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BEATIFICACIÓN DE LOS SIERVOS DE DIOS
FRANCISCO COLL Y SANTIAGO DESIDERIO LAVAL

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Domingo 29 de abril de 1979

 

1. Aleluya. Aleluya. En este III domingo de Pascua nuestro gozo pascual se manifiesta como un eco de la alegría desbordante de los Apóstoles, que reconocieron a Cristo resucitado ya desde el primer día. La tarde de Pascua "Cristo se presentó en medio de ellos". "Les mostró sus manos y sus pies". Les invitó a palparlo con sus manos. Comió con ellos (cf. Lc 24, 36. 39. 40). Sobrecogidos de estupor y tardos en creer, los Apóstoles lo reconocieron al fin. "Se alegraron viendo al Señor" (Jn 20, 20; Lc 24, 41); y en adelante nadie podrá quitarles este gozo (cf. Jn 16, 22), ni acallar su testimonio (cf. Act 4, 20). Poco antes, a los discípulos de Emaús les ardía el corazón mientras Jesús les hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras; y lo habían reconocido ellos también en el partir el pan (cf. Lc 24, 32. 35).

La alegría de estos testigos es también la nuestra, queridos hermanos y hermanas, pues participamos de su fe en Cristo resucitado. Glorificado junto al Padre, sigue atrayendo a los hombres hacia El y sigue comunicándoles su vida, el Espíritu de santidad, a la vez que les prepara un lugar en la casa de su Padre. Precisamente hoy este gozo encuentra confirmación esplendente, pues celebramos a dos servidores admirables de Dios que brillaron en nuestra tierra el siglo pasado con la santidad de Cristo, y que la Iglesia está ya en condiciones de declarar Beatos y proponer al culto particular y a la admiración de los fieles: el p. Laval y el p. Coll. que ahora vamos a contemplar.

2. Es imposible evidentemente enumerar aquí todos los hechos salientes de la vida del padre Santiago Desiderio Laval, ni todas las virtudes cristianas que practicó en grado heroico. Recojamos al menos lo que caracteriza a este misionero en relación con la misión actual de la Iglesia.

Es ante todo su afán de evangelizar a los pobres, a los más pobres, y concretamente a sus "queridos Negros" de la Isla Mauricio, como él los llamaba. Era francés; en un primer momento ejerció la medicina en una ciudad pequeña de su diócesis natal, Evreux; pero poco a poco la llamada al amor exclusivo al Señor que en otro tiempo había rechazado, le hizo abandonar la profesión y la vida mundana: "Siendo sacerdote podré hacer más bien", explicó a su hermano (cf. Biografía). Vocación tardía en el seminario de San Sulpicio de París, se dedicó ya al servicio de los pobres; después, siendo cura de la pequeña parroquia normanda de Pinterville, compartió sus haberes con los indigentes. Pero cuando conoció la miseria que padecían los Negros de África y la urgencia de llevarlos a Cristo, consiguió marchar a la Isla Mauricio con el vicario apostólico, mons. Collier. Durante 23 años, o sea hasta su muerte, consagró todo su tiempo, dedicó todas sus fuerzas, entregó el corazón entero a la evangelización de los autóctonos; sin jamás cansarse supo escucharlos, enseñarles catecismo y llevarles a descubrir su vocación cristiana. Con frecuencia intervino asimismo para conseguir que mejorase su situación sanitaria y social.

El empeño que puso en ello no deja de sorprendernos, sobre todo en las condiciones desalentadoras en que se desenvolvía su misión. Pero siempre fue a lo esencial en su apostolado. El hecho es que nuestro misionero dejó tras sí innumerables convertidos a la fe y a la piedad sólidas. No era aficionado a las ceremonias exuberantes, atractivas para estas almas sencillas pero sin futuro; ni tampoco se inclinaba a arrebatos oratorios. Su labor educativa se insertaba plenamente en la vida; no vacilaba en volver una y otra vez sobre los puntos esenciales de la doctrina y la práctica cristianas, y sólo admitía al bautismo y a la primera comunión a personas preparadas en grupos pequeños y ya probadas. Tuvo gran cuidado en poner a disposición de los fieles capillas pequeñas diseminadas por la isla. Otra iniciativa notable, que entra asimismo en las preocupaciones de muchos Pastores hoy día: se rodeó de colaboradores, hombres y mujeres, haciéndolos jefes de oración, catequistas, visitadores y asesores de enfermos, responsables de pequeñas comunidades cristianas; dicho de otro modo pobres evangelizadores de pobres.

¿Cuál es. por tanto, el secreto de su celo misionero? Lo encontramos en su santidad, en la entrega de toda su persona a Jesucristo, que es inseparable del amor hacia los hombres, sobre todo hacia los más humildes, a quienes quiere encaminar a la salvación de Cristo. Todo el tiempo que no dedicaba al apostolado directo lo pasaba en oración, sobre todo ante el Santísimo Sacramento; y a la oración unía constantemente mortificaciones y penitencias que impresionaban mucho a sus hermanos, a pesar de su discreción y humildad. Muchas veces lamentaba él mismo su tibieza espiritual —digamos más bien su sentimiento de sequedad—; y, ¿acaso no es precisamente porque concede gran valor al amor ferviente a Dios y a María, en el que quiere iniciar a sus fieles? Aquí está también el secreto de su paciencia apostólica: "Sólo nos apoyamos en Dios y en la protección de la Santísima Virgen" (Carta del 6 de julio de 1853, cf. Biografía). ¡Qué magnífica confesión! Su espiritualidad misionera encajó desde el principio en un instituto joven misionero y mariano, y se comprometió a seguir las exigencias espirituales del mismo, a pesar de su soledad y de la distancia geográfica. Es la Sociedad del Santo Corazón de María, del que fue uno de los primeros miembros al lado del célebre padre Libermaun, y que se fusionará muy pronto con la congregación del Espíritu Santo. Hoy copio ayer el apóstol debe alimentar primero el propio vigor espiritual: da testimonio de lo que él bebe continuamente de la Fuente.

He aquí un modelo para los evangelizadores de hoy. ¡Ojalá que este ejemplo mueva a los misioneros y —me atrevo a decir— a todos los sacerdotes, que tienen la misión sublime de anunciar a Jesucristo y de formar en la vida cristiana!

Y a título particular sea gozo y estímulo de los religiosos del Espíritu Santo, que no han cesado de implantar la Iglesia sobre todo en tierra africana y actúan en ella con tanta generosidad.

Que el ejemplo del padre Laval anime a cuantos se esfuerzan por construir un mundo fraterno, libre de prejuicios raciales, ya sea en el continente africano o en otros lugares. Que el Beato Laval sea también orgullo, ideal y protector de la comunidad cristiana de la Isla Mauricio, tan dinámica en la actualidad; y de todos los mauricianos:

A estos deseos me complazco en añadir un saludo muy cordial a la Delegación del Gobierno de Isla Mauricio y a la del Gobierno francés que han venido a tomar parte en esta ceremonia.

3. Un segundo motivo de alegría eclesial es la beatificación de otra figura que la Iglesia quiere hoy exaltar y proponer a la imitación del Pueblo de Dios: el padre Francisco Coll. Una nueva gloria de la gran familia dominicana y, no menos, de la familia diocesana de Vich. Un religioso y a la vez un modelo de apóstol —durante gran parte de su vida— entre las filas del clero vicense.

Una de esas personalidades eclesiales que, en la segunda mitad del siglo XIX, enriquecen a la Iglesia con nuevas fundaciones religiosas. Un hijo de la tierra española, de Cataluña, en la que han brotado tantas almas generosas que han legado a la Iglesia una herencia fecunda.

En nuestro caso, esa herencia se concreta en una labor magnífica e incansable de predicación evangélica, que culmina en la fundación del instituto hoy llamado de las Religiosas Dominicas de la Anunciata, en gran número aquí presentes para celebrar a su padre Fundador, unidas a tantos miembros de las diversas obras a las que la congregación ha dado vida.

No podemos presentar ahora una semblanza completa del nuevo Beato, espejo admirable —como habéis podido observar a través de la lectura de su biografía— de heroicas virtudes humanas, cristianas, religiosas, que le hacen digno de elogio y de imitación en nuestra peregrinación terrena. Limitémonos a discurrir brevemente acerca de un aspecto más saliente en esta figura eclesial.

Lo que más impresiona al acercarse a la vida del nuevo Beato es su afán evangelizador. En un momento histórico muy difícil, en el que las convulsiones sociales y las leyes persecutorias contra la Iglesia le hacen abandonar su convento y vivir permanentemente fuera de él, el padre Coll, colocándose por encima de inspiraciones humanas, sociológicas o políticas, se consagra enteramente a una asombrosa tarea de predicación. Tanto durante su ministerio parroquial, especialmente en Artés y Moyá, como en su fase posterior de misionero apostólico, el padre Coll se manifiesta un verdadero catequista, un evangelizador, en la mejor línea de la Orden de Predicadores.

En sus incontables correrías apostólicas por toda Cataluña. a través de memorables misiones populares y otras formas de predicación, el padre Coll —mosén Coll para muchos— es transmisor de fe, sembrador de esperanza, predicador de amor, de paz, de reconciliación entre quienes las pasiones, la guerra y el odio mantenían divididos. Verdadero hombre de Dios, vive en plenitud su identidad sacerdotal y religiosa, hecha fuente de inspiración en toda su tarea. A quien no siempre comprende los motivos de ciertas actitudes suyas, responde con un convencido `"porque soy religioso". Esa profunda conciencia de sí mismo, es la que orienta su labor incesante.

Una tarea absorbente, pero a la que no falta una base sólida: la oración frecuente, que es el motor de su actividad apostólica. En ese punto, el nuevo Beato habla de manera bien elocuente: es él mismo hombre de oración; por ese camino quiere introducir a los fieles (basta ver lo que dice en sus dos publicaciones: La hermosa rosa y La escala del cielo); ése es el sendero que señala en la regla a sus hijas, con palabras vibrantes, que por su actualidad hago también mías: "La vida de las Hermanas debe ser vida de oración. (...). Por esto os recomiendo y os vuelvo a recomendar, amadas Hermanas: no dejéis la oración".

El neo-Beato recomienda diversas formas de plegaria que sostenga la actividad apostólica. Pero hay una que es su preferida y que tengo especial agrado en recoger y subrayar: la oración hecha contemplando los misterios del Rosario; esa "escala para subir al cielo", compuesta de oración mental y vocal que "son las dos alas que el Rosario de María ofrece a las almas cristianas". Una forma de oración que también el Papa practica con asiduidad y a la que os invita a uniros a todos vosotros, sobre todo en el próximo mes de mayo consagrado a la Virgen.

Concluyo estas reflexiones en lengua española saludando a las autoridades que han venido para estas celebraciones en honor del padre Coll. Invitando a todos a imitar sus ejemplos de vida, pero en especial a los hijos de Santo Domingo, al clero y particularmente a vosotras, Hermanas Dominicas de la Anunciata, venidas de España, de Europa, de América y África, donde vuestra actividad religiosa se despliega con generosidad.

4. El deseo que yo expreso esta mañana es, en fin, que la doble beatificación de hoy sirva para reforzar promover el interés por la acción catequética de toda la Iglesia. Es sabido que el tema de la IV Asamblea General del Sínodo de los Obispos, que se tuvo en Roma en otoño de 1977, fue precisamente el de la catequesis. Los padres sinodales —entre los que yo me encontraba— afrontaron y estudiaron este tema de primordial importancia para la vida y la acción de la Iglesia en todo tiempo. Ellos subrayaron la urgencia de dar prioridad decisiva a la catequesis respecto a otras iniciativas menos esenciales, aunque tal vez más llamativas, porque en ella se realiza el aspecto absolutamente original de la misión de la Iglesia. Una misión —insisten ellos— que atañe profundamente a todos los miembros del Pueblo de Dios dentro, naturalmente, de su diversas funciones, y los compromete a una continua búsqueda de métodos y medios adecuados para una transmisión cada vez más eficaz del mensaje.

El pensamiento de los padres del Sínodo se dirigía sobre todo a los jóvenes, bien conscientes de su importancia creciente en el mundo de hoy; aun entre incertidumbres y dispersiones, excesos y frustraciones, los jóvenes representan la gran fuerza de la que dependen los destinos de la humanidad futura. La pregunta que ha preocupado a los padres sinodales ha sido ésta precisamente: ¿Cómo llevar a esta multitud de jóvenes a tener una experiencia viva de Jesucristo, y esto no sólo en el encuentro deslumbrante de un momento fugaz, sino mediante un conocimiento cada día más completo y luminoso de su Persona y su mensaje? ¿Cómo hacer nacer en ellos la pasión por el Reino que El vino a inaugurar y el único en el que puede encontrar el ser humano la plena y satisfactoria realización de sí mismo?

Responder a esta pregunta es la tarea más urgente de la Iglesia de hoy. Dependerá del interés generoso de todos el que pueda ofrecerse a las nuevas generaciones un testimonio de la "palabra de salvación" (Act 13, 26), capaz de conquistar las mentes y los corazones de los jóvenes e implicar sus voluntades en las opciones concretas, frecuentemente costosas, que requiere la lógica del amor de Dios y del prójimo. Dependerá sobre todo de la sinceridad y de la intensidad con que las familias y las comunidades sepan vivir su adhesión a Cristo, el que sus enseñanzas impartidas en la casa, en la escuela, en la iglesia, lleguen eficazmente a los jóvenes.

Recemos, pues a los nuevos Beatos para que estén cercanos a nosotros con su intercesión y nos guíen a una experiencia personal y profunda de Cristo resucitado, que haga también a nuestros corazones "arder en el pecho", como ardían los corazones de los dos discípulos en el camino de Emaús, mientras Jesús "hablaba con ellos y les declaraba las Escrituras" (cf. Lc 24, 32). En efecto, sólo quien puede decir: "Lo conozco" —y San Juan nos ha advertido que esto no lo puede decir quien no vive según los mandamientos de Cristo (cf. II lectura)—, sólo quien ha alcanzado un conocimiento "existencial" de El y de su Evangelio, puede ofrecer a los otros una catequesis creíble, incisiva, fascinante.

La vida de los dos nuevos Beatos es una prueba elocuente de esto.

¡Que su ejemplo no resulte vano para nosotros!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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