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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE
SAN PANCRACIO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo 22 de abril de 1979
1. Hoy estamos sobre las huellas de la antiquísima tradición de la Iglesia,
la del II domingo de Pascua, llamado in Albis, que está vinculado a la
liturgia de la Pascua y, sobre todo, a la liturgia de la Vigilia Pascual. Esta
Vigilia, como atestigua incluso su forma actual, representaba un día grande
para los catecúmenos, que durante la noche pascual, por medio del bautismo,
eran sepultados juntamente con Cristo en la muerte para poder caminar en una
vida nueva, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la
gloria del Padre (cf. Rom 6, 4).
San Pablo ha presentado el misterio del bautismo en esta imagen sugestiva. Los
catecúmenos recibían el bautismo precisamente durante la Vigilia Pascual, como
hemos tenido la suerte de hacer también este año, cuando he conferido el
bautismo a niños y adultos de Europa, Asia y África.
De este modo la noche que precede al domingo de la Resurrección se ha
convertido realmente para ellos en "Pascua", es decir, el Paso del pecado, o
sea, de la muerte del espíritu, a la Gracia; esto es, a la vida en el Espíritu
Santo. Ha sido la noche de una verdadera resurrección en el Espíritu. Como
signo de la gracia santificante, los neo-bautizados recibían, durante el
bautismo, una vestidura blanca, que los distinguía durante toda la octava de
Pascua. En este día del II domingo de Pascua, deponían tales vestidos; de donde
el antiquísimo nombre de este día: domingo in Albis depositis.
Esta tradición en Roma está unida a la iglesia de San Pancracio. Precisamente
aquí es hoy la estación litúrgica. Por esto tenemos la suerte de unir la visita
pastoral de la parroquia a la tradición romana de la estación del domingo in
Albis.
2. Hoy, pues, deseamos cantar juntos aquí la alegría de la
resurrección del Señor, así como lo anuncia la liturgia de este domingo.
«Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia...
Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117 [118], 1, 24).
Deseamos también dar gracias por el inefable don de la fe, que ha
descendido a nuestros corazones y se refuerza constantemente mediante el
misterio de la resurrección del Señor. San Juan nos habla hoy de la grandeza de
este don en las potentes palabras de su Carta: "Todo el engendrado de Dios
vence al mundo; y ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe. ¿Y quién
es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1
Jn 5, 4-5).
Nosotros, pues, damos gracias a Cristo resucitado con una gran alegría en el
corazón, porque nos hace participar en su victoria. Al mismo tiempo, le
suplicamos humildemente para que no cesemos nunca de ser partícipes, con la fe,
de esta victoria: particularmente en los momentos difíciles y críticos, en los
momentos de las desilusiones y de los sufrimientos,- cuando estamos expuestos a
la tentación y a las pruebas. Sin embargo, sabemos lo que escribe San Pablo:
"Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán
persecuciones" (2 Tim 3, 12). Y he aquí todavía las palabras de San
Pedro: "...exultáis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco, en las
diversas tentaciones, para que vuestra fe, probada, más preciosa que el oro,
que se corrompe aunque acrisolado por el fuego, aparezca digna de alabanza,
gloria y honor en la revelación de Jesucristo" (1 Pe 1, 6-7).
3. Los cristianos de las primeras generaciones de la Iglesia se preparaban para
el bautismo largamente y a fondo. Este era el período del catecumenado,
cuyas tradiciones se reflejan todavía en la liturgia de la Cuaresma. Estas
tradiciones se vivían cuando los adultos se preparaban para el bautismo. A
medida que se fue desarrollando la tradición del bautismo de los niños, el
catecumenado en esta forma debía desaparecer. Los niños recibían el bautismo
en la fe de la Iglesia, de la que era fiadora toda la comunidad cristiana (que
hoy se llama "parroquia"), y ante todo lo era su propia familia. La liturgia
renovada del bautismo de los niños pone ahora más de relieve este aspecto.
Los padres, con los padrinos y madrinas, profesan la fe, hacen las promesas
bautismales y asumen la responsabilidad de la educación cristiana de su niño.
De este modo, el catecumenado se traslada en cierta manera a un
período posterior, al tiempo del progresivo crecer y convertirse en adultos;
el bautizado, pues, debe adquirir de sus más allegados y en la comunidad
parroquial de la Iglesia una conciencia viva de esa fe, de la que ya antes ha sido hecho partícipe
mediante la gracia del bautismo. Es difícil llamar "catecumenado" a este
proceso en el sentido primero y propio de la palabra. No obstante, es el
equivalente del auténtico catecumenado y debe desarrollarse con la misma
seriedad y el mismo celo que el que antes precedía al bautismo. En este punto
convergen y se unen los deberes de la familia cristiana y de la parroquia. Es
necesario que, en esta ocasión, nos demos cuenta de ello con una claridad y
fuerza particular.
4. La parroquia, como comunidad fundamental del Pueblo de Dios y como parte
orgánica de la Iglesia, en cierto sentido, tiene su origen en el sacramento
del bautismo. En efecto, es la comunidad de los bautizados. Mediante cada
bautismo, la parroquia participa de modo especial en el misterio de la muerte y
de la resurrección de Cristo. Todo su esfuerzo pastoral y apostólico mira a que
todos los feligreses tengan conciencia del bautismo, para que perseveren en la
gracia, esto es, en el estado de hijos de Dios, y gocen de los frutos del
bautismo, tanto en la vida personal, como en la familiar y social. Por esto es
particularmente necesaria la renovación de la conciencia del bautismo. En la
vida de la parroquia es un valor fundamental emprender este catecumenado —que
falta ahora en la preparación al bautismo— y realizarlo en las diversas etapas
de la vida.
Precisamente en esto consiste la función de la catequesis, que debe extenderse
no sólo al período de la escuela elemental, sino también a las escuelas
superiores y a períodos ulteriores de la vida.
En particular es indispensable la catequesis sacramental como preparación a la
primera comunión y a la confirmación; es de gran importancia la preparación al
sacramento del matrimonio.
Además, el hombre bautizado, si quiere ser cristiano "con obras y de verdad",
debe permanecer, en su existencia, constantemente fiel a la catequesis recibida:
ella le dice, efectivamente, cómo debe comprender y actuar su cristianismo en
los diversos momentos y ambientes de la vida profesional, social, cultural. Esta
es la vasta tarea de la catequesis de los adultos.
Gracias a Dios, esta actividad se desarrolla ampliamente en la vida de la
diócesis de Roma y de vuestra parroquia.
5. En efecto, estoy al corriente de las numerosas iniciativas de catequesis y
de vida asociativa que las instituciones parroquiales desarrollan con la ayuda
de numerosas familias religiosas, femeninas y masculinas, y de varios
movimientos eclesiales. Una mención particular corresponde a los beneméritos
padres carmelitas descalzos, que se dedican generosamente al progreso
espiritual de esta parroquia de San Pancracio. La numerosa concurrencia que se
ha concentrado hoy aquí es sólo un estímulo más para un incansable compromiso
apostólico. Mi palabra, por tanto, se hace exhortación y aliento, tanto a los
responsables parroquiales para que prosigan gozosamente en su servicio al
Cuerpo de Cristo, como a todos los miembros de la comunidad, para que
encuentren siempre y conscientemente en ella el lugar mejor para su
crecimiento en la fe, en la esperanza y en el amor, para testimoniarlos al
mundo.
6. En el domingo in Albis la liturgia de la Iglesia hace de nosotros
testigos del encuentro de Cristo resucitado con los Apóstoles en el Cenáculo de
Jerusalén. La figura del Apóstol Tomás y el coloquio de Cristo con él
atrae siempre nuestra atención particular. El Maestro resucitado le permite de
modo singular reconocer las señales de su pasión y convencerse así de la
realidad de la resurrección. Entonces Santo Tomás, que antes no quería creer,
expresa su fe con las palabras: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28).
Jesús le responde: "Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver
creyeron" (Jn 20, 29).
Mediante la experiencia de la Cuaresma, tocando en cierto sentido las señales
de la pasión de Cristo, y mediante la solemnidad de su resurrección, se renueve
y se refuerce nuestra fe, y también la fe de los que están desconfiados, tibios,
indiferentes, alejados.
¡Y la bendición que el Resucitado pronunció en el coloquio con Tomás, "dichosos
los que han creído", permanezca con todos nosotros!
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