esta llamada, ya al meditar los primeros capítulos de la Biblia, particularmente los tres primeros. Allí se define al hombre no sólo como un ser creado "a imagen de Dios" (Gén 1, 26-27), sino al mismo tiempo como un ser sometido a prueba. Y ésta es —si analizamos bien el texto— la prueba del pensamiento, del "corazón" y de la voluntad. la prueba de la verdad y del amor. En este sentido es al mismo tiempo la prueba de la Alianza con Dios. Cuando esta primera Alianza fue rota, Dios la realizó de nuevo. Las lecturas de hoy recuerdan la Alianza con Abraham, que fue un camino de preparación para la venida de Cristo.

Cristo confirma este significado de la vida: es la gran prueba del hombre. Y precisamente por esto tiene sentido para el hombre. En cambio, no tiene sentido si pensamos que el hombre en la vida sólo debe sacar provecho, usar, "tomar", más aún, luchar encarnizadamente por el derecho de aprovechar, usar, "tomar".

La vida tiene sentido cuando se la considera y se la vive como una prueba de carácter ético. Cristo confirma este sentido y, al mismo tiempo, define la adecuada dimensión de esta prueba que es la vida humana. Leamos de nuevo detenidamente, por ejemplo, el sermón de la montaña y también el capítulo 25 del Evangelio de Mateo: la imagen del juicio. Basta esto sólo para renovar en nosotros la conciencia fundamental cristiana en el sentido de la vida.

El concepto de la "prueba" se vincula estrechamente con el concepto de la responsabilidad. Ambos están orientados por nuestra voluntad, por nuestros actos, Aceptad, queridos amigos, estos dos conceptos —o mejor, estas dos realidades— como los elementos de la construcción de la propia humanidad. Esta humanidad vuestra es ya madura y, al mismo tiempo, todavía es joven. Se encuentra en fase de formación definitiva del proyecto de la vida. Esta formación se realiza precisamente en los años "académicos", en el tiempo de los estudios superiores. Quizá ese proyecto personal de vida depende ahora de muchas incógnitas. Quizá os falta todavía una visión exacta de vuestro puesto en la sociedad, del trabajo para el que os preparáis a través de vuestros estudios. Ciertamente, ésta es una dificultad grande; pero las dificultades de este género no pueden paralizar vuestras iniciativas. No pueden hacer surgir sólo la agresión. La agresión, de por sí, no resolverá nada. No cambiará la vida en mejor. La agresión sólo puede volverla "mala de otro modo". Siento que estáis denunciando con vuestro lenguaje tan franco la vejez de las ideologías y la insuficiencia ideal de la "máquina social". Pues bien, para promover la verdadera dignidad —incluso intelectual— del hombre y no dejaros enredar por parte vuestra en sectarismos diversos, no olvidéis que es indispensable adquirir una profundo formación basada en la enseñanza que nos ha dejado Cristo en sus palabras y en el ejemplo de la propia vida. Tratad de aceptar las dificultades que debéis afrontar precisamente como una parte de esa prueba que es la vida de cada hombre. Es necesario asumir esta prueba con toda responsabilidad. Se trata de una responsabilidad al mismo tiempo personal: para mi vida, para su perfil futuro, para su valor; y es también a la vez responsabilidad social: para la justicia y la paz, para el orden moral del propio ambiente nativo y de toda le sociedad, es una responsabilidad para el auténtico bien común. El hombre que tiene tal conciencia del sentido de la vida no destruye, sino que construye el futuro. Nos lo enseña Cristo.

5. Y nos enseña también que la vida humana tiene el sentido de un testimonio de la verdad y del amor. Hace poco tuve ocasión de expresarme sobre este tema, hablando a la juventud universitaria de México y de las otras naciones de América Latina. Me permita citar algunos pensamientos de aquel discurso que quizá interesa también a los estudiantes europeos y romanos. Existe hoy una implicación mundial de compromisos, de miedos y al mismo tiempo de esperanzas, de modos de pensar y valorar, que atormentan vuestro mundo joven. En aquella ocasión puse de relieve, entre otras Cosas, que es necesario promover una "cultura integral que mira al desarrollo completo de la persona humana, en la que resaltan los valores de la inteligencia, voluntad, conciencia, fraternidad. basados todos en Dios Creador y que han sido elevados maravillosamente en Cristo (cf. Gaudium et spes, 61)". Esto es. a le formación científica es necesario añadir una profunda formación moral y cristiana, que se viva profundamente y que realice una síntesis cada vez más armónica entre fe y razón, entre fe y cultura, entre fe y vida. Unir a la vez la dedicación a una investigación científica rigurosa, y el testimonio de una vida cristiana auténtica: he aquí el compromiso entusiasmante de todo estudiante universitario (cf. AAS 71, 1979, págs. 236-237). Y os repito también lo que en febrero escribí a los estudiantes de las escuelas latinoamericanas: "Los estudios deben comportar no sólo una determinada cantidad de conocimientos adquiridos en el curso de la especialización. sino también una peculiar madurez espiritual, que se presenta como responsabilidad por la verdad: por la verdad en el pensamiento y en la acción" (ib., pág. 253).

Nos basten estas pocas citas.

En el mundo contemporáneo existe una gran tensión. En fin de cuentas, ésta es una tensión por el sentido de la vida humana, por el significado que podemos y debemos dar a esta vida si debe ser digna del hombre, si debe ser tal que valga la pena vivirla. Existen también síntomas claros de alejamiento de estas dimensiones: en efecto. el materialismo bajo diversas formas, heredado de los últimos siglos, es capaz de coartar este sentido de la vida. Pero el materialismo no forma de ningún modo las raíces más profundas de la cultura europea ni mundial. No es de ningún modo un correlativo ni una expresión plena del realismo epistemológico ni ático.

Cristo —permitidme decirlo así— es el realista más grande de la historia del hombre. Reflexionad un poco sobre esta formulación. Meditad lo que puede significar.

Precisamente en virtud de este realismo Cristo da testimonio al Padre y al hombre. En efecto, El mismo sabe "lo que hay en cada hombre" (Jn 2. 25). ¡El lo sabe! Lo repito sin querer ofender a ninguno de los que en cualquier tiempo han tratado o tratan hoy de entender lo que es el hombre y quieren enseñarlo.

Y precisamente basado en este realismo Cristo enseña que la vida humana tiene sentido en cuanto es testimonio de la verdad y del amor.

Pensad sobre esto, vosotros que como estudiantes debéis ser particularmente sensibles a la verdad y al testimonio de la verdad. Vosotros, por así decirlo, sois los profesionales de la inteligencia, en cuanto os aplicáis al estudio de las humanidades y las ciencias, con miras a preparar el oficio que os espera en la sociedad.

Pensad sobre esto vosotros que, teniendo corazones jóvenes, sentís cuánta necesidad de amor nace en ellos. Vosotros que buscáis una forma de expresión para este amor en vuestra vida. Hay algunos que encuentran tal expresión en la entrega exclusiva de sí mismos a Dios. La grandísima mayoría son los que encuentran la expresión de este amor en el matrimonio, en la vida de familia. Preparaos sólidamente a esto. Recordad que el amor como sentimiento noble es don del corazón, pero a la vez un gran deber que es necesario asumir en favor de otro hombre, en favor de ella, de él. Cristo espera este amor vuestro. Desea estar con vosotros cuando se forma en vuestros corazones y cuando madura en el compromiso sacramental. Y después y siempre.

6. Cristo dice: "Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros" (Lc 22, 15). Cuando la comió por vez primera con los discípulos, pronunció palabras particularmente cordiales y particularmente comprometidas: "Ya no os llamo siervos... pero os digo amigos" (Jn 15, 15); "éste es mi precepto: que os améis unos a otros" (Jn 15. 12). Recordad estas palabras del discurso de despedida de Cristo, del Evangelio de Juan, ahora, en el período de la pasión del Señor. Volved a pensar en elles de nuevo.

Purificad vuestros corazones en el sacramento de la reconciliación. Mienten los que acusan la invitación de la Iglesia a la penitencia como proveniente de una mentalidad "represiva". La confesión sacramental no constituye una represión, sino una liberación; no despierta el sentido de culpa, sino que borra la culpa. absuelve el mal cometido y da la gracia del perdón. Las causas del mal no se buscan fuera del hombre, sino ante todo en el interior de su corazón; y el remedio parte también del corazón. Los cristianos. pues, mediante le sinceridad del propio compromiso de conversión, deben rebelarse contra el aplanamiento del hombre y proclamar con la propia vida la alegría de la verdadera liberación del pecado mediante el perdón de Cristo. La Iglesia no tiene a punto un proyecto propio de escuela universitaria, de sociedad; pero tiene un proyecto de hombre, del hombre nuevo, renacido por la gracia. Encontrad de nuevo la verdad interior de vuestras conciencias. El Espíritu Santo os conceda la gracia de un sincero arrepentimiento, de un propósito firme de contrición y de una sincera confesión de las culpas.

Os conceda una profunda alegría espiritual.

Se acerca "el día que hizo el Señor" (Sal 177/175, 24).

¡Estad preparados para ese día!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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